CARNAVALES DE ALFONZO

Ayer en la avenida Alsina de nuestra ciudad se desarrolló el más melancólico de los carnavales que ha concebido esta tierra.

Un grupito de niños desbordados y a bien de interpretar como es debido una celebración pagana como ésta… gastándose el dinero de sus padres, dieron vida, color, jabón, espuma a un cálido espectáculo circense. Y a pesar del diligente empeño de educación… de los recursos, cráneos y estadísticas… hay que decirlo… funcionó como se debe… gracias… como siempre… al deshumano esfuerzo de los artistas…

Empezamos.

Carne a Baal (*). Al dueño. Al Rey. Al Diablo.

Aun así es difícil aceptar que ese personaje andrajoso, compuesto de esqueleto tacuara y ropa usada… esa tez de cartón y confituras, esa elegante forma trashumante navegando entre espumas, cabezones, chorros de agua y papel… de serpentinas, bombitas de colores, carromatos y un séquito de alcohólicos apócrifos… disfrazados también bajo el amparo de su rey, su rey Momo, su Dios diablo… no es más que otra ocasión para la anécdota fundacional del ocio y el olvido.

Me resisto a aceptar que hemos ganado la pobre autoridad de los testigos. Y que no será más. Ni aquellos labios húmedos, que el secreto de las calles oscuras de ese pueblo fantástico me dieron; se puedan comerciar a horas siniestras con algún edecán del municipio repitiendo la fábula compuesta de que «El mundo cambió… ya no es lo mismo».

Por supuesto.

Sucede que aceptamos sin saberlo el bárbaro engranaje de los hechos y de pronto las cosas que entendemos importantes no son más que estructuras seculares que operan sin descanso en la composición de un universo donde todo es frenético y exacto… siempre y, de todos modos, funcional e imperativamente colectivo.

Como la realidad y una mamushka compuesta entre miríadas de figuras ridículas… de capas de opiniones y elementos visuales… unos sobre otros, engordando el espíritu contemporáneo…. Es decir, la opinión pública… un vestido imposible que se forja y sostiene a sí misma en la irritante e improbable virtud de una cebolla…

Y en este desconcierto… en este instante donde es casi imposible hablar de cosas que no tengan que ver con paz y muerte que es el modo que tienen los violentos de ocultar su placer por el quilombo… yo me acuerdo…

Nadie sabe muy bien qué fue de Alfonso… de sus calles de tierra y mejorado, de la avenida grande, el club, las torres de música y de luz partiendo sombras, tinglados y canceles para dar paso al corso, al rey del fuego, que como cada noche de esos años nos juntó a celebrar… profundo y terco… el mejor carnaval de nuestras pampas austeras, sobrias, tímidas, prudentes, incapaces de usar otros vestidos a no ser que el rey Momo con su gracia de convertir la carne en fantasía provoque un huracán de spray, de plásticas mesitas, de mujeres pequeñas y valientes disputando la cuadra y el silencio de las calles linderas donde el beso… mi amor… húmedo y fresco como el suave albañal, frente a la siembra… regresaba a cantar sus balalaikas sobre desiertos frágiles de trigo, de liebre y de caranchos descompuestos… frente a la inmensidad de otras estepas…

Entonces, salíamos de la plaza de ejercicios cuando tenía pileta… y tenía baños. Nos llevaba… por supuesto… el «Cagador» Fernández. Yo no lo conocí hasta ese momento… pero ya eran famosas sus andanzas. Sus corridas nocturnas por las rutas del partido en un tiempo menos drástico a la hora de cuidar vialidad pública.

Éramos un montón. Muchos del cruce, mis hermanos, Cachito el Coco, Rulo. Estaba el Rara, el Oso, El Muari Testa, El Mejillón, Carlitos, Brenda, el Mono que gritaba saliendo en la ventana «Exitozos» a las tímidas parejas de la Avenida Roca… la de Nino… a punto de embarcarnos para Alfonso como quien se despide de la plásticas maniobras progresistas del hartazgo y la pobreza… hacia cualquier lugar donde las caras se puedan ocultar con mascarillas y los cuerpos pintar, desfigurados de modo tal que de una vez por todas no existan paraderos que atestiguan la opaca identidad adolescente de mi generación prenarcisista. Como Raskolnikof frente a Siberia…

Viajar entre cadenas de moteles, silenciosas siluetas de ganado, construcciones de hierros, de tinglados antes del glifosato… el silo bolsa. Cubiertos de pintura, parches, trapos, botellas que se cruzan y bostezan un sueño nobiliario de princesas, emperadores, tímidos payasos de voz ronca trasuntando el pasillo en la penumbra del fósforo, el cigarro, la gastada. Atravesando campos de serpientes, conejos, cuises, restos disecados que parpadean -lunáticas estrellas- desde las montoneras de Quiroga en el torso arañado del arado; sus propias danzas húngaras de Dvorak… a un lado de la nave, sus dos velas… a veces…

Viajar en formación desordenada hacia un mundo fantástico y perenne. A luchar. A luchar con el pomo en cada mano la propia identidad y un mismo sueño de libertad que el hambre distorsiona: la competencia anula: el miedo opaca. Pequeños animales resentidos de changa, escuelas medias… media escuela… golpeados, perseguidos, maltratados por patotas, patovicas, patoteros inyectando de mierda el orfanato de una generación sin paradero… dispuesta a concebir en el exilio.

