EL CAPITÁN

Cuando se mezclan en un episodio la vida y el arte, ya de por sí mezcladas, sucede lo impredecible, una superposición de magias. Y los múltiples efluvios y emanaciones del suceso, al decir de Haroldo Conti, desnudan la incesante belleza.

Comenzaba la década del 70, ya la revolución cultural en todas sus facetas había cambiado el mundo otra vez y el teatro como expresión cultural profundamente arraigada en el pueblo, no había sido la excepción.

En la mayoría de las comunidades y en las pequeñas ciudades ya existían grupos de teatro, compañías artísticas, cooperativas culturales de toda especie. Pergamino, la “pequeña fenicia” como le gustaba definirla a uno de sus poetas, no escapaba a la generalidad.

Uno de los Clubes de la ciudad, Gimnasia y Esgrima, por aquellos años tumultuosos, poseía un predio en el que funcionaba un pequeño teatro, construido en realidad por un magnífico hacedor de espacios y sentidos, el director y poeta Leonardo Rodríguez. Como solamente me valgo de la frágil memoria para estas notas, no citaré con precisión ni fechas ni nombres, solo uno intenta rescatar del olvido algunos momentos que merecen ser inolvidables.

Los sábados de función teatral suelen tener un encanto particular en múltiples sentidos, la cuestión comienza temprano para quienes participan del ritual, mucho antes que cualquier espectador decida concurrir, antes de cualquier decisión de salida social…

Abordado por una urgencia fisiológica, uno de los integrantes del elenco llegó apurado al baño del club, compartido con el pequeño teatro. Tal era el apuro, que ingresó casi al trote con su atuendo de Capitán de barco… Así hizo su entrada, poco triunfal, el actor con su personaje a cuestas al vestuario del club…

Luego de satisfacer sus urgencias y ante la mirada atónita de los gimnastas, el Capitán acomodó su corbata frente al espejo abrumado, su camisa inmaculada, su gorra marinera y regresó a la salita, no sin antes saludar con un solemne: “Buenas tardes señores”.

Casi conteniendo la respiración, uno de los estupefactos parroquianos  preguntó al resto, acomodando su mandíbula: “¿Y este quién es?”. Con total naturalidad y haciendo gala de una certera sabiduría, otro de los concurrentes le respondió en tono periodístico: “Es el Capitán del barco de aquí al lado”.

Lo cierto es que desde hacía unos fines de semana el grupo teatral estaba representando la obra “Lluvia” de William Somerset Maugham, donde increíblemente los artilugios de Leonardo hicieron llover en la escena, de un puerto de una isla del Pacífico. Destino pasajero de la nave. Destino final de las desdichas.

Este relato me acompañó desde la infancia, como tantísimos otros, más la impresionante experiencia de asistir a ensayos y charlas interminables, indescifrables para la comprensión de un niño. Todo en un clima mágico con pinceladas absolutamente oníricas. Luces y humo. Voces como de fantasmas. Palabras jamás oídas. La construcción incesante de mundos paralelos y el imborrable olor de maderas y pinturas… Un desfile imparable de personajes fellinescos y todas las músicas nuevas y eternas. Como una nueva era del jazz. Todo semejante despliegue inaugurando el Arte ante mis maravillados ojos infantiles.

Un tiempo más tarde, tal vez como prefacio de la noche que se aproximaba en nuestra patria, se produjo la destrucción del teatro. El club decidió que el espacio para otras actividades deportivas requería de más terreno. Y fue así que un playón de cemento se devoró el bello teatrito, como metáfora brutal del dolor que se avecinaba.

Y fue así que el Capitán y sus fantasmas se convirtieron en náufragos, a la deriva, sin espacio, sin tiempo. Y ciertas almas aún no encuentran consuelo.

PD: dedicado amorosamente a Leonardo Rodriguez, a sus compañeros y compañeras, a mis viejos… Y en ellos, a todxs lxs actores y actrices. A lxs hermosxs artistas, que hicieron y hacen de este mundo un lugar mejor.

Fabián Del Core

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