CINCO SIGLOS DESPUÉS

Cartagena de Indias amaneció hace ya cuatro horas y el movimiento en el trazado urbano va tomando forma y color. La piel africana domina el paisaje y el realismo mágico de Gabo deja ser ficcional para volverse tangible y fascinante. Es el tercer sábado de noviembre, diez de la mañana y los lugareños parecen no sentir la mezcla pastosa del ambiente caribeño, esa que se produce por la amalgama de más de 30 grados de temperatura y 97 por ciento de humedad.

La parálisis pandémica ha dejado al mundo todo barajando y dando de nuevo, en estas tierras latinoamericanas ávidas del turismo, hay que trabajar mucho más de lo que hasta ahora se trabajó. Los primeros extranjeros han regresado vacunados tras barbijos descartables y con ellos el dinero que dará un poco de oxígeno al bolsillo del trabajador. En él mientras tanto, se pone en marcha “La Cariñosa”, una de las tantas y tradicionales chivas caribeñas, que recorren los principales puntos turísticos de la ciudad, al son de la champeta y el porro. La administra Modu un palenquero oriundo de San Basilio y su hijo César es el guía que cuenta en el recorrido a los pasajeros, lo acontecido en esta parte de la tierra desde el siglo XVI, cuando fue fundada por el conquistador de turno: Pedro de Heredia.

El relato histórico que hace el guía nos introduce en un laberinto de contrastes, punto fundacional de esta parte del mundo. Apela a la memoria de lo acontecido, contándola a contrapelo, como sentencia el propio Benjamin. Quizás como estrategia en el instante exacto donde la crónica se abraza al dolor de la esclavitud, sus palabras se atreven a parir una forma de alegría extraña que solo los descendientes de esclavos cimarrones son capaces de llevar en su sangre. Y entonces César da rienda suelta a su lengua de padre palenquero compartiendo la emoción de aquello que se ha podido conservar a pesar del dominio blanco bajo la cruz católica. Mientras sentimos la brisa del mar caribe, nos embriagamos con las palabras contadas que se armonizan con melodías tradicionales como el soukus y el tambor africano. Adentrando nuestra curiosidad gastronómica entre plátanos, arroz con coco, ñamé, la pesca del día y las cocadas con panela.

En cada parada de la Chiva, hay celulares multiplicando fotografías que se subirán a redes, filtradas por diferentes aplicaciones. Visitantes de todas partes del mundo, con diversidades culturales en su haber, son parte esta singular postal en pleno siglo XXI, donde la esclavitud ha mutado hacia otras formas, pero en su significante no ha desaparecido. El cielo diáfano se apodera del ardiente mediodía y el autobús queda guarecido bajo la sombra de los árboles sobre el Parque del Centenario, frente a la Ciudad Amurallada.

Entrar en ella, es volver una y otra vez al Amor en los tiempos de cólera, en cada rincón nos sorprenden agazapados el amor secreto de Florentino Ariza y Fermina Daza. Inexorablemente es su territorio y poco se puede agregar cuando la emoción de la letra impresa nos desborda en primera persona. Enredados en una maraña de inquietantes sobresaltos, tratando de que en cada retina se impregne la memoria emotiva que nos devolverá a estas tierras una y otra vez, la voz de César nos invita a retornar. Esta vez al centro de la Plaza donde aún se conserva la puerta y arcada por donde entraban los barcos con su mercancía: los esclavos africanos. Ahí, parados en un semicírculo, cinco siglos después un descendiente de esas “piezas” que se marcaban como ganado para luego ser vendidas, nos brinda una minuciosa descripción de la barbarie a la que fueron sometidos sus antepasados. Y la voz de Galeano se apodera una vez más de estas venas que siguen abiertas en cada rincón de los sucesos fundacionales latinoamericanos. Para cerrar el relato, nos invita a observar una escultura que azarosamente ha quedado detrás de mí: ahí en su pedestal intacto, sigue observando la escena: Cristóbal Colón. Aunque quisiéramos, no habrá manera de encontrar un monumento a los primeros pobladores negros de Cartagena, que hoy siguen manteniendo su cultura y tradiciones enriqueciendo las arcas de la ciudad. En el medio de la paradoja, un turista de tez blanca, increpa a nuestro guía con estas palabras: “la verdad, yo vengo a distraerme, no a escuchar historias tristes. La historia es historia y ya pasó”.

Sopesé la situación e instintivamente contesté, porque en la omisión del silencio está la complicidad. Al guía le transpiró la cara como un extranjero más y al cerrar su alocución pidió disculpas entendiendo que sus palabras habían ofendido a alguien. El descendiente de europeos, asintió satisfecho. En él mientras tanto a más de ocho mil kilómetros de distancia, en el día de su cumpleaños, un León seguía cantando: “Es tinieblas con flores. Revoluciones. Y aunque muchos no están. Nunca nadie pensó besarte los pies, cinco siglos igual”.

María Cobarrubia

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