PALABRAS, PALABRAS | MANES

Con anterioridad a la imposición de las religiones monoteístas, en la Antigua Roma (que por entonces no era antigua), el honor a los dioses se repartía, con similar adoración, entre los públicos y los privados. Aquellos estaban destinados a exaltar el patriotismo y el amor al Estado; en tanto que cada hogar honraba las almas de sus antepasados; toda familia tenía sus propios dioses, a los que llamaban manes. Los romanos temían a los muertos y les tributaban culto a fin de ganarse su protección: les dedicaban fiestas específicas y les hacían sencillas ofrendas de vino, miel, leche y flores. El vocablo manes significa “espíritus de los muertos”.

Dos mil años más acá, un tal Facundo, nacido en Salto y de origen radical, tan lejos de Rómulo y de Remo, ha venido a escribir otra historia; de la cual, claro, no podemos -al menos, por ahora- intuir el final. Lo verificable es que a su solo salto (ejem) a las arenas políticas podríamos asimilarlo, asumiendo el costo de exagerar la comparación, a una especie de Julio César a punto de trasponer el Rubicón, decidido a encarar una acción irreversible.

Desde Gualeguaychú hacia aquí, cruzando el Paraná de las Palmas, la Convención Radical sumergió al centenario partido de Alem en las tempestuosas aguas de Cambiemos, denominación marketinera asignada a la versión moderna del viejo conservadurismo tradicional, esencialmente antiperonista (éste y aquél). Fueron años de silencioso, oscuro acompañamiento a los dictados palermocéntricos del Pro, tan distantes -en envase y en contenido- de la razón fundacional surgida en 1890, con la fallida y a la vez exitosa “revolución del Parque”. Tras la frustrada experiencia de la Alianza, con De la Rúa subiendo al helicóptero, y luego de cerrar el descafeinado capítulo de centro-izquierda con el socialismo santafecino y después de postular a un peronista (?) como candidato presidencial, certificada lo impredecible de encarar un camino individual; el radicalismo arrió banderas de redención y se limitó a recitar como letanía etéreos valores republicanos, que el gobierno de Mauricio Macri, ante la pasividad boina blanca, se encargó, una y otra vez, de mancillar puntillosamente.

Algún día, tal vez más temprano que tarde, cuando se aquieten los resplandores de la enajenación actual que se intenta justificar bajo el formulismo de “la grieta”, haya quienes deban rendir cuentas, con la dignidad de mirar honestamente hacia atrás.

Mirando hacia adelante, Facundo -con poco- ha captado centralidad, no solo por la popularidad y el prestigio previo, obtenido en el terreno científico, sino porque le ha venido a transmitir sangre nueva a una estructura desvencijada y marchita; instaló (esta vez, en serio) la idea del “sí, se puede”, y convoca a los manes del radicalismo, a los ancestros gloriosos, a los que antes estuvieron y parecían olvidados, de tan desbrujulada la conducción partidaria de los últimos tiempos. Desde algún lado vuelven a sonreír Alfonsín, Illia, Yrigoyen, Larralde y especialmente Leandro Alem, que acunó como estandarte la “causa de los desposeídos frente al régimen falaz y descreído”, régimen que por entonces simbolizaban los antepasados de sus socios actuales.

Manes vino a revitalizar a sus correligionarios, invocando a sus topónimos ilustres, para intentar imprimirle de nuevo a la UCR el rumbo y la misión que justificaron su irrupción en la política nacional, más de cien años atrás.

Rody Piraccini

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