LA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ

La palabra hecha literatura y la literatura hecha poesía. Una forma del Arte que conmueve a quien pueda verlo. Juan Gelman, el grandísimo poeta fue, entre tantas cosas, un maestro en el arte de conmover.

Yo salía de la adolescencia de muchacho del Tercer Mundo y el poeta del exilio más tremendo.

Casi nada, hasta ese momento, al menos en el campo literario, me había impactado tanto como la lectura de varios de sus poemas. La lírica desgarrada y vital de Juan Gelman, el dolor hecho letra, la letra desangrada por las pérdidas, la poética más libre e impresionante que jamás había atravesado, fue una revelación en muchísimos sentidos.

La música, el tango y el jazz, los viajes y los amores, la revolución y los compañeros, la infinita pérdida del hijo, la dictadura atroz, la tortura en los cuerpos y en las almas. Todo eso estaba vivísimo en la poesía de Juan. Y más.

Se terminaban los años más oscuros, una tibia democracia asomaba en la Patria. De los sótanos brotaban como hongos las infinitas decadencias, las impensables formas del terror. Todo se empezaba a saber de nuevo, como si nunca hubiésemos visto semejantes atrocidades. Entre las voces silenciadas, emergía fulgurante la de Gelman.

Finalizaba también, aunque aún no lo sabíamos, un género que duró siglos en la historia de la comunicación humana, el epistolar. La irrupción de la tecnología sentenció de muerte a las cartas de papel. En medio de todo esto, alguien me comenta que tenía la dirección de Juan Gelman en París. Solo recuerdo, por el peso tremendo de su nombre, la calle: Rue Edgar Allan Poe.

Sería cierto? Cómo comprobarlo? Luego de estas dos preguntas, me convencí íntimamente que tenía que escribirle. Y así lo hice, hasta creo haberle dedicado unos torpes versos. Y allí voló la misiva. Llena de una pasión inédita por el descubrimiento, la admiración en todas las dimensiones del alma y el cuerpo dolorido del poeta.

Durante meses y quizá años, me rondó recurrente la duda: le habrá llegado? Habrán aliviado un poco los pesares de Juan esas pobres palabras? Qué hubieran significado ante sus ojos, dueños de tantas revelaciones?

Algo? Nada?

Con la madurez uno aprende a no esperar casi nada. Y fue así que también aprendí a no esperar ni una sola palabra como respuesta. Mi primer consuelo fue lo de las múltiples mudanzas, el fin definitivo del correo de papel, los desvíos de los destinos, los equívocos, los malentendidos…

Aunque, en lo más profundo e inconfesable, en noches como esta uno desea sorprenderse y creer que sí, que la leyó, que supo de mi admiración como la de tantos y tantas, que fue más leve su pesar, que su poética maravillosa supo de la profunda conmoción que provoca.

Después llegó esa pequeñez de su muerte, un pobre detalle entre tanta vida desbordante.

Pero es así Juan, hay palabras que nunca llegan o cuando lo hacen es tarde. Lo que nunca hay que hacer, es no decirlas.

Fabián Del Core

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