AL AMPARO DEL MISTRAL

Semblanza-testimonio de Abel Robino, artista. Su militancia política en el Partido Comunista le valió el paso por los campos clandestinos de detención, tortura y exterminio y la cárcel del terrorismo de Estado. En 1982 partió exiliado a Francia donde actualmente está radicado.

El mundo, esa comunidad del olvido,
enterrará el resto, hijos, amantes y hasta gremios,
entonces sabrán que para intentar evadirse
Hay que tener por lo menos a dónde ir[1]

Irremediablemente, cuando el interlocutor que uno se dispone encontrar es alguien conocido, al verdadero encuentro (extrañamente esta palabra se usa tanto para referirnos a cuando damos con alguien que buscamos como cuando hallamos algo que nos causa sorpresa) le precede el estadio que podríamos definir como de la equivoca representación del ser, es decir, ese momento previo, en este caso a la entrevista, en el cual uno construye sus a-priori, diseña sus preguntas y se posiciona a partir de la etiqueta adosada al futuro entrevistado. La etiqueta, en ese pre-algo que será la entrevista, aparece como una marca que el sujeto va arrastrando con el tiempo ya sea con gusto o con pesar y que va variando en mayor o menor medida según las diferentes temporalidades, los espacios sociales de permanencia y por supuesto según los relatos que sobre él estén circulando y emergiendo con más fuerza. Etiqueta-marca-zócalo con vida propia y absolutamente independiente de su protagonista. Base de percepciones e imágenes que actúan como punto de partida al diseño de quien uno cree que es ese ser, ese otro extraño, desconocido, lejano. Pre-anuncio, en suma, del reconocimiento de la alteridad.

“Mi etiqueta” de Abel Robino, podríamos resumirla en pocas palabras: “artista, pergaminense, militante político, exiliado, viviendo actualmente en Francia”. En nuestra primera charla telefónica, ya quedo claro que este conjunto de vocablos no tenía el significado pensado o al menos aquel que yo, precipitadamente, le había atribuido. París era el punto en común que autorizaría nuestro futuro encuentro, cierto, pero ¿Cómo se interpretaba ahora esta idea de “vivir cerca” estando a tantos kilómetros del pago?, ¿Cómo seguir hablando, cara a cara, esta lengua común que omite las “s” finales? Vivir en los alrededores de Paris “a lo Robino” no quiere decir nada y es mucho a la vez. Abel es un trashumante por naturaleza, se desliza entre clases sociales de la misma manera que trasmuta de escritor y poeta a pintor y crítico o abre ventanas en Amsterdam, San Denis y en algún otro lugar inesperado de España o el Caribe. Robino, vive en el centro y en las afueras. París/Stains es un refugio, sin dudas, de la misma manera que un lugar de creación explosivo y de continuo aprendizaje. Abel Robino tiene raíces extensibles y ramas en continuo movimiento. Abel Robino regala flores en papel. 

A la primera charla le siguieron idas y vueltas de mails y whatsapps. Trabamos un intercambio tan incongruo como saludable, breve, exquisito. Llegaron a mi casa libros. Cuatro. Dos de poesía y dos de pinturas. Una respuesta anticipada a mis nuevas preguntas: ¿Cómo pueden dialogar sobre el pasado reciente un “hijo y una hija de Pergamino”? ¿Cuál es ese pasado? ¿Qué pedazos de esta experiencia son transmisibles? ¿Qué contar?

