SECRETO TEHUELCHE

Antes, vos lo sabes Delita, la cosecha de trigo en el esplendor del verano se hacía embolsada… la máquina corta y trilla, dejaba caer al campo a cada tramo, 4 ó 5 bolsas cosidas y listas… pero ¿quién las juntaría para hacer la estiba que llevaría el camión?

Me dijeron que hablara con un tal López de General La Madrid que a lo mejor estaba desocupado. López vino solo, con una chata, 8 caballos y 4 perros galgos.

Soltó los caballos al campo para pastorear y reponerse, habían viajado 50 km. cortando potreros. Yo me quedé mirando… ¿cómo haría para volver a juntarlos…?

Debajo de la chata armó su campamento y con los perros y su cuchillo marchó a buscar comida. Al atardecer una mulita se cocinaba en un pequeño asador de cruz, con fuego de pasto; varios cueros de liebre se estiraban en el alambrado y López tomaba mates tranquilamente al lado de su chata.

Por supuesto me acerqué, mateamos y charlamos… «como jugando», según él decía. Y como al pasar le pregunté cómo haría para recuperar los caballos en 200 has. sin corral ni manga.

-Mañana, cuando levante el rocío venga y mire- me respondió lacónico.

Comimos juntos la mulita, con la mano, pan y vino blanco que el gustaba rebajar con agua, pa no chuparse, como decía. Me quedé dormido bajo las estrellas escuchando rasgueos de guitarra, melancólicos y dulces como son los rasguidos de la pampa al sur.

Por la mañana, López salió caminando hacia donde se veían los caballos, todos se fueron alejando menos uno. A ese le puso un bozal, lo montó en pelo y con él arrió al resto hacia el rincón del molino, donde todos permanecieron quietos y tranquilos. Cuando hubo un atisbo de rebelión, levantó la voz:

-Ramón, quedáte quieto. Y Ramón se aquietó.

Trajo un tramo de alambre grueso, del llamado San Martín y lo ató a un alambrado, formando un triángulo con el otro alambrado a la altura de la grupa o el cogote de los animales, según hubiesen quedado.

Luego comenzaba a ordenarlos para que todos quedasen mirando hacia él.

-Date vuelta Juan- le hablaba a uno y Juan se daba vuelta.

-Ahora vos, Rubino- que no se movía. Con una pequeña guasca le atizaba las patas suavemente y repetía -a vos te hablo Rubino, date vuelta- le repetía enérgicamente y el potro cumplía.

Así, uno a uno, los acomodó a su gusto, todos en fila como chicos en la escuela. Ningún golpe, ningún grito. Ajustó el alambre tendido y con el bozal del primero comenzó a seleccionar los animales, llevándolos de a uno y atándolos a la vara del carro según el lugar que él quería.

Adelante va el cojudo, me dijo, porque es el que tira primero y con más fuerza, animando a los demás… cuando la chata se pone pesada, aunque patine, él tira y los demás lo acompañan. Nunca me quedé encajado, agregó.  Y parado en la chata se puso en marcha a recoger las bolsas.

A la noche, saboreando el guiso de liebres oreadas al sereno le pregunté:

¿Cómo logró que el caballo suelto en el campo se quedara, quieto?

-Lleva un tiempo. Se le ata una cadenita sobre el vaso de una mano. Cuando quiere correr se pega en la otra mano y como le duele se para. Después se acostumbra. Y además yo le hablo a los animales, sabe… es de no creer como entienden.

¿Y por qué no me enseña? Me entusiasmé.

Quedó callado un rato. -No se ofenda, me dijo, siempre parco. Yo le voy a enseñar a mi hijo, como me enseñó mi padre a mí y como le enseñó mi abuelo tehuelche a él. ¡Es secreto de familia!

Mi abuelo se llamaba Antuñanco, me dijo, que significa Aguilucho.

Don López era lacónico al hablar. Lanzaba oraciones cortas pero muy certeras: No dejaba dudas, pero inspiraban más curiosidad. Yo había observado su cuerpo enorme, sin camisa, de doble espalda, marcada con lonjas, como si hubiese recibido latigazos. Me había hecho pensar en los famosos patagones de Magallanes.

Estábamos tomando mate, al lado del carro en el fogón improvisado.

De pronto se levantó y dijo: -Mire, si quiere aprender.

Se acercó a un potro tobiano que andaba suelto, pero siempre cerca de su madre. Las crines blancas y las cerdas de la cola largas y peinadas hasta el suelo. Le tendió la mano hacia el hocico y de pronto de un suave y solo salto se subió a su espalda todo estirado sobre el animal, con sus pies descalzos sobre las ancas para quitarle las cosquillas de las verijas y la cabeza sobre el cuello, y le empezó a hablar quedamente.

Le tomó la cabeza cerca del hocico, la torció hacia un lado hasta que el tobiano cedió una mano y se fue acostando. Se puso cabeza con cabeza y le siguió hablando suavemente en la oreja como susurrándole…

Se sentó sobre el pecho, le separó las patas delanteras lentamente y de improviso «como jugando» puso su propio cuerpo en equilibrio como hacemos nosotros la vertical.

Luego se acostó a su lado y cuando el potro se levantó don López ya estaba sobre su lomo.

El caballo caminó, sin freno y sin riendas, y el jinete con gestos de los brazos le indicaba el camino: «por aquí… por allá» en comunicación cuerpo a cuerpo, piel con piel.

Primero conoce mi olor -me dijo- y luego mi voz. Nunca le pego.

Se bajó y lo dejó ir acostándose él en el pasto, como cansado. El tobiano se le acercó y le olisqueó las patas como invitándolo a seguir jugando.

-Yo les hablo, me repitió. Les hablo y los acaricio… como me enseño mi Tata. Y se quedó melancólico chupeteando el mate que yo había vuelto a calentar.

El sol coloreaba las nubes y el campo se apagaba, así que don López recalentó la liebre sancochada y él con el blanco aguado y yo con el tinto seco, nos fuimos durmiendo custodiados por los galgos.

Horacio Fernández Cowper

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