EL VALOR DE LO QUE NO SE DICE

Una certeza, quizás la única, que me dejó esto de andar merodeando los asuntos artísticos, ya sea desde la música, el teatro o los entreveros con la palabra, es que si a uno lo mueve la búsqueda de una “verdad”, lo que queda al fin de cuentas no son más que una infinidad de preguntas, y en el mejor de los casos, alguna que otra respuesta, casi siempre precaria. Tal vez, digo, el tema no sea el hallar la respuesta correcta sino el formular las preguntas apropiadas. Nada nuevo bajo el sol. Esta premisa debería regir para la vida en general, más allá de lo artístico. Pero en esa tensión que produce la pregunta necesaria, creo, se sustenta el “andar”.

Una de las tantas preguntas que ronda al que se aventura a la improductiva tarea de crear un texto (y el término “aventura” no es casual si  se considera, como lo hace Wilde, que “la base de toda aventura es la incertidumbre” y por lo tanto todo hecho artístico  que no transite por la cuerda floja, que no implique un riesgo, que no desafíe el sentido común corre el riesgo de volverse estático, inerte) es: ¿qué es lo que se debe decir y qué es lo que es necesario callar a la hora de contar?.

El escritor mexicano Juan Villoro sostiene que así como la música no se compone de una sucesión ininterrumpida de sonidos sino, por el contrario, de una inteligente combinación de sonidos y silencios, en la literatura esa combinación está dada entre lo que se dice y lo que se calla.

Es decir, lo que no se dice es a la literatura lo que un silencio es a la música. Y acá, creo, entra en juego el lector, él debería decir lo que el autor calla. En este sentido el artista plástico Américo Balán consideraba que todo buen lector es en esencia un creador. El que completa.

Ahora bien, el asunto se empioja cuando se trata de decidir qué es lo que hay que decir y qué es lo que es necesario callar. Y vuelvo a Villoro cuando sostiene que es en esa elección donde se sustenta el estilo literario, que importa por lo que callas, dosificas, frenas, y que si el autor encuentra ese tono genuino se puede decir entonces casi lo que sea. Personalmente, en este punto, siempre se me aparece la imagen del “gato con explicaciones” de los Les Luthiers.

Creo, por lo menos en cuanto de ficción se trate, que es necesario sustraerse de la adolescente compulsión de querer decirlo todo.

Resumiendo, cuál sería en todo caso la respuesta correcta a todo este embrollo, cómo saberlo.

¿No es acaso esto parte del riesgo? ¿De la cuerda floja? ¿Del salto al vacío?

Creo, en eso consiste la aventura.

Eduardo Viti Correa

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