LAS MAGDALENAS DE PROUST

Escena 1

En el calor, escondido en la ciudad enorme; caminando en el palier donde transita día tras día, de pronto, siente el perfume que usaban sus tías y entonces se le hacen presentes imágenes a raudales y, por lo tanto, se le derriban en su pensamiento las paredes descascaradas y tenuemente iluminadas por unos farolitos que alumbran apenas unos segundos, para volver a apagarse de pronto y sumir su caminata en la más profunda oscuridad, por la que avanza al tanteo. Se derriban, decía entonces, las paredes; se desploman y del humo del polvillo del derrumbe, lo asalta en particular una luz de siesta, fuertísima, que lo encandila y hace que tenga que achinar sus ojos. Se hace visera con la mano y se ve a sí mismo en el patio de su abuela, rondando las suculentas con sus flores estrelladamente rojizas. Y ve también a sus tías, más allá, fuera de foco, tiradas en dos reposeras de cintas amarillas; bronceadas y hermosas. De sus cuerpos mana un aroma que él liga al verano, ese aroma a transpiración mezclado con protector solar, a sudor entreverado a desodorante de mujer. Y aparece también el olor de la crema «Hinds» que vendrá luego, que recorrerá las piernas de sus tías y les dará un brillo particular, parecido al de las hojas de las suculentas; luego de la siesta, cuando se vayan caminando nuevamente hacia sus trabajos y se las trague la tarde por la calle que se encorva.

Dos abejas rondan las flores de la suculenta rastrera, se detienen en sus hojas lustrosas y hociquean el centro de la flor repetidamente. Pasan a otra flor, a otra, y otra, en sucesivos desplazamientos cortos, dando la apariencia de saltar y suspenderse unos instantes en el aire denso, más que de volar.

Se van las abejas. Se van las tías al trabajo. Se escapa ese recuerdo que lo asaltó inesperadamente, esa imagen que no supo sino hasta ahora, que dormía en su memoria. Él volvió hasta su casa, a través del palier oscuro.

Abrió la puerta.

Sonreía.

Escena 2

De ansioso, le arranca un pedazo a una milanesa que espera humeante a que su compañera se siente a la mesa, para empezar a almorzar. Registra el gesto a veces familiar, de que su mujer se pone a hacer cosas no precisamente imponderables ni mucho menos, siempre importantes; justo antes de sentarse en su silla, tanto para el almuerzo como para la cena. Y en ese gesto íntimo de arrancar a comer antes de tiempo, lo asalta un recuerdo de niño. Por ser familiar de un bolichero, en el bar, cuando en el mostrador que hace las veces de límite entre los cocineros y los mozos, en ese borde del despacho de comida a la zona de los comensales; allí mismo, y de niño pasaba como un ave de rapiña y le robaba pedazos a los filet de merluza que ya tenían destino de mesa.

La merluza frita es especial para tales fechorías: esa cobertura tenue del rebozado que no opone resistencia, la carne blanca que se deshace ante el recorte de una de sus aristas, la que empieza a desprender su vapor y entonces, esa nube humeante le empaña la visión al pibe que apenas llega con sus ojos a la altura del mostrador. La platina con una leve inclinación hacia arriba, que le hace de borde y que tampoco opone resistencia. La mirada esquiva y sin sanción del dueño del bar que hasta, podríamos decir, es también su festejante, con una media sonrisa que aparece, muy de vez en cuando, detenida en su comisura izquierda.

Y entonces el pibe se hace humo entre los pasillos del bar, y se asemeja al nubarrón que desprende el vapor del plato mancillado. Se va corriendo, gira abruptamente ahora entre los pasillos de la memoria y desaparece en la arcada de una puerta. Y el hombre levanta la vista, mira la abertura que da hacia la cocina y ve que viene su compañera y que se sienta a la mesa. Y que lo interroga con la mirada, como preguntándole en qué estaba pensando.

Lirio Rocha

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