ESCENAS DE FÚTBOL INFANTIL | 1 Y 2

Escena 1

El tres la tiene complicada esta tarde.

El siete del equipo contrario es un chiquitito escurridizo y rapidísimo. Él, mas grandote y torpe, sabe que lo va a sufrir.

Pero además, hay un tero hijo de puta que parece que tiene cría en esa parte de la cancha, por lo que hay cierta zona que está vedada al transito. El pibe se arma una estrategia para marcar al siete, intentando anticiparlo en cierto espacio de la cancha, para que no reciba el balón, porque si lo agarra con pelota dominada y campo abierto, se la tira larga y no lo agarra más. Ya lo sufrió de visitante en la primer ronda.

Además, si va buscando el desborde para echar el centro, va a entrar en la zona del tero, que te sobrevuelva la cabeza como un avión fumigador.

Empieza el encuentro, y en la tercer jugada le llega la pelota al siete. El tres lo tiene a cuatro metros y le sale con todo. Querría saber barrerse, pero las veces que probó se peló fulero el muslo y por eso no probó más. Es, para él, un misterio cómo lo hacen sus compañeros. El siete hace una finta delicada y el tres pasa de largo como colectivo lleno. No se barrió, y sin embargo quedó tendido en el suelo como si lo hubiese hecho.

Desde el piso, ve de espaldas que el siete se adentra en la zona que a él le corresponde marcar y empieza a inclinar levemente su recorrido hacia el área grande. El seis es también muy lento, sabe que no llega y encara en línea recta hacia la zona del líbero. El dos mide al siete desde lejos mientras espera el relevo que le cubra la espalda. En el suelo, el tres mira cómo se infla la camiseta del pibe que tenía que marcar, que flamea dibujando y desdibujando el número de la casaca.

En ese momento, en la escena, se cruza el tero: gris, negro y con manchas blancas. Rapaz, en un vuelo perpendicular al trayecto que viene trazando el siete, le grita de cerca. El animal se eleva, gira y vuelve a pasar con vuelo rasante, en la dirección contraria.

Si en el primer vuelo, el siete se desconcentró, en el segundo ya abandona su corrida. La pelota sigue girando hacia adelante y se detiene mansa a los pies del dos. El siete, parado, sacude sus manos enérgicamente por sobre su cabeza, para luego salir corriendo en dirección al centro del campo, envuelto en su propio grito.

Afuera, los padres se le cagan de risa.

El tres entiende que en el primer tiempo del día de hoy, no lo bailan.

Escena 2

Las diferenciaciones de cada club van mas allá de las conocidas clases sociales que se plasman desde la infancia, en el fútbol infantil. A ciertos clubes van los nenes bien, eso ya es sabido.

Pero hay una zona gris de clubes para los otros pibes, que ponen en juego sin embargo, rasgos distintivos. Por ejemplo, al celeste van en su mayoría los hijos de madres solteras. Ese rasgo es fácilmente reconstruible a partir de los gritos del mujerío, agarrado a los rombos del alambrado. Son, en general, mas salvajes que los hijos. Se van preparadas como para pasar un picnic en el club y encontrarse con las otras solteronas. Le hacen comentarios a sus hijos, a los contrarios o a los árbitros, pero claramente dirigidos a los otros que las escuchan en el afuera del campo de juego.

En ocasiones, se las ha oído incitar a sus hijos a la violencia, invitando a que les peguen a sus contrincantes, o bajándole el precio a las habilidades de los adversarios. Tienen un ojo clínico en crueldad, al resaltar las dificultades de los jugadores del equipo contrario. A la vez, le queman la cabeza al técnico de sus hijos, para que ponga, si es que acaso están de suplentes. O a sus propios hijos, si están en el campo de juego.

–Matalo!!!

–Poneselá al gordo ese…

–Pegale vos al tiro libre, Ángel!

–Qué cobraste?! Si ni lo tocó!!!

Lirio Rocha

Compartir en:
Share on facebook
Share on whatsapp
Share on email
Share on twitter
Share on print