Desafiando la pandemia y ataviados de los imprescindibles barbijos nos encontramos un 17 de julio en El Mistral, un bar clásico, inconfundible. Sus primeras palabras resuenan a los versos que acabo de leer y que le pertenecen: “…lo que digo ya ha sido por otros dicho, lo repetido tantas veces repetido”[2]. A Abel lo han entrevistado numerosas veces. Y seguramente las mismas preguntas van y vienen. Pero tienen la delicadeza de omitir ese detalle y escucharme como si fuera la primera vez. Desde el comienzo se desprende que mantiene con nuestra ciudad una relación similar a la que solemos tener con nuestra madre: apego, cuasi veneración y su contrario, la irreverencia justa y necesaria para partir y encariñarse desde lejos. “Esta es la madre […] de la cual sólo la muerte os destetará”[3]. Me identifico y especulo que es un sentimiento necesario y compartido por quienes ven que los años van pasando y la vuelta es difícil o imposible. Menos común en los expatriados es la influencia que tiene en él este tiempo pergaminense, particularmente corto si consideramos la amplitud de la vida ya transcurrida. Su obra, como sus años de militancia en el partido comunista, no pueden entenderse sin el malestar de los años jóvenes, de altos y bajos escolares, enfermedades, familia, amigos, centro de estudiantes, grupos literarios, artísticos y sobre todo sin una particular lectura internacionalista del mundo construida desde la experiencia de lo local. Y si bien en su biografía se cuenta que en 1973 dejó la ciudad para fundirse con los paseantes en las calles de La Plata y que luego sin opción, se fue a Francia en 1982, su viaje, comienza mucho antes, tal vez en la acción solidaria y urgente de cumbres juveniles y brigadas internacionales como aquella que lo lleva amorosamente al Chile de Allende y de la Unidad Popular. Impregnaciones de utopías que se instalan y persisten.

El Abel Robino que se expone, que habla y escucha durante casi 5 horas sin parar es un observador con un ojo aún virgen. Un ojo salvaje, indomable que se expresa con la misma mezcla de rudeza y calidez que en los cuatro libros que generosamente lo anticiparon. Sus pinturas, sus dibujos, probablemente aún mas que sus poemas, traducen la incomodidad, el descontento y un cierto desenfado. Reencuentro estas mismas sensaciones en las palabras que elige para contarme su historia y sin dificultades lo observo desplegar con convencimiento la posición contraria a la del artista guiado por “la melancolía del descarnado”. El paso por las cárceles ilegales de La Plata y por otros confinamientos solitarios clandestinos o visibles del circuito represivo obligado, para muchos militantes, en época de terrorismo de Estado, se esboza púdicamente, sin muchos detalles, justo los suficientes. Surgen nombres conocidos, ausentes. De esta experiencia radical de extrema violencia rescata la resistencia, la suya y la de los otro(a)s. “La ironía salva”, afirma y sus poemas testimonian. La crueldad poética, la cólera que cultiva y exterioriza en “Suplicio del caballete”, “Epitafio en construcción” o “Pronta al retrato la hija del torturador” (Burundanga, 2013) amplifican los trazos que discretamente ya se entrevén en “Graffiti en tierra de desaparecidos” o “Canción del exilio” (Hiel por hiel, 1997). En su obra, sus cortes, laceraciones e irrupciones son ejercicios de poder. Revanchas reivindicadas. Si provoca, si golpea -me digo-, es porque el artista habla con su creación de lo que está callado, de lo que el hombre protege en silencio sin una queja: “…nadie había visto más que la cara de su propio miedo”.[4]

El exilio francés, elección territorial luego, surge en la charla como espejos de un mundo “poliédrico”. Un mundo pleno de encuentros (Roberto Matta, Julio Le Parc, Juan Gelman…), de maestros y discípulos, de compañeros de rutas y desvíos, de asociaciones coloridas de arte y política, en una compleja y rica sucesión de “actos relámpagos” que se continúan. Su pintura muta, se construye, se disloca y reconstruye confrontando el blanco y negro a los brillantes rojos, verdes y amarillo de formas deformadas obsesivamente plenas “para que la asquerosa bestia de los recuerdos no le descubra la herida en la que, atada, viaja la juventud”[5].

Poco a poco llegamos al final. Cada palabra de mi etiqueta fue encontrando su des-lugar. Todo está registrado con la intensión primera de reproducir fragmentos en un formato periodístico típico. Pero cambiamos el rumbo (¿porqué no?) y el acuerdo es otro. Elegimos palabras. Tomamos un compromiso. Abel Robino, autor de sí mismo, contador de su propia historia, se obliga a escribir a partir de estos sonidos: Encuentros, exilios…. De ello hablamos, de ello seguimos hablando y esta nota, o más bien esta introducción a su texto, se gesta y nace como un niño prematuro. Abel Robino elige las ropas de su testimonio. “Solo queda en pie una casa en llamas”[6].

[1] Cita libre de los versos de Abel Robino. Poema “Palabras de bienvenida al Gulag” en Poesía de pensamiento. Antología de poetas argentinos”. España, ediciones Endymion, 2019. Prólogo de Santiago Silvester. Pág. 268.

