DIEGO RODRÍGUEZ REIS | ESCALA 2:100

“An angry man, that is my subject”. 
Ilíada, I, 1. 
Traducción de W.H.D. Rouse.

Cada palada, una herida en el vientre del río anchuroso, profundo. Con violencia medida, con una furia tranquila, el hombre contenido en el bote, avanzando en la tarde noche. El sol cayendo lerdo, anguloso.

Al fin, la otra orilla. Los pies en el barro, arrastrar el bote unos metros tierra adentro. Los perros conocidos que se acercan a olisquearle los pantalones, las alpargatas. La casa allá arriba, al lado de un sauce viejo.

Sale el otro, mate en mano, la otra mano a la cintura.

―Cayó piedra sin llover.

Le pega una chupada al amargo, cebado en un pomelo cortado a la mitad.

―Orestes ―lo nombra el recién llegado.

―Lisandro ―dice el otro.

Se quedan parados, como midiéndose, unos minutos. El dueño de casa silba algo y se detiene enseguida, una melodía irreconocible, acaso inexistente. El visitante comienza a armarse un cigarro, como sin apuro.

―Pero no te quedés ahí parado. Pasá, chamigo ―reacciona el visitado.

Entran.

La casa es un rancho con techo a dos aguas. Dos piezas. En realidad, una pieza dividida, simbólicamente, por una frazada extendida sobre un alambre que corre de punta a punta de la habitación.

El dueño de casa hace un ademán amplio, haciéndole entender que puede sentarse, acomodarse donde quiera. El recién llegado parece dudar, finalmente se sienta en la silla más cercana (un cajón, una jaula verdulera con unas cinchas arriba).

―Está acá ―dice, como escupiéndolo.

El otro ceba un mate, sin dejar de mirarlo.

―Si está acá, decís.

―No te hagas el boludo, Lisandro ―se levanta, nervioso, el otro suspende el mate, se contiene―. No te estoy preguntando ―tira el pucho al suelo y lo pisa-. Te lo estoy diciendo: Está acá.

El otro ha de estar pensando: Y si sabés que está acá, para qué carajo preguntás. Pero no le da el cuero ni la cara para decir eso, ahora.

No dice nada. Hace un gesto afirmativo, un gesto ambiguo, pero al fin y al cabo afirmativo. Se encoge de hombros, admitiendo.

El visitante (despacio, aunque nó amenazante) avanza hacia él, rodeando la mesa (una tabla montada sobre dos caballetes). El dueño de casa da dos pasos en el mismo sentido, hacia la puerta.

Sale, tira la yerba junto al sauce. La noche cae rápido ya, la última luz se desparrama vagamente sobre el río.

Cuando entra, el otro está junto a la puerta, a su izquierda. Está armando otro cigarro, la vista fija en la frazada (una frazada verde oscura, casi sólida de hollín, grasa).

El dueño de casa avanza hacia el fuego, la cocina rudimentaria (un tanque de chapa de doscientos litros con una puerta, un depósito y un tiraje), pero rodeando la mesa por la derecha. El visitante da unos pasos en la misma dirección y se queda parado en el mismo lugar en el cual se estacionó al llegar.

Han dado una vuelta completa alrededor de la mesa.

Cebado el mate, le alcanza uno. El visitante avanza, recibe el mate y le pasa el cigarro. El dueño de casa acepta el armado. Lo enciende con un tizón que saca del fuego.

Después de tomar el mate, el visitante lo devuelve y va armando, baqueano, otro cigarro, éste para sí mismo.

Fuman, silenciosos, ceremoniosos.

El mate va y viene, da varias vueltas. El agua se lava, pero el dueño de casa no lo arregla.

Por fin, el visitante, tira el cigarro al suelo, piensa en pisarlo, pero lo deja así nomás.

―Bueno, me voy a ir yendo, Lisandro ―dice. Mira hacia afuera, la noche cerrada―. Ya es tarde ―sentencia.

El dueño de casa lo mide, desconfía.

―Mirá, Orestes… ―se apresura a decir, pero se detiene, no termina la frase, no sabe cómo.

El otro hace una mueca, acaso de fastidio, de cansancio, de alivio.

Antes de salir, le dice:

―Esa yegua te vino a traer desgracia, Lisandro. Metió la perdición en esta casa apenas pasó por esa puerta.

Sale.

El frío se va levantando lerdo del río, sube por los pies, enfría el cuerpo, la cabeza.

Empuja el bote y éste sale, rompiendo su quietud, lanzado río abajo. Da varias paladas, muchas, rápidamente, diez, cincuenta, cien, sin dejar de mirar el fondo del bote. Ya lo suficientemente lejos, alza los ojos.

Allá atrás, brilla una lucecita, que titila suave, sube y baja en el ondulante horizonte.

Entonces (antes no) piensa en la mujer.

La imagina silenciosa, secreta detrás de la frazada verde, haciéndose chiquita, aguantando la respiración, intentando desacelerar los latidos de su corazón, que le abomban las sienes, queriendo hacer callar esos otros latidos, más leves, los del hijo que ya lleva dentro suyo.

A Guille Levy

De Correspondencias Secretas (Ediciones Del Dock, 2015)

Diego Rodríguez Reis

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