CARRODILLA

Pasaron casi veinte años desde nuestra infancia vivida con plenitud en Alberdi, un barrio emblemático de Rosario. Ya casi se me habían borrado algunos recuerdos de hermosas historias que hemos sabido disfrutar durante esa etapa en la que éramos pibes. Sin embargo, ahora los recuerdos fueron brotando ante el hecho de reencontrarme con Fabricio, volviendo a recobrar vida.

En aquellas épocas Pablo, el hermano mayor de Fabricio, trabajaba en una distribuidora de vinos muy famosa por entonces, haciendo repartos por Rosario y alrededores, pueblos de la zona. Visitaba los grandes supermercados, generando así un ingreso extra destinado a colaborar con la familia, sumando a los aportes de su hermano Fabricio y de su padre. A este punto, podría llegar a pensarse que no sería de vital importancia lo que hacía el hermano de Fabricio, o como éste se ganara la vida. Aunque algo quizás sí, por lo que viene después. De vez en cuando, Pablo volvía de sus largas jornadas de reparto con regalos y souvenirs que los de la bodega le solían obsequiar. A veces eran vinos, y se los regalaba a su viejo. Otras veces algún comestible, y en otras tantas ocasiones traía remeras que tenían impreso el nombre de la empresa: “Carrodilla”. Remeras que, a decir verdad, no eran gran cosa. Simplemente mostraban el logo de la bodega y su nombre, este último escrito en letras grandes y blancas, recuerdo, sobre un fondo liso azul clarito. Las remeras eran de talle único, y aunque a Fabricio le quedaban un poco holgadas, él siempre las recibía con beneplácito, por tratarse de un obsequio de su hermano. Las usaba casi a diario para jugar los picados, aduciendo que no quería arriesgar su mejor pilcha en aquellas arduas batallas, que muchas veces se sucedían durante los partidos jugados en la canchita del barrio.

Nuestro equipo era fijo. Pero aun en las excepciones, éramos cuatro o cinco amigos que siempre jugábamos juntos, más algunos otros pibes para completar el número de jugadores cuando andábamos corto de gente. Y estos pibes eran amigos también. O mejor dicho, pibes de barrios cercanos y conocidos por haber jugado ocasionalmente al fútbol con nosotros, y hasta por haber compartido alguna tarde en el bolichito de videojuegos de la calle Rondeau, donde Fabricio trabajó unos años. Aunque no fueran de la barra, a ellos los considerábamos como de los nuestros. En definitiva, eran de esas personas que te solés cruzar de tanto en tanto, pero que no recordarías sus nombres y ellos tampoco el tuyo, aunque alguna vez hubieran jugado juntos al fútbol.

La cuestión es que Fabricio era conocido como Carrodilla, apodo que le quedó por andar siempre con las remeras que su hermano le traía de la bodega en la que trabajaba. Parecería este un detalle menor, o sin importancia. Hasta te digo más, inclusive para mí el recuerdo de Carrodilla era poco menos que anecdótico. Contrariamente, esa palabra cobraría un gran significado mucho tiempo después, al reencontrarme con Fabricio. Él me vino a visitar aquí, demasiado lejos de Rosario. Y vaya si no… ¡cómo es la vida! Después de haber pasado tantos años sin ver a mi amigo, y ahora estábamos recordando con regocijo, como si tal cosa, al revivir entre ambos nuestra infancia en Rosario. Y al mismo tiempo, también pude sentir una gratísima sorpresa al enterarme de una historia que desconocía y que jamás hubiese imaginado. Una historia increíble ocurrida en el barrio que nos vio crecer.

Resulta que Fabricio y su esposa, poco tiempo atrás, volvían a su casa alrededor de la medianoche después de haber compartido una cena bien casera, por invitación de los suegros de él. Noche apacible y más que agradable, de esas muy frecuentes en Rosario en la época de primavera. Decidieron caminar de regreso a su casa, aprovechando el buen tiempo, y tratando de ayudar a digerir la deliciosa y abundante comida que la mamá de Valentina, su esposa, había cocinado para agasajarlos. Era un día de semana. La calle estaba tranquila y, a pesar del buen clima, no se veía un alma por ningún lado. Siendo tan avanzada la noche nadie transitaba por las desoladas calles de Alberdi, excepto ellos, caminando de regreso a su casa. En determinado momento, Fabricio advierte a la distancia un grupo de unos tres individuos que venían desde la otra esquina y en dirección hacia ellos, pero por la vereda opuesta.

Su intuición, o su experiencia callejera, le alertó que algo no estaba bien, y sus presunciones, luego, parecieron confirmarse cuando estos sujetos se cruzaron de vereda y comenzaron a caminar directamente hacia donde estaban ellos. Fabricio advirtió a su mujer sobre la situación y le pidió calma, presintiendo lo que estaba por suceder. Aunque Valentina ya estaba invadida por los nervios, y el pánico la inducía al borde del llanto. Las débiles luces de la calle no impidieron observar, ahora un poco mejor, la temeraria apariencia de esos tres individuos. Particularmente del que iba en el medio y algo adelantado, como conduciendo decididamente las acciones tendientes a alcanzar una peligrosa cercanía. Fabricio quedó absorto al observar tanta perversidad en los rostros. La cruda y no disimulada imagen de gente marginal estaba representada ahí, en esas personas. Entonces, trató de idear algo rápido sobre qué hacer. Si bien en esas situaciones suele primar el instinto de supervivencia, Fabricio solo podía pensar en cómo salvar a su mujer.

En esos segundos que duraron los últimos pasos hasta la aproximación definitiva con aquellos que venían a su encuentro, de manera fugaz se le cruzaron algunos recuerdos. Recuerdos de cuando era un menor y que, por motivos que no vienen al caso, tuvo que llegar a ajusticiar para defenderse por mano propia. Pero eso fue no más que un reflejo en su mente, porque él tenía bien presente la desventaja numérica, y sobre todo porque ahí estaba su esposa, embarazada. Sería correr riesgos aún mayores, y por ello estaba dispuesto a evitar cualquier reacción imprudente. Entonces, agachó la cabeza y esperó… rogando para sus adentros que no pasara lo peor.

La vida tiene eso, a veces, obliga a afrontar situaciones límite, momentos inesperados donde suceden cosas inimaginables que podrían llegar a pasar. Pasos nomás lo separaban a él y a su trémula mujer -quien venía muerta de miedo- de aquellos tres muchachos que portaban una evidente actitud, para nada amistosa, por cierto. Ante la inminencia del encuentro, Valentina, ya aterrada, se abrazó a Fabricio desde atrás, y este, en un intento de transmitirle tranquilidad, le tomó la mano que ella había aferrado a su pecho. En el último metro, el siniestro personaje se acercó a Fabricio y lo enfrentó, casi cara a cara, con las manos en los bolsillos de su largo sacón oscuro. Mientras, los otros dos se habían detenido hacia los costados y un par de pasos atrás. El presunto delincuente, al erguir su pétreo y amenazante rostro con la clara idea de llevar a cabo sus intenciones, como si se hubiera detenido el tiempo, quedó virtualmente congelado. Se mostró atónito por unos instantes. Y de repente, levantó los brazos esbozando una risa entrecortada, acompañada por un gesto de extrema sorpresa, y gritó a viva voz: “¡Carrodilla!”.

Nicolás Iannone

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