LA VEJEZ

La historia del pensamiento gira en torno a tres o cuatro temas centrales. La preocupación ancestral por el origen, el sentido de la vida, la existencia del más allá o la muerte. La historia de la cultura es también una sucesión de artefactos y explicaciones acerca de las incertidumbres. Una de ellas es lo que sucede cuando el cuerpo y el alma acumulan años. El tránsito inevitable.

«En el futuro que nos aguarda está en cuestión el sentido de nuestra vida; no sabemos quiénes somos si ignoramos lo que seremos: reconozcámonos en ese viejo, en esa vieja».

Simone de Beauvoir

Poco me ha impresionado tanto como dos libros leídos en mi juventud. Uno fue “La vejez” de Simone de Beauvoir y el otro “Autoretrato a los 70 años” de Jean Paul Sartre, ambos recorren desde la profunda reflexión filosófica, el buceo en lo más recóndito del alma humana o las acciones más sencillas que se veían atravesadas por los cambios corporales o por la irrupción de inéditos dolores, etiam in corpore.

Seguramente haya mucho más para explorar, destacar o revisitar, pero solo estas dos lecturas se convirtieron en algo absolutamente movilizante, para quien estaba asomando a la literatura, al arte, a la política, a los viajes preciosos, al continuo descubrimiento de otros horizontes. Pero luego de tantos años, adquirieron otra relevancia, por obvias razones de la experiencia sensible en carne propia.

También recuerdo siempre aquello del inigualable Serrat “todos llevamos un viejo encima” o “quizás llegar a viejo sería todo un progreso”. Aquel impulso vital de la compasión, porque en el otro, en la otra, asoman nuestros propios dolores futuros. Y en un viejo, en una vieja, reside tanta humanidad.

El deterioro, los pesares, la acumulación de duelos y dolores, quebrantos, padeceres, parecieran forjar el alma humana o llevarla hasta los límites de lo posible y más. Mucho más.

Las canciones, el arte, los poemas… no todos, claro, conspiran contra lo más amargo de la vejez que es aquello de oxidarse en todo sentido, perder la gracia y el humor o todo vestigio de deseo, esas únicas cosquillas que destrozan las más horribles rutinas que nos vamos forjando al correr de todas las horas.

No hay nada que tenga más rock and roll que las canciones de vejez de Johnny Cash, Leonard Cohen o Bob Dylan. Una bellísima y poética manera de envejecer joven, un eterno for ever young. Tiernas canciones de amor o rebeldes gritos contra todas las injusticias del mundo.

Una preciosa fórmula me la transmitió en sus últimos años el extraordinario poeta Leonardo Rodríguez, quien en medio de todos los pesares por el quebranto de su cuerpo maltratado, tomaba vinos prohibidos, proyectaba escenarios fantásticos y construía poemas con la misma pasión que a los treinta años. Y así toda la vida.

Toda filosofía, siguiendo al viejo y hermoso Platón, la filosofía es prepararse para la muerte, es un sabio aprender a morir. Un lento irse nunca, con un tremendo amor por lo que fue y lo por todo lo que vendrá, aunque no lo veamos.  La esperanza invencible. El amor incondicional por el otro, por el otre desconocido. El paciente arte de dejar de ser.

Quizá el camino sea, además, buscar la belleza en lo decrépito, la armonía en las herrumbres, la melodía en lo que la divina Simone llamaba la ceremonia del adiós.

Tal vez el secreto sea prepararse para el después, casi artesanalmente. Aunque no haya después.

Aunque los dioses se hagan rogar y no se revelen.

Aunque el porvenir sea el instante que ya pasó.

Fabián Del Core

Compartir en:
Share on facebook
Share on whatsapp
Share on email
Share on twitter
Share on print