LA ELEGANCIA DE LOS VENIDOS A MENOS

El tiempo pasa, el tiempo arrecia… Siempre es así. De una forma u otra, lo quieras o no, en algún punto somos producto del tiempo, de nuestro tiempo, de cómo lo vivimos, de cómo nos atraviesa, de qué hacemos con él, con la vida –porque la vida nos insume nuestro tiempo.

La vida que pasa, que hacemos ES nuestro tiempo; es así– es decir, qué hacemos con lo que nos toca a nivel micro o macro… ¿Qué más da en qué esfera se dé lo que nos toca cuando nos toca, no? En qué elegimos convertirnos con lo que nos pasa, qué hacemos con eso que la vida, el mundo, los otrxs hacen, han hecho de nosotrxs… Quizás sea un ingenuo insoportable; es posible, muy… No lo niego. Ponele, si querés… Pero siempre nos cabe la posibilidad…. Que palabra más bella, por favor: Posibilidad. Jamás, nunca, había pensado en esto –en esta palabra, al menos– de esta forma. Que hermosa palabra y, por sobre todo, lo que engloba, lo que significa.

Matar te van, nos van a matar, de mil formas distintas, las diversas injusticias de la vida, los dolores de los otrxs y los nuestrxs, la policía, malxs jefes, pésimos gobiernos, trabajos horrendos, amigos que no lo fueron, amores deshechos; sí es cierto…. Yo cargo como algunxs, como varixs –casi todxs, supongo–, con numerosísimas muertes a mis espaldas, las mías propias y las de gente que amé y hoy ya no están –o se fueron o ya fue todo eso–… Pero he tenido, tengo, por suerte, la posibilidad –otra vez esta hermosa palabra– de reinventarme… Construirme de nuevo. Desde cero.

La imagen sería, más o menos, así: estoy tirado en el calle –pavimento o de  tierra, donde más te guste– y me levanto, débil, medio clueco, sucio, todo golpeado, feo…Pero arreglo mis ropas rotas con mis manos lastimadas como puedo, sale todo el polvo desde allí, desde el estropajo que soy, y enderezándome a duras penas; aunque todavía me duela el cuerpo y me tiemblen las rodillas, casi sin aliento, sigo, vuelvo a caminar, otra vez. Salgo al ruedo… Me alejo si es necesario… A veces hay que hacerlo. Qué importa. Nos espera la vida allá afuera. Vuelvo a mí. Yo soy el centro. Prosigo mi camino más firme que nunca… El mundo entero tengo bajo mis pies, y arriba todo el firmamento. ¿Qué más puedo pedir?
Por más que visto a la distancia, y desde atrás, de todo aquello que va quedando lejos, se me vea así caminando mal, en un mix de Chaplin borracho y enclenque, como el viento, y un Tandarica –¿se acuerdan de él, de Tandarica, digo? A lxs más jóvenes les sugiero que lo busquen en Youtube– venido a menos… No me importa. La elegancia de los venidos a menos, jah.

Me río mientras escribo esto. Afuera hay color, y sol, y la vida bulle y me llama y me clama… Siempre ha sido así. En definitiva, es lo que vale. Por eso escribo, creo. Y eso que a través –sobre todo de mis poemas– destilo varios de los dolores con los que cuelgo. Cómo no hacerlo, ¿no?

Dicen, y poetas de las tallas y estilos más diversos, los he escuchado ratificar esto, que se escribe con lo que a uno le duele, con lo que lo pone triste. Es cierto –hablo por mí– Uno jamás podrá enhebrar o tratar de hacerlo un poema bello con la alegría que le producen algunas cosas. Yo, al menos, no puedo…

Y como yo sé que les pasa esto mismo a varios poetas… ¿Será por qué la poesía es un mundo en sí mismo, todo un universo? Es posible. No lo sé.

Me interesa la belleza, el calor de los corazones sinceros, los amores intensos y verdaderos –ay como saberlos, me dirán… A veces mucho ruido y pocas nueces, al respecto. Se ve que es parte del juego de estos tiempos neuróticos que padecemos, como podemos–… De todos modos, elijo la belleza. Cuando eso sucede, cuando la belleza está, y atraviesa como el rayo el cielo, dudo que pueda salir de allí algo feo. Incluso, aunque se pene por eso. Y pienso en la Pizzarnik, en Pessoa, que sé yo… En tantxs.