[2] Cita libre de los versos de Abel Robino. Poema “Gota a gota” en Hiel por hiel, 1997, citado en Fiel pour Fiel, de Abel Robino autor, Bernardo Schiavetta traducción. Editorial Reflet de Lettres , Francia,2017, Pág. 6.

[3] Cita libre de los versos de Abel Robino. Poema “Palabras de bienvenida al Gulag” ob.cit (2019). Pág. 267.

[4] Idem. Poema “Stalkeriana” dedicado a Horacio Castillo y César Cantoni. Pág. 266.

[5] Cita libre de los versos de Abel Robino. Poema “Canción del exilio” en Hiel por hiel, 1997, Ob.cit (2017) Pág. 14.

[6] Cita libre de los versos de Abel Robino.  Poema “Poética II”. Ob.cit. (2019) Pág. 266.

ABEL ROBINO UN AUTÉNTICO H.D.P. (HIJO DE PERGAMINO)

Fotografia: Lisbeth Salas

HABLEMOS DE ENCUENTROS

Siempre terminan siendo demasiados, por eso cuando pasas una edad, es preferible no conocer más gente; por ende, no darse a conocer demasiado.
Porque conocer es darse a conocer, para agravar el anonimato.
Una técnica de camuflaje es cambiar de nombre; ejemplo: presentándose en reuniones de muy conocidos, ególatras y centro ombliguistas diciendo: -Pedro Pérez, un gusto, es tan vulgar, que nadie se anima a agregar si sos o no alguien.

Otra, es una presentación para cortar el clima entre pintores célebres; extendés la mano anunciando: -Pablo Picasso-. La broma protege, e invita a más bromas y ya no se acuerdan más de vos.
Pienso que es mejor conocer y que no te conozcan, así todo el mundo termina ileso. 

El encuentro bonito es el encuentro que queda en el anonimato, que solo vale por el momento mismo.

Recuerdo que estuve en una lectura, por los años 80, era un homenaje a un poeta VENERADO, firmaba libros cuando me presente: -Soy fulano de tal y soy argentino- apenas alzo la mirada de sus garabatos de autor (el venerado aquel) y aclaró: -que otra cosa quiere ser usted, con esa cara y ese acento. 
Después leyó, repitió textos conocidos (su fondo de comercio diríamos) y al irse me saludo así: -Cuidémonos como si valiésemos la pena. Solo era un venerado más, uno de los pocos que después de muerto sigue dirigiéndome la palabra.

Hay otros encuentros con nombres y apellidos.
Cuando Arnaldo Calveyra vivía en La Plata, habían organizado una venida de Borges y se lo espero en la estación de trenes, porque no había nadie en el salón de aquel acto, lo demoraron a Borges, allí, en el bar de la estación, mientras los concurrentes llegaban, con la idea de no defraudar, al en ese tiempo, no tan importante JLB.
El poeta Horacio Castillo, estaba en ese ir y venir entre el bar de la estación y la sala, cuando se cruzó con  Calveyra (dos tremendos poetas de los que tanto aprendimos) y se estrecharon la mano. Castillo en el apuro dijo: “CASTILLO ENCANTADO” Calveyra quedó tan impresionado, que 40 años después, me confesaba su desilusión de que Horacio Castillo, no llevase, como segundo apellido, encantado. Extraño roce ¿no?.
Dos estilos tan distintos, sublimes los dos, estrujadores de sesos, por un lenguaje acabado.

EXILIO

El elemento común entre exilados, inmigrantes, comunidades desplazadas, refugiados, cada caso con sus peculiaridades es que todos comparten ese dislocamiento del uno mismo, en lugar ajeno, allí se funda el destierro.

La víctima/el desplazado, con el tiempo intentara asentarse, volver a tener un punto fijo, casa, trabajo, relaciones. Y un apellido, siempre mal pronunciado si te tocan países no hispánicos; un alivio material, un mejor estar y siempre a la espera de la peste delicada, la nostalgia, la adoración a AQUELLO anterior pulido por la ausencia. El síndrome del paraíso perdido.
El individuo pierde la esencia a trabajar: “vivir en el no lugar”.
Mi trabajo, mi forma de pensar, está moldeado por este percibir. Sentir en carne propia aquello escrito, en la novela, La Muerte de Virgilio : “Había sido expulsado fuera de la comunidad, e impelido en la más desnuda, perversa y bárbara soledad del torbellino de los hombres”.

