ARTURO ZEBALLOS

Chau, Arturo, elévanos malambeando hasta la Cruz del Sur de Don Ata a la que le diste la furia y riqueza que necesita el malambo.

Palabras de Gustavo Pérez Ruíz y Mónica Filippini

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Palabras de Jorge Sharry

Arturo Zeballos: “Guitarra, vas a llorar”

Cotidiano verlo pasar por las calles que separaban su casa de Bellas Artes pedaleando o andando acompañado de su guitarra y la bicicleta. Arturo fue un gran acompañante de las diversas manifestaciones corales del maestro Hugo Ramallo y, mientras tanto, crecía como concertista de guitarra, sondeando sonidos camperos o en la obra de Atahualpa, de quien iba transcribiendo su música para guitarra en un trabajo discretamente monumental.

Entre sus primeros maestros estaba Carlos Molinaro el pergaminense que nos representó en todo el mundo con las notas de su guitarra y que se quedó en Paris, ciudad a la que Arturo estaba por viajar. Su maestro lo esperaba.

Se fue a Buenos Aires en 2010 y desde allí inicio sus viajes, guitarra al hombro hacia el universo que lo venía reclamando desde tiempo atrás.

Fue invitado a participar en el 41 Classical Guitar Festival Johann Kaspar Mertz de Bratislava (Eslovaquia) en el 11th Guitar Festival de Belatonfuradi y Ferenc Liszt Academy Guitar Festival (Hungría) ofreciendo además otras presentaciones en salas de Frasdorf, Munich, Nuremberg, Koln, Erlangen y Stuttgart (Alemania).

Hizo presentaciones en el Conservatorio de Música Victoria de los Angeles de Madrid, Instituto Cervantes (España), Guitare Festival de Villeneuve-sur-Lot, Casa Argentina en Paris y Universidad de Nanterre (Francia), Musikschule Krems , Brahms Saal Viena, Evangelische Kirche Zell am Moos (Austria), Centro Argentino en Erlangen , Nuremberg, Frankfurt y Munich (Alemania), Sala Enrique Granados y Festival “Guitarristas Argentinos” en el Casal de Barri de Barcelona (España) y Amsterdam Music Conservatory (Holanda), en Alemania, Austria, Inglaterra, Bélgica, Francia y Turquía y siempre lo reclamaban para una segunda o tercera vez.

Seguramente el cielo de los artistas abrió sus puertas ante la llegada de este Pergaminense Sobresaliente (declarado por el HCD de la ciudad); del incansable investigador y eximio musico que hasta el último minuto de su vida escucho a Beethoven ayudado por su amada Vivian.

Después, el infinito, la eternidad y aquella frase de una canción que, quizás Arturo no escucharía, pero refleja el dolor: “guitarra vas a llorar”

Chau, Arturo, elévanos malambeando hasta la Cruz del Sur de Don Ata a la que le diste la furia y riqueza que necesita el malambo.

Palabras de Abel Robino

Nota a una cita inconclusa

¿Cuánto hace? ¿Un mes, un poco más? cruzábamos correos con Arturo, vendría, a tocar en París. Habría encuentro, quizás en el Mistral, donde alguna vez charlamos con Jorge Sharry, con Arnaldo Calveiras, con Osvaldo Picardo y tantos otros. Siempre que nos escribíamos tocábamos el tema del barrio. Él era el hijo de “la IDELMA también llamada Edelma”. Es conocido en los barrios como se deforman nombres y profesiones al servicio de identificar. Idelma la del almacén de la ochava, mi generación que pedía ídolos populares, admiro a esa mujer, que dejó un matrimonio y por amor hizo otro con uno de los Zeballos, el Bocha, uno de mis héroes de pibe, por una trifulca en el boliche del gallego Martín (uno de los Cachipela), los hermanos Rodríguez era ese mote de ladrones de gallinas el de uno la cacha y otro la pela de allí cachipela pendencieros, uno de ellos le metió un puntazo al bocha y dos días después estaba  allí, trabajando. Yo recordaba el texto de Borges, le lavaron las tripas y lo cosieron. Estos dos baluartes fueron los papás de Arturo, creo que a él le agradaba ver a sus padres desde otro ángulo. ELLA en ese valor de rehacer su vida, no era fácil en aquellos años  para una mujer de campo tomar esas decisiones. El feminismo le debe a mujeres como estas de ovarios de platino, abrir caminos.

Que otro ser podría nacer de un titán y una reina sino un guitarrero. Un melódico acompasado y delicado músico.

Yo lo recuerdo allí, en el umbral de su casa con nueve, más o menos, abrazado a su guitarrita. Los viejos del barrio movían la cabeza creo por inquietud y por aprecio,–ahí está el hijo de la Idelma, con su amiguita (la guitarra)­– sonando notas, todavía mirando sus dedos para asegurar que estuviese en la buena casilla del do o el la.

Se sufre cuando la gente se muere, claro que sí, porque la santa patrona del alivio no tiene compasión, pero si es un artista a mí me duele más, me desola, pierdo los puntos cardinales, no le encuentro razón al clamoroso existir.

Sí, hace más o menos un mes, me ilusionaba ver a un pergaminense aquí, porque volveríamos a mencionar el barrio, los enormes paraísos del ciego Sosa, el loro que cantaba la marcha peronista del rengo Zamonta, y el callejón infranqueable de su casa a la mía, cuando el mar era color barro. 

Iré igual a ese encuentro a tal hora y esperaré, siempre se espera a los amigos aunque no vengan por fuerzas celestiales mayores.

Chau Arturo, que tu música nos siga deleitando.

La banquina

La Banquina

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