DIEGO RODRÍGUEZ REIS | UN HAMBRE DEL ARTISTA

¿Dónde está Kropp? O la interpretación de la interpretación de la noticia multiplicada al infinito.

Dice Marcelo Gobbo, quien prologa El deshacedor:

«Ya desde el título, Reis propone un triple juego: con Borges, con el contenido de su propio texto dentro de este volumen y con el concepto de deshacer. La mención a Borges no es caprichosa: en los textos de El deshacedor, Borges es el compañero de viaje con quien Reis dialoga, la vara con la que se mide a duelo, el padre al que venera y traiciona y de cuyo universo se nutre para ir más allá, a esa velocidad de la luz que alcanzan solamente las naves falsificadas. Reis conoce cada una de los movimientos de JLB y sabe cómo taclear sus caballos, teclear sus alfiles, treparse a sus torres, esconder la L para embriagar a la reina con un whisky y convidarle un mate al rey. Pero hay más.»

Y sobre este cuento en particular.

«Hay un hambre de artista no remite al Artista del hambre kafkiano, sino al absurdo universo beckettiano donde Krapp muta en Kropp y se juega una última cinta…»

Carmen Rolandelli

UN HAMBRE DEL ARTISTA

“El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural”
BORGES, “Las ruinas circulares

La noticia se encendió y se dispersó casi instantáneamente, dentro de su modesto círculo de interés: Kropp abandonaba el mundo de la pintura. ¿Para hacer qué?, era la pregunta obligada, que brotaba de los labios de quienes lo conocían (colegas, marchants, admiradores), porque si bien era cierto que en su campo Kropp era un genio, fuera de ese ámbito se lo reconocía como un completo y verdadero inútil, poco apto para la supervivencia, allá afuera, en el mundo real.

Durante semanas, no hubo noticias de Kropp, aunque varios de sus detractores pronosticaban su regreso de un momento a otro, con alguna muestra, algo del tipo espectacular (muy del estilo de Kropp), probablemente en los salones del puerto o en esas instalaciones que su representante, J. Jaspers, tenía en la ribera oriental del río.

Pero los meses pasaron y Kropp no daba señales de vida. J. Jaspers se dedicaba a sus propios asuntos: era un empresario rico y solicitado, no podía organizar su tiempo acorde a los caprichos de la psique o del ego de un mero artista, aunque ese artista fuere el mismísimo Kropp, según declaró oportunamente a la prensa.

Pasarían dos largos y caudalosos años antes de que Kropp volviera a la vida pública (a los comentarios de la vida pública, mejor dicho). La noticia hasta ocupó alguna primera plana: Kropp se había quedado dormido en un local de comidas rápidas. El propio mesero del lugar le había tomado una foto con su teléfono celular y la había subido prontamente a la Red. Un chico le había pintado unos bigotes con mostaza: esa foto también inundó las pantallas con este poco ocurrente lema: “El pintor pintado”.

La cosa hubiese quedado apenas como un episodio aislado, un desliz, un clásico emergente del carácter del genio, a pesar de que Kropp nunca fue de la clase de artista extrovertido, o un iconoclasta de las formalidades públicas (antes bien, todo lo contrario). Pero, un par de meses después, las cámaras volvieron a capturar al pintor (o al ex pintor) mientras era sacado en andas de un teatro, completamente dormido.

Una vez podría haberse tratado de casualidad, de azar. La repetición de la misma escena ya denunciaba a las claras un patrón. Sólo alguna voz anónima adujo que la obra de teatro (una versión esforzadamente aggiornada de Fin de partida, de Samuel Beckett) era de por sí lo suficientemente soporífera como para dormir a cualquiera. Los demás medios (todos) buscaron prontamente una explicación patológica. En la propia persona de Kropp, claro. Quedaba eliminada de antemano toda subordinación de los actos del pintor a los efectos de cualquier alcohol o estupefaciente, ya que en ambas ocasiones las autoridades le habían realizado los controles correspondientes de toda clase de sustancias: Kropp estaba limpio.

