UNA TEJA ROTA

Ayer a la tarde vi a una mujer cruzar la calle; la escena fue simple, pero no la entendí. Alrededor sólo había veredas y casas silenciosas; todo estaba cargado de sentido, era discernible: “estoy caminando, debajo de mí hay una superficie accidentada pero firme, voy a un lugar en particular”. La aparición de la mujer lo cambió todo. Era una presencia que refería a otro lado, uno donde no se enumera para cotejar parámetros a los que aferrarse. Su cruzar la calle no tenía sentido; se desplazaba, pero desprovista de intención. Imaginemos una cara muy blanca, sajona, pelo negro, clase media, vida dura. Imaginemos años de sufrimiento sordo, el tipo de acumulación que fragua una mirada vacía y estúpida. A veces pienso que habitamos el cuerpo de otro para graficar una disociación, pero esta mujer no era una metáfora; sucedía como sucede un síntoma. Verla era fabricar un temor futuro: temer dejar de ser una persona, ser percibido como se percibe una rama, una teja rota, un charco de agua en la vereda.

Ahora bien, no creo que ser percibido como una persona sea siempre una ventaja. A veces sólo da lugar a canibalismos. Los canibalismos están bien para la vida anecdotaria, para alimentar material de ficción, pero pueden volverse muy incómodos de llevar. Hace unos meses volví a ver “Phantom thread”, de Paul Thomas Anderson; en la historia el personaje femenino, Alma, es una especie de alegre fantasma en busca de un cuerpo donde habitar. Alta, delgada, un poco torpe y tosca, Alma es mesera en un restaurante donde conoce a Reynolds, un modisto de alta costura. Reynolds es un neurótico que se mueve en un círculo pequeño al que desangra con exigencias. Ve en Alma a una musa y un objeto sexual; la lleva a vivir con él, la hace modelar. Alma, vestida por Reynolds, goza por primera vez de su cuerpo, se queda de pie durante horas en las sesiones de prueba, siente que forma parte de algo importante, puro, perfecto. Una noche le confiesa a un médico que a cambio del amor incondicional que ella le confiere, Reynolds obtiene lo que desea: “cada parte de mí”. Pero los plazos de convivencia pacífica del modisto son breves. Pasados unas pocas semanas se vuelve agrio, indiferente; no queda nada del encantador anfitrión de la primera cita, esa donde le confesó que llevaba un pelo de su madre muerta cosido en su chaqueta (el “hilo fantasma”) para tenerla siempre cerca. Al hablar de esa madre, Reynolds revela una devoción que Alma quiere para sí.

Una noche, al final de un agotador desfile, Reynolds cae enfermo. Durante el transcurso de la enfermedad se vuelve un niño, se abandona, permite que Alma lo cuide. Para ella es un momento dichoso de la relación. Dura poco: terminada la convalecencia el modisto retoma su carácter agrio, el maltrato verbal y pareciera que sólo queda esperar el declive inevitable. Pero Alma intuye otra cosa: que quizá esa persona caprichosa e infantil precisa, cada tanto, abandonarse, desprenderse incluso de sus propias exigencias, desplazar la añoranza, volverse enfermo. Es curioso como todos nos buscamos excusas para transformar nuestra insignificancia en algo importante para alguien. Asociamos, repetimos rituales ahí donde vemos arcilla dispuesta, organizamos patrones. Como Mary, otro personaje cinematográfico, esta vez del escritor y director Paul Schrader. Mary espera una hija de un ambientalista radical que se niega a traer a otro ser humano a ese mundo condenado a la extinción. Antes del embarazo, los esposos compartían una dicha propia: entre otras cosas paseaban en bicicleta, fumaban porro, vivenciaban juntos una especie de viaje astral acostados uno encima del otro en forma de cruz. Un hecho atroz reitera ese relato oral de vivencias en escenas que vemos desarrollarse delante de nuestros ojos: el paseo en bicicleta, el viaje astral… Pero ya no es Michael, el esposo de Mary, quien la acompaña, sino un ministro protestante con un hijo muerto y una crisis de fe. Algo así como un reflejo brumoso. O mejor, una persona. No una rama, una teja rota, un charco, sino una persona donde conformar una visión estricta de uno mismo que se completa con un entorno hecho a medida, pieza por pieza. Ninguno de estos pesimistas (Schrader, Anderson) plantea en estas historias que el amor viene a salvarlo todo, sino que abren con dedos brutales las entrañas del cuerpo envenenado, nos dan su versión forense de las relaciones, relaciones en las que ser una persona puede ser un acto maldito.

No dije algo importante de la señora que crucé ayer en esa calle silenciosa. Llevaba puesta una remera, una remera negra. En el pecho tenía estampada la palabra “Lucky”, de la que quizá no conocía su significado arbitrario. No me volví a mirarla una vez que pasó. El día estaba frío, las hojas secas crujían debajo de mí.

Fabián Díaz

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