Muñequitos de lágrima o de mierda… que no pueden parar, siempre escapando, como Gorki tras las revoluciones…

Sin embargo esa vez y en esas tierras inhóspitas que algún municipal ha descuidado, que los hijos de aquellos no asistieron, en las fiestas de Alfonso, entre sus casas de pino y bovedilla, ferrocarriles muertos y oxidados y ejércitos de pájaros, murciélagos desquiciados también sobre las chapas, las parrillas repletas de chorizo, de belicosidades, cantineros, tanques de aceite y tablas de escenario; en esa tierra inhóspita, olvidada como Gogol soñó San Petersburgo… tus labios contuvieron la locura, dieron asilo y luz… que es esperanza… en esta larga noche de mil guerras donde no se disputan más las almas y la carne es la prenda favorita de los capitalistas de la T.V. Y el rey Momo se hamaca entre elegantes ministerios del opio o la ruleta u otra versión siniestra del «Soñando»…

La última noche del carnaval de Alfonso. Y para mí… de Alfonso… y me disculpo. Hoy… después de casi treinta años me disculpo; la última noche del carnaval de Alfonso… recuerdo haber cuerpeado a Sergio Denis, el número final… número pago. Con un grupo de asalto en el que Chaplin, Gengis, la Momia, el Mono y un Gitano, un Escocés borracho, una enfermera, Batman o un hombre pájaro, algo cuervo, y otro montón de espectros descarriados… tomamos, locación del escenario, del último espectáculo en los premios a la mejor carroza y esas cosas que suelen provocar fervor, bravura.

Pobrecito el muchacho… podercito.

Nos compartió el micrófono y saltábamos de pasión ante atónitos gendarmes y señores de bien… damas patricias que al final… comprendieron la pavada… que al final, como todos, se rieron.

Cuando murió –el cantante–… Sergio Denis –hace unos pocos años y de un modo tan poco singular, tan patológico… ese pequeño instante con nosotros, ese único momento, ese descuido… me llenó de nostalgia y de vergüenza… como suele pasar con lo que uno ama… y pierde.

La carne viene y va… demiurgo inútil. Que alumbra oscuridades e imperfectas localidades pobres que te sueñan… mientras vienen y van torres de carne por la tumba de Cristo… a otra cruzada.

No encontrarán jamás rastros el tiempo de otra oportunidad para la magia y el escándalo como en aquella vez, aquellos años, donde entre tantas cosas fuimos jóvenes y amamos como nunca más pudimos.

No encontrará jamás mejor respuesta, toda la indiferencia del Estado… por más que sea feriado y las parejas se acuesten a pescar contra el arroyo. Dios nos abandonó. También el diablo. Por lo menos acá. En mi queridísima ciudad de Pergamino.

Hemos sido testigos de muchos milagros. Las hogueras de San Juan y San Pedro. El campito, los parques, Papelito. Hemos sido testigos de estos milagros que son las desapariciones de un milagro.

Ayer en la avenida Alsina de nuestra ciudad se desarrolló el más melancólico de los carnavales que ha concebido esta tierra.

Tal vez es necesario para siempre que se acaben las máscaras… los gritos… las interpretaciones cotidianas… toda atracción de luz. Todo espectáculo donde se pueda ser el que se quiera… para que pocos hombres… lentamente horaden la ilusión de la alegría sin un Decamerón, ni saturnales y orgiásticas maniobras punitivas… como zumba… cultura… o la bachata.

O tal vez no.

Tal vez hay que aceptar que todo pasa. Que también pasaremos silenciosos por algún hospital del infinito y nada nos valdría no haber buscado luchar contra el demonio cada tanto.

Que somos algo más que intelectuales. Que prácticos, modernos y esterilizados. Tal vez hay que empezar a ser de nuevo menos cooperativos, melindrosos, llorones, conciliable, oportunistas. Quizás no es para tanto usar las medias o bañarse saltado… quien te dice. Tal vez hay que ser algo más que un tipo que paga el espectáculo de Netflix o aporta su granito de ignorancia a otra maldita guerra en este mundo. Tal vez hay que callar de vez en cuando. Soñar un cisne negro… un cisne blanco y echarlos a pelear como es debido. Repetir la parodia de lo trágico sólo para soñar frente al mar Báltico… el lago de los cisnes…

* Era entregar al Diablo (Baal) los cuerpos (la carne), ya sea en sacrificios quemados o en acciones viles y despreciables

Sebastián Bernal

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