HUGO… (UNA REALIDAD CON GUSTO A FICCIÓN)

Un día, de hace algunos años o más quizás, en una zona desolada, de la provincia de Santa Fe, cerquita de Rosario y varios parajes y pueblos más, las vías de un tren entre pastizales demasiado altos como para pensar en zonas cuidadas y un sol que “raja la tierra”, tierra que también es camino. Un auto en velocidad mediana y el sonido del tren allá lejos y tan cerca.

Amigo y compañero de escuela secundaria de mi primo que no era primo mío, lo era sí de mi mamá, pero por la edad también lo era mío o yo le decía “primo”. Me llevaba apenas cinco años, mi primo y Hugo, que eran compañeros y ya lo dije. Mi primo vivía frente a mi casa y mi mamá era profesora en el Nacional. Por eso, quizás y otro quizás, lo conocí y nos conectamos. Flaco, alto, desgarbado y en velocidad máxima su cuerpo y su vida, su palabra en voz gruesa y hablando siempre como para que lo escuchen desde lejos; atronador, ansioso, movedizo. Un día me enteré que el que no se escuchaba era él, porque tenía una semi sordera; no escuchaba de un oído, supuestamente por secuelas de una enfermedad que no me acuerdo si había sido varicela o alguna de esas que te obligan a sufrir para no rascarte, hasta llorar de la picazón. Hugo era sordo de un oído (hipoacusia unilateral se llama). Por eso hablaba como gritando, para escucharse él.

Todo el día pensaba y activaba tareas solidarias y sueños políticos; estaba en la Acción Católica con una profunda fe religiosa que lo llevaba a ser casi su representante y cuando terminó quinto año y se fue a estudiar Derecho a Rosario, quedó en el recientemente fundado Ateneo La Merced que era lo mismo, pero con un nombre actualizado que no le diera tanta entidad “partidaria” como el de “católica”. Allí ofició desde un lugar de “asesoría” o algo parecido que no restaba importancia a sus participaciones, siempre influyentes.

Su cabeza no paraba de programar nuevas acciones en todos los rubros y áreas que nos podamos imaginar; Semana de la Juventud, democracia inminente, teatro, comisiones de todos los tipos y radicalismo. Hugo era radical, de los de Irigoyen, de los del Pueblo, de los de la Cívica Radical y también asistía a sus reuniones, épocas de Balbín y retorno de Perón.

Con amenazantes alambrados rodeando las vías y algunos que se veían a lo lejos; con algún animal alimentado con el único objetivo de asesinarlo para comerciar su carne, el típico camino abierto entre terrenos aledaños al campo y la cosecha, para evitar el paso por la ruta en la que ya cobraban los primeros peajes.

El auto iba directo al trabajo que, seguramente, tenía que hacer en algún pueblo a la redonda (que frase tonta, porque iba derecho y nunca redondeo nada). Hugo manejaba…

Era una tarde de verano, febrero en Pergamino, con el sol apuntando verticalmente y el banco de la Plaza Merced dispuesto a sostenernos, al menos, durante el tiempo de la charla.

Hugo.- Hay una obra de teatro que escribió y representó con sus alumnos Julien Luchaire. La repusieron en la Francia del Mayo del 68 y estaría bueno hacerla acá con las instituciones juveniles.

Por aquella época, las instituciones juveniles eran prioridad en la vida estudiantil y la ciudad misma (1970); Hugo era alma líder del Ateneo La Merced. Estaba en los últimos años de la carrera de Derecho y vivía entre Rosario y Pergamino. Por supuesto que estudiaba en la Universidad Católica que anteponía el término Pontificia a ese nombre y Hugo pertenecía al centro de estudiantes políticamente híbrido, acompañando y colaborando con la jerarquía eclesiástica que conducía la casa de estudios. El Rector nacional de la entidad era de Pergamino, Monseñor Octavio Derisi, que respondía a la más rancia ultraderecha de los eclesiásticos, peligroso como todos los rancios y la ultraderecha.

El autor -Luchaire- era un escritor y lingüista francés, eminencia en la Universidad de Paris, proveniente del PC y cuyos hijos habían sido acusados de colaboracionismo en la guerra, por lo que uno de ellos fue fusilado y la hermana, Corine, juzgada y declarada indigna por alguna sospecha de colaborar con los nazis, hechos absolutamente contrarios al pensamiento de su padre. Luchaire había muerto en 1962, pero era reivindicado por los estudiantes del Mayo Francés, volviendo su obra a los escenarios parisinos. Desde ahí lo tomamos y empezamos la campaña con el Ateneo y el Interact Pergamino (agrupación juvenil del Rotary) para formar un elenco de debutantes, que algo habían hecho en algún festival estudiantil. Un grupo de jóvenes escaladores de montaña que quedaban atrapados por la nieve en algún sitio de Francia a 3.200 metros de altura. En fin, una historia de amor o varias de ellas en la nieve y con la rebeldía que tanto atraía.

