CRACKS

Hay músicas que mejoran los silencios. Hay encuentros que mejoran todo. Pasa en la vida, pasa en el Arte imprescindible. Cuando sucede, nace la celebración. Salud.

Imaginemos la escena.

El Polaco Goyeneche, acompañado por el Gato Piazzola, cantando El Gordo Triste de Horacio Ferrer. En un cafetín de cualquier suburbio del mundo.

La maravillosa evocación del poeta del siglo 30 a Aníbal Troilo. Digamos todo, en Ferrer se juntaron lo mejor de los poetas del tango, algo de Discépolo, mucho de Manzi, bastante de Cátulo y Cadícamo. Pero también pinceladas de Borges y de Gelman. Y estamos seguros que Horacio, como él mismo predijo, renacerá en Buenos Aires en otra tarde de junio, con esas ganas tremendas de querer y vivir..

El impresionante decir de Goyeneche, celebrando la jaula mágica del mágico Pichuco, que en un verso frasea: “¿De qué Shakespeare lunfardo se ha escapado este hombre?” o la afirmación casi metafísica y antropológica: “Nunca hubo un porteño tan baqueano del alba”

Cuentan las buenas lenguas que Astor, al morir su padre, le llevó a Toilo su reciente composición “Adiós Nonino”, tal vez su obra más emblemática, y el Gordo, con una sonrisa de novela, le largó: cuántas notas para decir “chau papá”. Se profesaban un cariño, respeto y admiración mutuos. Una hermosa fraternidad de talentos. O cuando Piazzola, siendo exquisito bandoneón y arreglador de la orquesta de Troilo en los 40, aceptaba amorosamente que Pichuco borrara los arreglos de las partituras con una gomita que siempre llevaba en su bolsillo, junto a los panes y otras maravillas que repartió toda su vida.

Seguramente flotaba en el aire esa complicidad, ese amor incondicional entre El Polaco y Pichuco, como en aquel amanecido cordón de la vereda en Mar del Plata de un verano de los 60, luego de la noche eterna y ante el paso de los primeros bañistas hacia la playa, el Maestro Pichuco reflexionando le susurró a su amigo: “Sabés Polaquito, me dijeron que por acá hay un mar..”

Todo esto encerrado en una escena, en un cruce de bellezas. Es que algunas veces en unas pocas palabras e imágenes forjadas por la incesante cultura humana, confluyen todos los astros. En esas escenas, de más está decir, siempre sobrevolaba por una cosa o por otra el ángel único de Gardel, en la evocación implícita, en el elogio a la hermosura. En un Zorzal, todos los pájaros y todas las pájaras.

Porque estos cracks, son Gardel.

Fabián Del Core

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