…MIS DÍAS CON FRANCO SIMONE…

…la noche se transformó en una frenética danza de sombras que se movían constantemente, irreal, grotesca, pero formidable…

El frío te comía desde abajo. Se te metía por el cuero de los borceguíes y te empapaba las medias y antes de que te dieras cuenta dejabas de sentir las piernas; se te ponían azules.

Siempre había pensado al agua desde la lógica de la lluvia, cayendo desde arriba, o en todo caso desde una lógica de superficie, como los arroyos de llanura o los charcos en los potreros; pero en el pozo el agua brotaba inagotable desde el corazón de la turba y no quedaba otra que quedarse dentro.

Ellos veían en la noche, como los gatos, y se movían con una facilidad increíble en la oscuridad; a nosotros la bruma apenas si nos permitía ver de día; la bruma, la nieve o esa lluvia finita y helada que te calaba hasta los huesos y te escarchaba la piel, si no era una cosa era la otra, hasta que en algún momento salía el sol y entonces ahí emparejábamos un poco; así que no quedaba otra que quedarse en el pozo y mirarle la cara a Rafael y fumarse un pucho y charlar de boludeces para ver si el frío se olvidaba de nosotros.

Cada tanto desde otro pozo alguien gritaba “¡ahí vienen!” y entonces ya no existían ni el frío ni el agua y te pegabas a la pared del pozo hasta que la cara se te enterraba en la turba mojada y se te congelaban hasta los párpados, y te asomabas lento abriendo los ojos bien grandes, como si quisieras verlo todo, y no veías nada. Entonces sólo tratabas de escuchar. Un mínimo ruido entre el silbido del viento y el sonido de la propia respiración, algo que los delatara, con los dientes apretados y las manos agarrotadas estrujando el fal. Falsa alarma.

A la cuarta o quinta vez ya no te importaba si venían o no y te asomabas nomás sin tantos protocolos. Uno se acostumbra a todo.

La noche que empezaron los bombardeos fue un espectáculo dantesco. Las bengalas se dejaban caer en la oscuridad y descendían del cielo y se quedaban suspendidas en el aire, como flotando, y por una eternidad lo iluminaban casi todo. La noche se transformó en una frenética danza de sombras que se movían constantemente, irreal, grotesca, pero formidable. Rafael comenzó a cantar una canción de Franco Simone como una forma de exorcismo. Y yo detestaba las canciones de Franco Simone: <¿Cómo se llama eso que escuchás vos?> <¡Andá!>. Y empezaba: “…no debemos de pensar que ahora es diferente/ mil momentos como éste quedan en mi mente…”.

Noche tras noche, una a una hasta el final, ya no recuerdo cuántas, con la misma precisión y puntualidad con la que toman el té; Rafael ya los tenía medidos: “…no se piensa en el verano cuando cae la nieve/ deja que pase un momento y volveremos a querernos…”; y enseguida empezaban a caer los bombazos, como si él los llamara. En algún momento llegué a pensar que todo se trataba de un mero asunto personal entre Su Graciosa Majestad y él. El problema era que yo también estaba ahí; Y se convirtió en una rutina: Rafael cantaba y ellos respondían con bombazos. O al revés. <¡Déjate de joder, a ellos tampoco les gusta Franco Simone!>.

Bajo tierra vivíamos, como los peludos. El pozo era nuestra casa. Le cruzamos unos troncos que habíamos conseguido desarmando un corral de ovejas abandonado y le pusimos encima unas chapas que no sé de dónde habían salido y tampoco era cuestión de andar preguntando, ahí las cosas eran del que las tomaba primero. Después cubrimos todo con una montaña de tierra y algunas piedras. Le dimos a la pala como locos Rafael y yo durante tres días hasta dejarlo que era un primor. Creo que ninguno de los dos había trabajado tanto en su vida; yo todavía traía cierto temperamento estudiantil y Rafael se había pasado el último tiempo boyando de un lado para el otro. Encima con esas palitas de mierda.

A partir de entonces dejó de llamarse el pozo y lo bautizamos “la Mansión”.

Como a diez metros para la derecha estaba el pozo del Polaco Martinez y el Iguana; Le decíamos Polaco porque era bien rubio, como un polaco, o por lo menos como la idea que se tiene de los polacos; y al Iguana porque según Rafael: <¡se parece a una iguana el hijo de puta!>. Del otro lado estaba el pozo del gordo Del Campo y el negro Ochoa y más allá el del colorado Caselli, y así seguían en desenfilada.