Hugo, con su vozarrón y mucha energía, se puso al hombro la obra y no solo la estrenó y dio cuatro funciones con el salón de un club repleto de gente, sino que marcó el origen de lo que sería Juventud de Teatro.

Hay una anécdota: en la primera función, con todos en el escenario (eran 13 actores y actrices), Hugo olvidó un párrafo del texto, así que discretamente intentamos “soplar”, pero el que lo hizo, fue por el oído sordo, así que mientras Hugo morcilleaba incoherencias, el párrafo dio toda la vuelta en la extensa rueda de personajes, hasta poder decírselo por el oído sano, exactamente del otro lado de la vida.

Todavía los trenes traían el estrepito de su silbato para anunciar la llegada a un paso nivel, ese día un poco antes del horario habitual y con el pastizal a puro vuelo… Hugo nunca pudo resolver su problema auditivo, cosa que, con las ventanillas del auto cerradas, hacía que poco escuchara el sonido ambiental; apenas si escuchaba algún sonido inexacto del auto, como para comprobar una falla mecánica que en ese momento no había, pero pensaba en dos expedientes concretos que debería solucionar esa mañana y en su clase del día.

Porque desde su profesión de Abogado, le estaba permitido dar clases, y eso lo hacía más que feliz. Tenía una clara vocación docente, hasta en las charlas pasajeras. Era un muy buen pedagogo, aunque parcial en algunas apreciaciones, viciadas por sus convicciones radicales.

Pero la tarde, tranquila, sin mayores inconvenientes ayudaba a recapitular datos.

Recién ahí dobló por el atajo que le permitiría evitar el peaje.

Se casó en un día de lluvia, de mucha lluvia, un “diluvio” vea. No pudo acceder al templo por la entrada principal y lo hizo desde la oficina del Párroco directamente al altar. Mientras accedía a la puerta habilitada, los amigos le decían convencidos “disfruta que la lluvia es felicidad” y Hugo los miraba con cierto estupor, todo mojado. Fue su primer matrimonio; a los pocos años se separó, la lluvia no había hecho mella en su futuro. Y se reencontró con su primera novia con la que se quedó para siempre. Porque Hugo tuvo “siempre”.

Hugo fue una de las personas más importantes en la “revolución” de los movimientos juveniles, sobre todo del lado de la palabra y la movilización de saco y corbata en este Pergamino. No logró la convivencia exacta entre lo que pedía su profesión y vocación de político con el teatro que tanto amaba y se fue a Rosario, con quien siempre lo había esperado y en la búsqueda de los dos hijos que llegaron en distintos momentos a su vida y la de Marta.

Antes deambuló por varias obras teatrales y gestionó la mejor de las giras para una creación colectiva en donde puso de frente la protesta social como argumento de cambio. Pero después llegaron otras y su profesión y algunos momentos que se le hicieron difíciles en su vida cotidiana. Y se fue, dejando la maleta que llevaba sus sueños artísticos en la vereda del sol. El no coincidía en hacer personajes que desestructuraran el clásico abogado que decidió asumir y prefirió escapar de un pasado geográfico que le había traído algunos disgustos. Hugo decidió vivir una vida plena y en la tranquilidad que, por su intensidad, jamás lograría… Y allá se instaló.

Hoy se me ocurre rescatar la pasión de ese muchacho desgarbado con voz gruesa y carcajada abierta; ese muchacho que muchas veces atravesaba el pibe que nunca dejo de ser; el muchacho que con intempestiva decisión movilizó a gran parte de la juventud pergaminense que se empoderaba en los 70 para acceder, cada uno por el camino que elegía a una época que no es de análisis para este cuento; una época que señaló los sueños de una generación que solo la soberbia del poderoso que asesinó, vejó, desapareció, encarceló y torturó pudo detener.

El sol de frente, los pastizales… y el tren que hace gritar su silbato; después podemos imaginar la radio encendida, Hugo silbando, recordando; pensando en lo que haría y qué nuevas acciones programaría.

El grito del guarda y ese auto que hacia olor y había que llevar al mecánico para que revise: hasta imaginar a Hugo preocupado por el olor y riendo solo en una de sus carcajadas más características. Eso dentro del auto; afuera se escuchó un estruendoso ruido de chapas retorcidas y se apagó el olor del caño de escape cuando el tren golpeó su costado… Las tardes con teatro; en la Parroquia La Merced, programando actos para el aniversario de su colegio, riendo, soñando, arengando… Hugo y el tren.

*A Hugo Roberto Conticello (Abogado y actor), uno de los jóvenes fundamentales de los años de las “instituciones juveniles” que anunciaban la década del ’70; memorar es imprescindible.

Jorge Sharry

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