PALABRAS, PALABRAS… | PRIVILEGIOS

Quizá en tiempos pretéritos se haya materializado, y es el deseo de que ello ocurra de nuevo en el desarrollo de comunidades más igualitarias, con un equilibrado reparto de cargas y beneficios, pero -claro- ese anhelo se ubica a considerable distancia de las sociedades que más de cerca conocemos hoy.

En la profundización de una asimetría lacerante, existe una nutrida, creciente franja de desharrapados como contracara del cortejo de unos pocos dueños del dinero, propietarios de casi todos los bienes, materiales o derivados.

Con desencanto se percibe lejana la pretensión de erigir a la niñez como la franja etaria exceptuada de asumir responsabilidades. En el tiempo capitalista, los únicos privilegiados son los “ricos”; para apelar a una denominación sencilla que nos evite complejidades y abstracciones.

Con la mitad de la población sumergida en la pobreza, es fácil elucidar que les resulte ajeno el disfrute de ¡al menos! dos comidas calientes diarias. En el medio, y con tendencia gradual al declive, se ubica una franja que en su ambigüedad intermedia, termina enturbiando la pureza del relato, que, en este punto, sería la voz impuesta por la realidad. Tal vez inconscientemente asustados por las consecuencias de políticas económicas -que respaldaron dichosos- amenazan con llevarlos puestos, suelen culpar a los desventurados de las desdichas colectivas; miran para abajo, nunca al otro extremo social, al que todo le perdonan, al que todo le justifican.

El quiebre de la realidad social que empezó a gestarse en la segunda mitad de los ’70 tendió a profundizarse con la hiperinflación final del alfonsinismo, las fatales derivaciones menemistas, y los cuatro años de Cambiemos, con el colofón actual de la pandemia destructiva, a más la falta de un rumbo cierto que permita alimentar la esperanza. La mediocridad cuestiona los planes sociales, reproduciendo -por desconocimiento antes que por mala fe-, la monserga que exculpa a los eternos beneficiados con el desigual reparto de la renta. Se enfadan y hasta descreen del buen Dios, cuando un pobre accede a un celular costoso, pero aceptan mansos y resignados los constantes privilegios de sectores encumbrados luciendo su existencia lujosa; que suele disfrutar menos del propio uso o usufructo de las cosas que de la exhibición impúdica en sí misma. Las redes sociales se empeñan en facilitar el patetismo.

Los del medio, por temor a la caída, necesitan aferrarse a la ilusoria pretensión de pertenencia a algo que les queda grande. Por miedo a ser considerados pobres, se creen y copian de aquellos el relato, aunque no el resumen de las tarjetas de crédito. Naturalizan y aceptan el derroche y la ostentación de los pocos, pero censuran a quienes reciben la indispensable ayuda estatal para poder comer.

Para algunos, los privilegios irritan; pero no todos.

Rody Piraccini

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