LITO BERNAL | EL GRAN CANTOR… MI VIEJO

Quiero escribir «mi viejo» a lo Soriano. Tal vez porque hace frío y en la siesta no se puede dormir con el barullo de los pibes del barrio… en la vereda.

Si me asomo a putear, porque retarlos no sirve en lo absoluto, mi Angelito se aprovecha y les roba la pelota… pretende gambetear mientras el resto, se aguanta y disimula unos segundos… hasta cerrar de nuevo la ventana y volver a intentar dormir la siesta… que es lo que se acostumbra en la provincia.

Lo veo correr del modo desprolijo que tienen los más chicos de la cuadra. Girar sobre sus piernas diminutas y el flequillo tapándole los ojos. Cuerpear y rebotar contra el pavimento. Levantarse y seguir a las brazadas con su propio relato y a los gritos mientras los contrincantes, los amigos, por gallito, a la larga lo descansan… y él… se caga de risa o los provoca… pocas veces me asomo a separarlos.

A veces es Ronaldo. A veces Messi. No conoce otros nombres, pobrecito… le tocó una familia de cantores y eso… eso sirve a los quince o en la facultad cuando hay que competir por otras cosas.

No soy de esos que guardan una foto con su padre volviendo de la cancha. Ni supe compartir un mate amargo sobre el capote de un Ford que… no tuvimos. Pero escuche a Salgán en la primaria, y eso, a pesar del fútbol, es otra cosa.

No puedo asegurar que esa figura borrosa que se asoma alguna tarde, o suele convocar algún pariente, sea el rostro que recuerdo de mi viejo. En cambio, estoy seguro de los sueños. No me pasa a menudo… pero pasa y es él… de ojos cansados… sonriendo. Canoso y del color de una moneda. Rápido y silencioso… siempre atento. Con el pelo cobrizo y la carpeta de rifa o de menús bajo el sobaco. Cruzando la ciudad por unos pesos y una que otra parada en el camino.

Debe haber una foto en lo de mami. Antes del celular era otra cosa y andando de mudanzas en mudanzas muchos de esos detalles se te olvidan.

Estuvo entre los grandes… me dijeron… y eso no siempre es bueno en la Provincia. Cuando hubo que luchar por la comida sin más preparación que el intelecto y un cuerpo cincuentón las cosas pesan… cuestan el doble y todo el esplendor de la bohemia… y toda la oropéndola del genio… son el perfecto ejemplo que edifican al mercader y al necio de la changa. Pero esto son detalles que ninguno me puede asegurar que haya escuchado de su boca y su historia de aventuras… y si acaso lo cuento es porque afuera mi pibe grita gol y otros lo niegan. La gloria es un secreto que lastima.

Hombres del espectáculo y las rutas… del humilde andamiaje de los sueños… y del fracaso.

Cuando murió… mamá que era su vida… sostuvo que el velorio sería un éxito… cosas que nos resulta inteligente imaginar sumidos al sopor del desarraigo… y un poco, a la revancha del olvido. El hombre, sobre el hombre del suceso.

Fuimos pocos. La sangre… se conoce. Después estuvo Tito, Rudy, el Tomi, la familia Lambre el gordo Pala, Mario Berrondo, Cacho, Borré… primos. El prolijo encargado de obituario se equivocó de nombre y eso… afecta a la hora de oficiar cualquier evento. Mundo antes del WhatsApp… mundo Jurásico. Con el tiempo los bares, los amigos, los deudos –literales, metafóricos– que notaron la ausencia de su gracia se fueron dando cuenta con tristeza y para cuando todos lo velaron nosotros ya empezamos a aceptarlo con la misma piedad… el mismo fastidio…  con el que se repiten los patrones de un circo… un kermes… otro picado… cagándonos de risa y machucones.

Ángel, mira que hay gente que descansa… cuidado con las motos… que andan locos….

Estrella de Rene Torres, de Osvaldo Norton. Discípulo de Héctor De Rosas… trabajó en las cantinas, en el Sheraton, en el café Ideal por veinte años. Recorrió Centro América con músicos, artistas de la talla de Libertad Lamarque y otras tantas figuras de renombre en los sesenta… en los setenta. Entre una vida artística exitosa dio asilo, con mi vieja, en Buenos Aires, a un sin fin de colegas coterráneos que encontraron en él la mano amiga y el humilde calor de la experiencia.

Fue cantor de Ciudad… para los pueblos… cantorcito de pueblo en las ciudades en medio del quilombo, en los ochenta… década que inaugura, entre otras cosas las nuevas plataformas musicales, ¿y por qué no ideológicas… horadando de a poco –con justicia?– el sacro repertorio, el viejo estilo de las bandas de yazz… foxtrot… boleros. Después, lo que sucede habitualmente… volver como se vuelve… algo marchito sabiendo que veinte años nunca es nada. Sabiendo que al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver… aunque… siempre se vuelve al primer amor…

Son cosas que pasan.

Y si Ángel no soy yo, él no era el padre: Artemio Bernal… un artista local incomparable que jamás se apartó de Pergamino y hoy, a cambio de esa domestica epopeya –ilustra Soriano– el paso del tiempo… un verdulero… y el maltrato de los municipales… le otorgaron –al abuelito… se entiende– el patético homenaje de una esquina borrosa sobre Ugarte.