La entrada de “la Mansión” era un hueco rectangular que tenía a modo de dintel un palo atravesado. Por ahí entrábamos y salíamos bien pegados al suelo, arrastrándonos como las lagartijas. Arriba le habíamos tirado unas matas roñosas con raíces y todo que después de unas semanas prendieron milagrosamente, y si te alejabas para el lado del bajo ni te dabas cuenta de que estaba ahí, e incluso de noche podías pasar por al lado sin notarlo.

El único problema era que no tenía una salida por atrás, o sea que, si había que salir disparado lo teníamos que hacer por el frente, que daba la casualidad que estaba orientado en la dirección de donde se suponía que vendrían a cagarnos a tiros. Si no te habías rajado antes después no tenías oportunidad. Te quedabas o te quedabas.

Los primeros bombardeos, a principio de mayo, venían del mar, pero como estábamos del otro lado del cerro nos pasaban por arriba y caían largo; salíamos de los pozos para ver el espectáculo de los fogonazos a lo lejos y cómo la turba quedaba encendida por horas durante la noche en una hilera anaranjada y humeante. Pero para principios de Junio, cuando ya se venían por tierra y nos empezaban a tirar desde el otro lado y entonces el cerro ya no nos servía para un carajo, nos quedábamos dentro del pozo viendo cómo corregían después de cada andanada y cómo éstas empezaban a caer cada vez más cerca: <¡Tiembla la Mansión!>, <¡Estos conchudos alguna vez la van a embocar!>, mientras Rafael, como si blandiera un escudo imaginario, respondía con Franco Simone: “…jamás la lógica del mundo nos ha dirigido / ni el mañana tan incierto nos ha preocupado…”. 

Los días se parecían unos a otros: bruma, nieve y viento. Nieve, viento y bruma. En capas sucesivas. A veces cambiaban el orden y otras veces era sólo viento que traía del Oeste el rumor de algún combate a la distancia. Y es curioso a veces cómo funcionan las cosas porque más de una vez ese rumor nos parecía de una batalla demasiado lejana.

Todos nos cuidábamos entre nosotros, pero al colorado Caselli lo cuidábamos más que a una hermana porque el colorado venía del campo y era el único que sabía matar el bicho que se le pusiera adelante y después carnearlo y entonces cada tanto nos dábamos un festín de guiso de oveja, a la que salíamos a correr en patrulla, <¡recuperamos una oveja para la Patria!> gritábamos victoriosos, pero el festín nos duró poco porque cuando el asunto se puso difícil en serio las ovejas se rajaron.

Con el paso de los días habíamos aprendido a tenerle más miedo a la tristeza que a la muerte, cuando todavía la muerte era una idea. Y no es que nos habíamos acostumbrado a la muerte sino a la idea de la muerte, con el tiempo la idea se hizo carne y aprendimos a vivir con eso. En cambio, con la tristeza no, era otra cosa, tenía cuerpo la tristeza, era materia y tenía olor, así como tiene olor el miedo, o la carne podrida, eso es, como si te estuvieras pudriendo. <¡Rafael, traé a la morocha!> le decíamos entonces y él nos mandaba a la mierda, pero después, como quien saca un as de la manga, extraía de la chaqueta la foto de Adel y la mostraba de lejos, <¡se mira y no se toca!> decía mientras ella nos sonreía, hermosa, a cada uno nos sonreía, radiante, llena de vida, desde lo alto del brazo levantado de Rafael.

La amábamos y él lo sabía y le gustaba eso, lo hacía sentir poderoso, le gustaba la envidia que provocaba, por lo menos, a los que no teníamos una foto de nadie. Adel era también una idea, creo que amábamos la idea de Adel por sobre todas las cosas.

Después, por la noche, otra vez los bombazos. Cada vez más cerca.

Fueron tantas las veces que dije “…Diosito si safo de ésta…” que se me terminaron las promesas. Jamás en lo que quedó de mi existencia pude volver a prometer algo. Todas las promesas que un cristiano pueda hacer en su vida, a mí se me agotaron en el pozo… 

Eduardo Viti Correa

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