La poesía, me aferro a ella. Más que a cualquier pareja –que, de hecho, hoy por hoy, no tengo– Y cuando digo la poesía no pienso solo en palabras, en cómo tratar de enhebrar a través de distintos silencios, y sentires, y juegos cromáticos, para volcarlo a través de alguna forma. No, la poesía no puede ser solo eso. Poesía es también estar con mi hijo en mil formas distintas. Las manos de mi madre, que ya está grande, acariciando mi pelo, cuando sabe que la tristeza me hunde, y me aplasta (como dijo un poeta, alguna vez) queriéndome tumbar al suelo…

Poesía son aquellos pueblos, tan lejos, por los que alguna vez pasé y me sorprendieron con sus recibimientos. Poesía es aquella chica, que una vez mientras caminaba, por las calles de Caballito se paró a regalarme unas flores, sin conocerme, en un mediodía soleado muy primaveral, recuerdo… Poesía son los escenarios, donde vuelo.

Poesía es el cine Lorca –uno de los lugares donde más veces he sido feliz, a lo largo del paso del tiempo– Poesía son el encanto de ciertos besos donde nos enredamos y fuimos eternos. Los ojos, de una antigua ex, bellos y marrones, y rutilantes, en mi cuarto, bajo un sol invernal que se colaba por la ventana y nos mecía a fuego lento… Recuerdo esos ojos, y puedo volver a volar, lo juro. Poesía es nadar en la playa, en la Costa, en la Patagonia, en tantos lagos de acá, y extranjeros…

Me importa, me interesa la poesía. Me bulle. Me clama. Aún más que tantas otras cosas, pienso. Siempre me interesó. Desde muy joven, de niño, incluso, si lo pienso… Y me remonto a Bécquer –el primero que leí–, a Borges, a los surrealistas, a Van Gogh, a Shakespeare, a Tennessee Williams, a Spinetta, a Fito, a Gardel y Lepera, a Charly, a Homero Expósito, Discepolín, Lorca, a Neruda, a Girondo… A tantxs, tantxs, por Dios. Imposible hacer un recuento. Los clásicos, los actuales, los viejos, los nuevos….

No puedo no escribir poesía. Ni quiero. Y no es un acto petulante este, no. Porque la poesía, mi poesía soy yo. Yo en el estado más puro, más íntimo, de mí mismo. Producto del mismo juego literario de escribir ese género uno pretende, a veces, o casi siempre, a través de artilugios y/o producto del pudor propio esconderse detrás de ciertos juegos, trampas, estrategias que pueden embellecer lo que allí se escribe, o que se pretende… Pero siempre de un modo u otro ahí estoy. Ahí aparezco. Ahí desfallezco.
Yo soy, yo estoy en lo que escribo. Fundamentalmente, en mi poesía… si me querés conocer. Esto que digo acá no es la primera vez que lo asevero, cuando presenté en Pergamino mi libro Pequeño Poemario Procaz en una nota me preguntaron no recuerdo que cosa al respecto y yo les respondí, algo así, más o menos: En mi poesía estoy. Soy mi poesía. Ese soy yo. Ahí me encuentran.

Tanto, o más, que si charláramos, mate o cerveza mediante; porque en esos marcos va a aparecer el ser social que soy. Sólo eso. Pero el que soy, de verdad, el más intrínseco, íntimo, verdadero, honesto, el que soy yo, ese, solo sale cuando escribo mis versos….

Allí aparezco. Por suerte, pienso. La poesía no me resuelve nada. No tiene por qué hacerlo. No todo tiene porque tener un sentido utilitario, práctico… Pero a mí me ha servido, y me sirve, tantas veces para tratar de andar sin tanto peso, y volver a disfrutar del encuentro con los ojos de los parroquianos con los que me topo en los distintos bares, y fondas de arrabales o del centro, o de las chicas con las que puedo encontrarme y jugar a que creo en sus palabras, en esos besos, magia que pueden destilar la consumación de tales coqueteos. No es poco. Lo juro. La poesía como un talismán, si se quiere, para tratar de flotar en el más bello de los cielos: la vida propia. Pues, entonces, vayamos a más de todo esto. Sigamos leyendo, escribiendo y haciendo de nuestras vidas simplemente eso… Bellos y profundos actos poéticos.

Marcelo Saltal

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