Ese cartel del orto… que problema…

Gooolll rebuzna la hinchada de una boca… goooolll… tomá… buscala como anoche… Papáaaa!!!!

Yo le explico a Angelito que esa gente –la de la verdulería… se entiende… el querido vecino que todos los días apoya el cartel de ofertas sobre esa sencilla placa de reconocimiento popular para alcanzar al viajante un sinfín de incomparables ofertas– tiene que trabajar… que hay empleados. Y aunque es chiquito… se hace el que no entiende para evitarme el bodrio del bochorno… y si a mi pobre viejo no le importa… me digo… me consuelo… por que aceptar son cosas que los grandes tenemos que ocultarles a los cachorros.

¡Basta Angelito… basta o vas adentro!

Con mi hermana una vez… aunque lo niegue… cansados de luchar por que el buen hombre de la tienda resigne la estrategia de apoyar el cartel contra la placa… decidimos robarla… y listo el fato.

Fuimos en mi motito naranjita; Econo power… fuerte… naranja… la apoyamos a un lado de la placa del abuelo… se entiende; operativo bajo el anonimato de las sombras, he intentamos…. Trapecio improvisado… mecánica insurgente… humor alcohólico… desamurar la chapa en el momento que no se quien pasó y pummm al piso… la moto que no arranca… el miedo… el golpe. Cuando supo Julián casi nos mata. Sin embargo, seguro que mi viejo, tapándose la boca por los dientes, con su viejo, mi abuelo… se conoce… se cagaron de risa de nosotros en algún hospital del infinito… o una estrellita…

Recuerdos de las noches… de las siestas…. Geografía desprolija el orfanato.

Años duros… de amores y de ausencias… Testigo insobornable, el edificio del cruce, el choripazo, el auto helado, Fedra, el club del rojo… le deben una página a mi pueblo… de hombres trabajadores… silenciosos… frente al campito humilde de los circos que hoy ocupa un siniestro hipermercado…

Mi viejo…

Una vez –cheee… me acuerdo de estas cosas… perdón– nos faltaban dos colchones y un vecino nos hizo la gauchada del crédito.

Mamá sabia y calló… siempre esperando que las cosas un poco se acomoden. Éramos cinco hermanos. Peronistas. Y después del verano del noventa, Menem nos enseñó Liberalismo como solo se aprende en Sud América.

En unos pocos meses el buen hombre nos venía a visitar noche por medio… como si ese detalle innecesario bastase para hacer lo que se debe… pagar lo que es correcto o viceversa. Y yo que se quién fue y quién es mi padre y yo que vi rodar por los rincones de esta patria vendida a el financista, al bruto, al usurero y al tendero, entre especuladores miserables y patrones y otros extorsionistas… después de acalorados planteos sin ninguna razón… como se entiende a la hora de cinchar necesidades… vi a mi viejo sacar la última rifa de su carpeta gris… la de bomberos y dársela a la fuerza más o menos a cuentas o garantía por las prendas «tómelo, vecino, esto es lo único que se vas a llevar de esta casa».

Y se ganó la casa de la rifa.

Esa noche nos trajo una pelota… y una fuente de masas… kilo y medio.

Una casa en la mano de mi viejo.

Una casa que pasa entre sus manos… para poder dormir en el invierno y los pibes revienten las pelotas en la siesta de todo el continente.

Por lo que a pesar de que no hay nada que se parezca un poco a esas figuras… somos tan parecidos… uno y otro…

«Ha vivido frente a los palos, mirando venir una pelota que nunca aterriza. Intento zafar de la marca, correrse, poner la cabeza, pero no supo usar los codos».

Seguramente pasa con cualquiera y es un poco la historia de mi pueblo. De mi generación que ha visto a Diego saliendo del mundial contra los yanquis con la rubia enfermera de la mano o a Charly reventando una guitarra, tirándose del séptimo por nadie. Para vos.

Por lo que, a pesar de que no hay nada que se parezca un poco a esa figura… detrás de esta ventana y en la siesta…, hay un gesto un momento en el que encuentro la cara de mi viejo en todas partes. En tantos compañeros que circulan con sus pasos cansados. En la calle, el concreto, entre albañiles, tapiceros, carteros melancólicos… y en cada terminal donde se duerme sobre una enorme mano una cabeza. En las plazas, barriendo las veredas, donde el color del sol tuesta la carne y el pantalón no aguanta otra costura. En los mayores, que han perdido el empeño por la plata… perdido o regalado sus comercios para mirar pasar lo que les queda «chupando un palo sobre una calabaza»: Parroquianos que aguantan… que resisten… que ya no son la flor de la Provincia.

En cada tropezón y en cada gesto somos tan parecidos los Bernales… a mi viejo… paseando la rifita… compartiendo una historia algún recuerdo que intentamos guardar desesperados de la húmeda en verano, el frío en invierno… del olvido.

Somos tan parecidos a Angelito… luchando en la vereda una pelota, raspándose una mano y la rodilla… colgándose del brazo de un amigo que lo ayuda a pararse entre cargadas flamígeras, reproches… empujones de risa y de puteadas.

ANGEL URBANO BERNAL | LITO.
14 DE ABRIL DEL 1944 AL 17 DE FEBRERO DEL 2007.

Sebastián Bernal

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