ESCENAS DE VERANEO | 2

Escena 2.

Ludovico, recostado en la playa sobre su esterilla, escucha nuevamente al Tenso parlotear sobre aquellas vacaciones en Pinamar en 2001, en la que salía cada tarde a nadar con los guardavidas. Eran como cinco -contaba- que nadaban horizontal a la costa. Se iban mar adentro un largo trecho, se pasaban nadando una hora y pegaban la vuelta. En una ocasión -también contaba- sintió en roce de una tonina en la brazada que, le comentaron luego, es un animalito que, con su dirección de nado, indica a los perdidos adónde queda la costa. El Tenso comentó también que, con el cagazo de apenas rozar algo, ni sabía cuál era la dirección en la que nadaba la bestia esa. «Tonina» suena bien, hasta tierno, pero al rozar algo desde el agua y a metros de la costa, hasta la palabra más amena toma la forma de una «cosa» más bien, parecida a un «tiburón».

Ludovico lo mira al Tenso a contraluz y entrecierra los ojos. Ya ha oído esa historia un par de veces y, sin embargo, no se cansa de escucharla.

Pasaron más de veinte años y, sin embargo, el Tenso se envalentona con su propia narración y dice, mirando el horizonte, que va a volver a hacerlo. De la nada, extrae unas antiparras que Lodovico desconocía que portaba.

Se dirige hacia el puesto del guardavidas para avisar que se va a nadar profundo, para que el tipo no se preocupe.

Ludovico acostado boca arriba, se reincorpora levemente sobre los codos y los antebrazos que ahora apoya en la arena y lo sigue desde su esterilla con la vista, observándolo caminar desde el puestito de madera hasta la costa. Lo divisa trasladarse, con arena seca en la parte trasera de la sunga y moviendo su cabeza hacia los costados, con giros de elongación de cuello que, en ocasiones, ayuda con sus brazos, como tapándose los oídos con las palmas de las manos.

El Tenso se para frente al mar, se coloca las antiparras y se saca la sunga que se le tangueó en la raya de su trasero al caminar. Luego se pega puñetazos en los cuádriceps que despliegan un escueto vaivén.

Ludovico lo ve entrar al agua y el reflejo del sol le hace entrecerrar aún más los ojos, esfuerzo que realiza para poder acompañar con la mirada a su amigo, en su entrada al mar. Vio cómo lo playito del inicio era una leve resistencia a sus pasos para volverse luego una intensidad de agua mayor. Lo sospechó haciendo aún más fuerza con el agua a la altura de las pantorrillas, como si cada paso que dejaba lo anclara en la arena del fondo y lo retuviera, como si se clavara a la costa en cada paso y entonces, ese pie funcionara casi de pivote para una leve inclinación de cadera, entrando perpendicular a la dirección en la que pega el agua. Ludovico, al verlo, se figura el estilo del caminar de un robot. Ya con el agua en las rodillas, lo observó dar saltitos y empezar a levantar sus piernas para cada nuevo paso, como intentando quitar cuerpo al agua para que haya menos masa muscular que le haga resistencia y lo lleve en la dirección contraria. Hasta que, con el agua a la cintura, miró cómo el Tenso se daba un chapuzón, pasando por debajo de una ola que empezaba a romperse y a espumarse un poco. Ya horizontal en el agua, lo siguió mirando, intuyendo su persona por unas brazadas, hasta que lo perdió de vista.

Ludovico cerró los ojos y siguió tirado al sol, encima de su esterilla. A los cinco minutos lo despertaron unas gotitas frías sobre su panza. Abrió los ojos y vio al Tenso a su lado, mirando hacia el agua y abrazándose las rodillas.

– ´Ta raro el mar – le dijo.

Lirio Rocha

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