ESCENAS DE FÚTBOL INFANTIL | 5 y 6

Escena 5.

Es la fiesta de fin de año de la Liga y se decidió organizarlo en uno de los clubes, al aire libre. La comisión de fútbol hizo fuerza y armaron un gran evento. Los padres de la comisión vienen laburando hace semanas, para que todo salga como lo planeado.

Será de noche, con las luces de la cancha, con la que los pibes alucinan. Toca lindo clima. Calorcito. Se arma un escenario en mitad del campo de juego y allí pasarán los diferentes clubes a entregar los trofeos de fin de año a cada uno de los chicos. Por altavoces llaman a las categorías, vociferan el nombre del club, suben los pibes con el técnico y se oye el nombre de cada niño por altoparlante, para que vaya a retirar su trofeo. Foto con el profe y que pase en que sigue.

En las semanas previas, el técnico del club organizador se comunica con los diferentes técnicos de los otros clubes para que elijan y manden a los dos más habilidosos que tengan de dos categorías distintas, para que en un momento se pongan a hacer jueguitos en la cancha.

En la noche, se arman dos rectángulos imaginarios con cuatro conos. Adentro de esa imaginería, los pibes hacen sus maravillas.

Después contaron que uno de los clubes envió a uno que era muy habilidoso jugando, pero que no sabían que no sabía hacer jueguitos.

El niño le pegaba dos veces y se le escapaba la pelota. La agarraba con la mano, se la tiraba desde ahí, le pegaba tres golpecitos en el aire y se le iba de nuevo afuera del cuadrado imaginario.

Terminó mostrando su destreza, esquivando conos y chicos, como si los gambeteara.

Escena 6.

El árbitro llama a los equipos que se cambiaron a un costado de la cancha, o adentro de los autos de sus padres. El local se viste dentro del kiosquito de lata, entre bolsas de puflitos y de maní con cáscara, sentándose en ocasiones sobre cajones de gaseosas.

Al silbato del árbitro, se acomodan y salen a la cancha. Se estila que avancen en línea, encabezados por el capitán, el arquero detrás y después los otros. Los chicos entran a la cancha por el portón de atrás de uno de los arcos, siguiendo como hormigas, la raya de cal del lateral. Llegan al cruce con la línea del medio campo y giran abruptamente siguiendo ahora esa raya, hasta llegar al círculo central. Allí, levantan las manos y saludan al público que los ha venido a ver: sus padres.

Uno de ellos, emocionado por la performance de Caniggia en el mundial ´90 que está viendo en la casa de su abuela que tiene televisor, empezó a usar la camiseta número ocho. Es zurdo, morocho y un tanto tosco, pero cuando toma la pelota se siente rubio, liviano y habilidoso como su ídolo.

El cinco es un salvaje. Es medio rubión y de ojos claros, con una pinta de asesino serial que espanta. El padre lo peina con fijador, de modo que juega casi todo el partido sin despeinarse, pese a que termina todo manchado de tierra porque pega y se tira al piso en cada jugada. En el fútbol infantil no existe la tarjeta roja, pero en un partido el árbitro le pidió al técnico que lo cambiara por alguien que golpeara menos y que lo metiera en el banco, por la cantidad de murras que le había pegado a los otros chiquitos. Había lesionado a dos y hecho llorar a tres. Y dijo el árbitro también, que si fuese otra categoría, que lo tendría que echar.

Al ocho, en una práctica, el cinco le rompió una canillera de una patada.

Lirio Rocha

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