EL LENGUAJE INCLUSIVO COMO POTENCIAL REVOLUCIONARIO

Aproximación desde una perspectiva sociolingüística y política.

La resistencia hacia el lenguaje inclusivo viene de un sector de la sociedad que, por lo general, se resiste a poner en jaque todo lo que está establecido. Los argumentos que esgrimen son por lo menos pueriles.

En primer lugar, acuden al sistema gramatical -protegido y vigilado, siempre alerta- propuesto por La Real Academia Española (RAE). Otro argumento que se puede escuchar por aquí y por allá, es que sólo lo hablan o escriben aquellas muchachas de capas medias que pertenecen al movimiento feminista. Es así como levantan banderas en nombre del purismo lingüístico.

El lenguaje siempre es tensión y conflicto, es una constante búsqueda, es potencial revolucionario.

La lengua es el sistema, el lenguaje es la forma en que cada hablante se apropia de ella. El sistema sí tiene como vigía a la RAE. Los cambios lingüísticos incorporados por esta institución demoraron 40 o 50 años para que se plasmaran en la gramática y, consecuentemente en el habla coloquial. No es ese el hito que importa en estos años cuando se discute el inclusivo, porque no se pretende que la RAE acepte nada, porque en esa “no aceptación” reside la revolución lingüística en una esfera mucho más amplia que excede al sistema y que es política, antropológica y sociológica.

En este momento de la variable se prefiere hablar de fenómeno retórico más que de cambio lingüístico.

Según Santiago Kalinowsky “…El lenguaje inclusivo es la configuración discursiva de una lucha política…”.

Desde una perspectiva etnográfica de la comunicación, podríamos apropiarnos de la hipótesis de Edward Sapir, que dice: “El vocabulario y la gramática de cada hablante configuran su visión del mundo”. Si tomáramos esa premisa como bandera el mundo sería más justo para minorías invisivilizadas, apartadas, acalladas, puestas al margen. ¿Hay algo más estigmatizante que no ser nombrado/a/e?. Sólo hay que colocarse en el lugar del otro/a/e, si no lo, la, le nombramos, lo la le invisivilizamos; por el contrario al nombrarlo/a/e lo/a/e empoderamos, en este punto no importa tanto lo que está instituido como lo instituyente.

El marcador de género (o) proviene de una cultura esencialmente patriarcal y misógina, las mujeres no éramos nombradas, éramos jefe, presidente, ministro, etc.

En la actualidad, con el enorme avance sobre los estudios sobre el género aprendimos que dicha categoría no es binaria, muchas personas se autoperciben desde muy temprana edad (comprobado psicológicamente) con otro género, rompen la cascara y saltan a la vida como no binarias/os/es.

En estos últimos trazos se enfatizó la “e”, que en apariencia, viene ser una intrusa en la comunicación. Sin embargo, colabora en la eficacia comunicativa ya que la “x” o el “@”, son impronunciables en la oralidad aunque apropiadas en la escritura.

El inclusivo es una práctica que implica ser muy consistente en el conocimiento de las variantes, hay que saber más y no menos sobre la lengua. Vale esta aclaración porque se adjetiva a quienes hablan este lenguaje de ignorantes y brutos, sin tener en cuenta que para usar adecuadamente el inclusivo hay que tener mayor capacidad de reflexión.

Los hablantes, conscientes de que la lengua es un material vívido, cambiante, al utilizar la “e” interpelan, hacen pensar una problemática y fundamentalmente la persistencia de una injusticia.

El marcador de género no binario no se impone ni se sanciona. No se impone porque la otra persona debe arribar por su propia trayectoria a ese uso.

No se sanciona porque sería una forma de persecución política, porque éste fenómeno es arena de lucha y compromiso, es la forma de cambiar la dirección del puño.

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Bibliografía: Kalinowsky, Santiago; La lengua en disputa, Edit. Godot, Buenos Aires, 2019.
Sapir, Edward; Etnografía de la comunicación, Edit. Paidós, Buenos Aires, 1987.

Profesora Claudia Draghi

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