La segunda explicación de todos fue que, evidentemente, Kropp padecía narcolepsia (o algún derivado de esa enfermedad). Los canales de televisión recurrían a las fuentes oficiales (médicos) y civiles (pacientes, familiares de pacientes) para enumerar las particularidades y peligros de esta rara afección, aún días después de que el doctor Urstein (el médico de cabecera de Kropp) declarara a un periódico local que el pintor jamás había padecido narcolepsia ni nada parecido, al menos hasta el último enero pasado, cuando Kropp había dejado abruptamente de consultarlo, aunque (a título personal) el doctor Urstein dudaba de que la narcolepsia se le declarara a un hombre adulto de cuarenta y tantos años.

Descartada la patología física, sólo restaba (urgía) la psicológica. Personalmente, Kropp nunca había consultado a un psicólogo, lo cual dejaba a los medios amarillistas sin material de primera mano. A los dos, tres días, otras noticias habían hecho olvidar (aunque sólo momentáneamente) al pintor dormilón.

Pero el hito, la bisagra definitiva fue una mañana (todavía bastante fresca) a fines de septiembre, cuando Kropp apareció durmiendo en una plaza, rodeado de vagabundos. Lo extraño, lo exógeno era la forma, el modo, la postura: en tanto los linyeras, habitués de tales veladas, dormían apoltronados sobre las bancas de madera de la plaza, profusamente tapados con sacos, frazadas y hojas de diarios, Kropp simplemente descansaba, apacible, en mangas de camisa, la espalda apoyada en el tronco de un árbol. Esa foto de un Kropp beatífico recorrió prontamente el mundo.

La visión general, el discurso dominante acerca del sentido de sus apariciones cambió radicalmente. La siguiente de esas apariciones, Kropp durmiendo a las puertas del Banco de la Nación, donde unos manifestantes plantaban guardia desde hacía meses (y lo que de alguna manera relacionaba, solidarizaba al artista con sus reclamos) reiteró los nuevos análisis. Había un método, un modus operandi y un discurso ya innegable en las apariciones de Kropp. ¿Pero qué significaban? ¿A quién o a quiénes iba dirigido el mensaje? Todas eran suposiciones, teorías, castillos en el aire, ya que Kropp evadía ostensiblemente todo contacto, cualquier contacto.

Sartorius, un periodista (más pertinente al mundo del espectáculo que al de la cultura) fue acaso el primero en señalar, en arriesgar en un programa de televisión de la tarde, que cada acto, cada aparición de Kropp en escena era en sí una obra de arte, en tanto que muestra, en tanto que exposición. Esa teoría (esa explicación) caló hondo, más profundo de lo que el periodista esperaba o sospechaba.

Cuando Kropp apareció una vez más dormido (indemne, intacto) en una esquina, en uno de esos belicosos barrios del norte de la ciudad, todos enmudecieron. Los noticiosos se limitaron a repetir en silencio, una y otra vez, la imagen de Kropp durmiendo en la vereda, la cabeza recostada contra un viejo y oxidado portón de fierro, el primer sol de la mañana fulgurando en su frente. Alguien le había arrimado un vaso de leche y pan. Varios perros dormitaban cerca suyo, aunque ninguno había tocado siquiera el pan y la leche (los espectadores no podían dejar de notar este punto, reforzado con poderosos primeros planos).

Desde entonces, cesaron los discursos divergentes sobre Kropp. Todo era el atento atestiguar, el dulce discurrir de esas imágenes, casi nostálgicas, lejanamente emparentadas con las pinturas manieristas del siglo dieciséis español o con algunos ejemplares del hiperrealismo.

La última imagen del artista es, de alguna forma, sustancialmente, la suma de todas las estampas precursoras. Kropp duerme, en la vereda de una calle cualquiera, en un barrio de los arrabales occidentales, de calles todavía de tierra. Una multitud lo atestigua en respetuoso silencio. De repente, comienza a lloviznar, una llovizna pacífica. De la muchedumbre surgen sacos, mantas, frazadas con las que lo envuelven y abrigan. La lluvia redobla su intensidad. Entonces, todos alzan a Kropp y lo trasladan con suma delicadeza a un galpón: suavemente lo depositan en un rincón, lo arropan y se quedan, silenciosos, resguardando, vigilando, cuidando el sueño del artista.

Diego Rodríguez Reis

Carmen Rolandelli

La Meresunda

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