Te quitan eso que era sencillo a vivir, tu origen y empezás a preferir al hombre sin casa.
Los becados (veremos más adelante porque los identificó), vienen a Paris a que los remarquen, en cambio al exilado lo echan para que se ahogue en el anonimato.

Se vive al margen, con el riesgo de vivir al margen de vos mismo, siendo tu propia sombra, aquí está aquello de ser un huésped de tu propia vida. 

No creo que yo viva aquí, París es vulgar, aunque suene esnob. La clase media argentina se mata de hambre con tal de vivir en París, detestan los alrededores y se dejaban llevar por la vieja inercia de un racismo tibio, -la banlieue (los alrededores)- es rica en culturas vivas, pero, pero… ese “pero” siempre lleno de negros y de árabes. Los alrededores de las grandes urbes como esta son la cultura viva, cientos de nacionalidades, lenguas múltiples, dialectos perdidos, ritos de todos los orígenes, visiones diferentes del mundo. París será, si ya no lo es, una ciudad de lo viejo, llena de museos con lo que mejor hacen los franceses: la cultura del retrovisor, la celebración de hechos anteriores, donde fueron partícipes decisivos.
Por supuesto las variantes existen, las excepciones, siempre obligatorias.

A mí siempre me dió que la cultura de los bordes habla en su confusión más clara, del entrar y salir de la muralla a lo François Villon promete.
La marginalidad de un Rimbaud o el abandono del centro por la superficie de un Gauguin más que caprichos, son propuestas. 

Aquí cuando llegamos el choque fue entre compatriotas en épocas de dictadura. Por un lado los delincuentes subversivos, nosotros, por el otro los elegidos de la república, los becados. 
Ellos intentaban hablar francés sin ningún acento una propuesta bien histérica, seducir al indígena manipulando sus códigos.
Lo nuestro fue más simple, nos habían quitado todo, porque nos iban quitar el acento, lo único que nos quedaba y nos definía.

Hoy la grieta se ha terminado, en parte. Recuerdo a una argentina riéndose del francés del acordeonista Raúl Barboza, que contaba historia de sus canciones, esta mujer mientras le horroriza el francés que tanto ella habría trabajado, perdía la música el personaje y su realidad de extranjero.
Como otro compatriota a los gritos con otro, anunciando -¡no sabes que me ocurrió anoche: soñé en francés!.
Con Mario Paoletti autor de los Poemas con Arlt, parodiábamos le escena y decíamos:
-Giles se sueña en sueño a lo sumo en tango.
(Mil disculpa me fui por el pasillo del fondo).
Mi chiste preferido cuando me sale aquí algo mal es decir -si sabia que esto era el exilio, no venía.
Edmond Jabés se valía de la memoria como recurso del exilio.
Para mi fue siempre no tener nada bajo los pies.
Los griegos cantaron al final del laberinto, el minotauro, que te devora. Al final del laberinto del exilado no te espera nadie.
Hay también algo de de-construcción, por ejemplo, reconocer por la pérdida las partes femeninas que te han constituido, la familia, la tierra, la lengua, esas madres.

Acampar en el vacío, es una buena frase para iniciar ese no lugar, que también enseña a escribir. Seducir al lector no tanto por recibir un texto sino por recomponerlo.
El exilio inventa su propia poética, se depura la lengua de cotidianidades, se escribe con lo justo porque se vive con lo justo, ese despojo va en dirección de recuperar el sentido primitivo original de la palabra.
Se entienden entonces frases como -La palabra siempre provoca el imposible deseo de definir el silencio- 
La gente cree que la persona es la exilada, es un exilio compartido, tu lengua también se exilia y tu imaginario también.

Después pasas de país en país viviendo o trabajando y ese eco de la expulsión se repite con mayor o menor frecuencia, así te das cuenta que vivís fuera de todo y al no saber donde estás parado, el único centro-casa es la creación o la acción creativa.
Juancito me decía siempre- una vez que vés el mundo fuera del muro de tu casa, nunca más regresas, porque no serás más el mismo.

Vamos concluyendo:
Creo que partir, tiene algo de sentirse ilegítimo en todos lados.
Que agregar, la época apunta a que seremos epílogo de epílogo, notas en los bordes y trazo borroneado, sin vuelta, y mejor así.

Myrna Insua

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