LA NAVE DE LOS LOCOS

Por un lado, habrá una Nave de los locos, cargada de rostros gesticulantes, que se hunde poco a poco en la noche del mundo, entre paisajes que hablan de la extraña alquimia de los conocimientos, de las sordas amenazas de la bestialidad, y del fin de los tiempos. Por el otro lado, habrá una Nave de los locos que forme para los sabios la Odisea ejemplar y didáctica de los defectos humanos.

Michael Foucault, Historia de la locura en la época clásica.

«Una persona con una enfermedad mental entra en el manicomio como ‘persona’ para convertirse allí en una «cosa». El paciente, en primer lugar, es una ‘persona’ y como tales deben ser considerados y atendidos (…) Y nosotros estamos aquí para olvidarnos de que somos psiquiatras y para recordar que somos personas»

Franco Basaglia, 1961.

La locura tiene sus lugares, las sociedades generan espacios de depósito para distintos tipos de “anomalías”, sobre todo las cárceles o los llamados manicomios o peor: loqueros. El distinto, el pobre, el “irregular”, el “anormal” era y es descartado como la pieza de un mecanismo que no funciona correctamente, como un reloj social que atrasa o adelanta o las dos cosas al mismo tiempo. Y un reloj así, no es normal.

En la Historia de la locura en la época clásica Michael Foucault hace referencia a un dispositivo de selección y castigo, una nave, un barco en el que se depositaban los locos a la deriva, Pareciera que siempre las sociedades “más civilizadas y cultas” se la arreglaron para desprenderse de lo molesto, de lo sobrante, de lo que no encaja, de lo desencajado.

Uno de los tantos hospitales psiquiátricos de Europa Occidental, el de Trieste, situado en el norte de Italia. El Hospital Psiquiátrico, el Manicomio San Giovanni, en una colina boscosa desde la que se sospechaba el Adriático y esporádicamente visitada por el Bora implacable y sus persistentes partículas provenientes del Sahara. En el Pabellón M nos ubicábamos los acompañantes, una troupe de visitantes de distintos orígenes que recibíamos casa y desayuno a cambio de tareas comunitarias, sobre todo en el acompañamiento a las tareas y diversas actividades con las que los sufrientes comenzaban a salir del encierro.

Es apasionante la historia del psiquiatra veneciano Franco Basaglia, propulsor del movimiento Psiquiatría Democrática en los años 70 del Siglo XX, que llevaría a un cambio de paradigma en relación al tratamiento y a la mirada sobre las enfermedades psiquiátricas, a las terapias, al rol de la internación. Basaglia se pasó la vida discutiendo, peleando contra un sistema médico encarnado en el poder, en las multinacionales de la medicina, en el omnímodo y voraz mundo de los laboratorios…Se enfrentó a todo un “sentido común”, profundamente ideológico, razonablemente político. El bueno de Franco se la pasó proponiendo un sistema abierto, humano, un poco más justo y menos violento; se la pasó viviendo en lucha contra los más siniestros estigmas con que las sociedades señalan a los marginales, a los pobres, a los desheredados, a los condenados de la tierra.

Las salidas colectivas en el San Giovanni no eran demasiadas, porque implicaban una logística compleja, pero, desafiando todas las adversidades se planeó un día de pic-nic…

El viaje a la playa de Costa dei bárbari, la apropiada Costa de los Bárbaros, era un desafío más a todas las reglas. Una mañana de verano nos dispusimos para un día de playa, con las meriendas, los inútiles trajes de baño y una hermosa media docena de locos. La combi multicolor que nos trasladaba era absolutamente apropiada, ruidosa, corcoveante, y abarrotada de una increíble diversidad de fallas, como las de los que allí éramos transportados. Una reedición de la medieval Nave de los Locos.

Al llegar a la playa a la bajada de un acantilado, mi primera sorpresa se dio por la desnudez de los pocos bañistas y el furioso empeño de los internos por hacer uso de la plena libertad, tanto que al final y con toda razón se salieron con la suya. Y fue allí y así que en plena desbordante desnudez colectiva, fuimos concientes y libres por unas horas, despojados en todo sentido.

En aquel momento revelador y rebelador, fuimos concientes a puro cuerpo y desnudeces, de la fragilidad que nos iguala, de la animalidad plena. Entonces comenzamos a preguntarnos… ¿Quién era quién? ¿Quiénes los sanos? ¿Quiénes los “normales”? ¿Dónde está el límite con la locura? ¿Dónde comienzan o terminan los prejuicios?

¿Quiénes de todes nosotres hubiéramos sido pasajeros a la deriva, en otros siglos, de la siniestra Nave de los Locos?

¿Y ahora? ¿Quiénes habrán de salvarse?

Es la duda la que nos iguala.

Fabián Del Core

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