EL PARTIDO ES NUESTRO

Me gusta el fútbol. La belleza de ese deporte. Como se arma, como se va dando el juego… Me gusta. Lo que sí es que no tengo ni alma ni espíritu de futbolero. No anida esa pasión en mí, como me gustaría; intuyo que algo fuerte me estoy perdiendo al no tener eso. Pero es lo que me pasa, qué voy a hacerle, ¿no? Me gustan las pasiones. Y en la del fútbol estoy seguro que hay algo más que la belleza que posee este deporte en sí, lo del juego… Pero no la tengo. Y eso que me sé una persona bien apasionada, pero a esta no la tengo. Te la debo… Sin embargo, más allá de eso, soy un amante a ultranza, fanático cien por ciento, mil por mil, y más, mucho más de Diego Armando Maradona. Maradoneano absoluto. Y a mucha honra, le guste a quien le guste, caiga quien caiga.

Diego despierta en mí, como lo hizo siempre –desde que yo era un pibito–, y voy a hablar de él en presente porque hacerlo en pasado en una persona como la suya me es honestamente imposible, como supongo le pasa a toda la enorme legión que lo vamos a amar por siempre.

De hecho, me he ocupado, y lo sigo haciendo, pero, simplemente, porque me nace genuinamente del corazón de hablarle a mi hijo de Diego; siempre lo hago, siempre que puedo. Me acuerdo de que Rocco era muy chiquito, muy, apenas si llegaba a los dos años, o ni eso, y estábamos, una tarde, en la vieja casa de sus abuelos maternos, en Bolívar –Pcia de Buenos Aires– (yo, por esos tiempos, todavía estaba casado con la mamá de mi hijo), era verano; y ya nos estábamos por ir a la otra casa de mis antiguos ex suegros, habíamos salido hacía un rato de la pileta y antes de que nos fuéramos comenzaron a pasar en la tele en algún canal deportivo un especial sobre Maradona. El hablando, mostraban algunas de sus jugadas, pero esencialmente se trataba de su palabra y apenas vi eso lo senté a mi hijo, tan pequeño, en ese momento, en uno de los sillones de aquel living y comencé a hablarle de él, de quién era, que le prestara atención, mucha atención. Y me hizo caso. Esa fue la primera vez. Hasta el día de hoy apenas aparece Maradona y estoy yo cerca Rocco para sus antenas. Le interesa el tipo. Como no va a interesarle. Si en mi pichón, intuyo, por sus dibujos y demás hay un artista enorme adentro. Y es que es muy difícil que cualquier persona que ame el arte apasionadamente no caiga cautivadx ante el 10.

Me debía en algún punto –siento– escribir sobre él… Claro que este espacio no alcanzará, es tan vasto lo que me pasa, al respecto. Todos los que me conocen saben acerca de mi profundo amor y hasta adoración maradoneana. Es una de las grandes debilidades y fortalezas que llevo conmigo. Debo de reconocer que por mi actividad como persona que se dedica al teatro he tenido la suerte de poder conocer a muchas artistas; varios que admiro… Y obviamente que hay muchos más, que no conozco y me despiertan también una gran admiración. Pero con Diego la cosa era, es diferente. No es sólo admiración lisa y llana, va más allá, mucho más allá. Sin embargo, no tuve la oportunidad de poder conocerlo personalmente. La vida es sabia, si me hubiese pasado, vaya a saber si no caía muerto…. Jajaja. Exagero, y no tanto, no se crean…

Muchos años atrás –recuerdo– vivía con unos amigos, en un viejo caserón del barrio de Parque Patricios, en Buenos Aires. En aquella casa vimos, por ejemplo, su famosa declaración de “me cortaron las piernas”, mientras intentaba contener las lágrimas, ante las cámaras de Canal 13 que lo enfocaban. Con mis amigos, aquella noche, lloramos todos con él. Nos emborrachamos, incluso, después. Fue un pedo de dolor. Y no sólo porque a la Argentina le había pasado eso, en aquel Mundial… Eso era hasta menor, si se quiere… Nuestro ídolo máximo había sido vencido después de todo lo que había luchado para llegar bien y representarnos con nuestra Selección. Nuevamente la adversidad ante sus puertas. Una vez más. La historia permanente, cíclica de su vida: triunfo, grandeza, amor, la gloria, y luego la caída, fuerte, estrepitosa, su soledad, los excesos, el abandono, el fracaso… Así, una y otra vez… Nuestro héroe trágico. Aquella vez lo mataron. Y lloramos fuerte, con él. Por él. Nos parecía increíble, y muy muy doloroso todo eso.

Era invierno. El frío golpeaba duro. Al otro día, cuando salí a las callecitas porteñas, la ciudad estaba triste, muy triste… Verlo llorar, sufrir así al Diego era feo, muy, para todos lo que lo amamos.

De hecho, para mí cuando falleció fue una especie de antes y después, de tan fuerte que me sacudió su partida. Jamás pensé, seriamente, que podía suceder eso, que él se muriera. No me lo imaginaba, directamente… Su pérdida es similar a la de haber perdido a alguien muy cercano, como de mi familia, del centro de mi corazón. Cuando murió Spinetta me pegó mal, también –me acuerdo– Sentí, aquella vez, que parte de mi juventud se moría con El Flaco. Pero con lo de Diego imposible de describirlo, de ponerlo en palabras…. ¿Es que acaso se puede hablar del dolor, y del amor cuando es tan enorme, tan gigante lo que se siente…? Imposible hacerlo… Y eso que yo más de una vez lo intento, cuando escribo, a través de distintas formas, con aquellos que llevo prendidos en mi pecho como mi hijo, mis padres, mis amigxs, la mujer amada… Pero francamente es todo menor, ante la enorme magnitud de los sentimientos verdaderos… No alcanzan las palabras, no me bastan los idiomas para poder graficar mínimamente, siquiera, la profunda hondura que contiene un corazón tañido por el amor y dolor como el mío, cuando eso me pasa.

Cuando falleció Diego obviamente como todxs no pude creerlo… No caía de mi asombro. Estupefacto. Atontado. Consternado. Estaba en mi trabajo de la biblioteca, sólo, en un sector, junto a una computadora y un scanner, y me largué a llorar como un niño. No podía parar de hacerlo. Estuve no sé cuánto así. Mucha gente comenzó a llamarme, amigues de todas partes –Pergamino, Buenos Aires, extranjerxs– todxs sabiendo de mi gran amor por Diego… Y quizá, probablemente, para ver si ellxs también –pienso ahora– podían al hablar con un fanático como yo entender algo de este golpe tan duro, tan adverso, por el que estábamos pasando. Un Dios nos estaba dejando. El más humano de todxs. Es duro quedar huérfano, más allá de Nietzsche….

No pude atender a nadie. Y mi celular sonaba, todo el tiempo. Mucho rato. Sólo lloraba. No quise hablar con nadie. No podía. Cuesta rearmarse. Al menos, a mí me cuesta. Siempre me ha costado… Estaba ahí solo con mi dolor, como podía, y nada más… Quién iba a poder consolarme… Nadie…

En un momento dado me llamó Rocco. A él si lo atendí. Fue al primero que eso hice. Y cuando escuché su vocecita de niño, consternado, dolido, que me dijo –Papá, se murió Maradona…– Rompí en un llanto más profundo todavía. No podía parar. Casi no pude hablar con mi hijo. Nunca, lo confieso, pese a los distintos golpes y bajones –varios– que me ha otorgado la vida, desde que soy papá, había llorado delante suyo. Ante él trataba, siempre, de mostrarme bien, de esconderle mis dolores, mis decepciones, mis bajones, para así tratar de que se criara no sólo en un ambiente de mucho amor, sino también de mucha alegría. Me parecía fundamental eso. Siempre creí que absorbiendo grandes dosis de amor y risas y felicidad unx puede salir más fuerte a la calle, más armadx, cuando se crece, cuando se es adultx, y afrontar allí, sí, en más de una ocasión, las rispideces que sabemos, también, contiene la vida. Pero esa vez no pude, lo juro… con mi hijo, ante mi dolor. Papá se había quebrado. Uno de sus grandes amores, una de las personas que más amaba –y amo– se había muerto. Creo que hice bien en llorar delante de mi hijo. En algún punto, aquel día, me humanicé más ante él. No siempre se puede estar bien, lo sabemos. Va en el combo… Nada es perfecto. Y esta bueno, es lógico, que los hijos sepan también eso… Ahora, a veces, hasta me es inevitable –aunque no me guste ya que me siento débil, como descubierto– cuando algo me emociona mucho (por alegría o dolor o lo que fuere) se me caen algunas lágrimas, inevitablemente…  Me largo a llorar, aunque Rocco esté conmigo. Cuando eso pasa, el me mira en silencio, respetándome y a veces hasta me contiene.

Pero el día que murió Maradona fue la primera vez que me rompí ante él… Bueno, también fue a la primera persona que atendí luego del fallecimiento; después me llamó mi novia –en ese momento -; un video llamado fue… Estaba rota, también, desvastada. Lloramos juntos, unidos por el amor nuestro, y a Diego, y por ese dolor sin consuelo. Me llamó mi vieja –otro video llamado de whatsapp– destrozada también, llorando… También lloré con mi madre… Hasta el día de hoy no puedo creer que Diego esté muerto, físicamente. Que no esté en forma física más con nosotros. Aunque siempre seguirá estando, de otra manera. Siempre… Pero lo que sí sé es que desde que él no está más acá, de esta forma, con nosotros, sí estamos más solos. Es un sentimiento rotundo e inevitable este que siento. Y por ende gran parte, al menos, para mí, de la alegría futbolera ha muerto. Pero lo que más impacto también me produjo fue que si se murió Maradona cualquier cosa fea puede pasar. Cualquiera, la que se te ocurra. Todo lo malo puede acaecer, y en cualquier momento. Todo lo bueno se puede terminar en cualquier instante. Es así. Si se nos fue Diego, imagínate, querés más pruebas que eso…

Por eso, aunque mi amor al 10 siga siendo inalterable y eterno –no sé vos. Puede que seas maradoneano, o no; no importa. No es lo que está en juego– aprovechá lo que tenes, a full, con todo; disfrutá al mango. Nuestro tiempo es hoy. No pierdas el tiempo. No perdamos más el tiempo. Hacé lo que amas, con intensidad; abrazé y besé a tus hijes, viejos, amigxs, hermanxs, pareja… No te pierdas ese amor, dale. Entregate. Entregate al amor, al maravilloso juego de la vida. Porque el partido puede terminar en cualquier momento, y si algo nos enseñó El Diego con todas sus pasiones y enorme amor hacia la vida –con todos sus desbordes propios de un ser tan sensible e intenso – es que la vida es para jugarla poniendo todo, todo el tiempo.

Nuestro tiempo es hoy. El partido es nuestro.

Marcelo Saltal

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