DESGANADO

Un montón de veces pensé que esta habitación tenía que tener más luz natural. Sin embargo ahora, que vuelvo a estar tirado en esta cama, sin ánimo de levantarme, agradezco la oscuridad. Por las noches estoy bien, cuando no hay ruidos ni dentro ni fuera de la casa. A la madrugada, cuando comienzan a moverse los primeros coches y se escucha el silbido de algún tren avisando su llegada al paso a nivel, ya hace rato que estoy despierto. Algunos pájaros madrugadores cantan en el árbol de plátano de enfrente. Escucho también al vecino, cuando abre su garage, todos los días a la misma hora. 

Después comienzan los ruidos de Susana, mi esposa, que duerme en el cuarto de al lado. Ella entra a trabajar temprano. Esos ruidos son los que más me molestan. En realidad son los que me avergüenzan. Sus pies descalzos retumban en el piso de granito, desde el momento que salta de la cama, hasta que sale a trabajar, es una tromba, hace diez cosas a la vez. 

Yo al contrario, doy vueltas entre las sábanas, esperando que llegue el momento en que cierra la puerta que da a la calle, a veces hasta me tapo los oídos. 

El silencio vuelve a reinar en la casa, y comienzo a calmarme lentamente. Antes encendía la radio un rato, ahora prefiero estar en silencio. 

Recuerdo cuando comenzó todo esto, sacaba el auto del garage, daba una vuelta a la manzana y estacionaba en la puerta de casa. Ahí me quedaba, me pasaba horas sentado con las manos apoyadas en el volante, mirando solamente al frente. 

En esa etapa, mi esposa estaba muy avergonzada, los vecinos comentaban sobre mi rostro demacrado, la mirada perdida, y hablaban de enfermedades irrecuperables. Ahora que estoy encerrado en este cuarto, para ella, es un poco más fácil. Cuando regresa del trabajo me pregunta si necesito algo y siempre me deja comida lista, como para que yo me la sirva en algún momento del día. 

Cuando estoy solo, salgo de la habitación y realizo una pequeña rutina de aseo, también me alimento un poco. 

Antes de volver al cuarto, pienso en alguna actividad que podría llevar a cabo sin mucho problema, pero hay algo muy fuerte que me arrastra hasta mí habitación y me mete en la cama nuevamente. Susana ya no tiene argumentos como para acercarse, creo que le fui cercando todos los caminos. Intentó ayudarme muchas veces, me proponía paseos, visitar algún pariente, pero, ante mi negativa constante bajó los brazos. En cierto modo no le causo ningún problema, ella tiene su rutina laboral y cuando regresa trato de estar en mi cuarto, tiene toda la casa a su disposición, enciende el televisor, a veces habla por teléfono, más tarde escucho el baño, y al final se dirige a su habitación a descansar. Ahí es cuando yo también descanso, su presencia en la casa me tensa demasiado. 

Hay veces en que pienso, lo sola que debe sentirse. Cuando éramos más jóvenes, y las cosas eran normales, intentamos tener hijos, pero no se pudo. Creo que el que no podía era yo, porque ella se realizó un montón de estudios y me insistió mucho para que me acercara a un médico especialista.  

En ese momento yo viajaba, no tenía tiempo, estaba en casa prácticamente los fines de semana. Por eso es que cuando comenzó todo esto me sentaba en el coche con las manos apoyadas en el volante. Me transportaba a tiempos anteriores, cuando por mí trabajo me recorría todas las rutas del país. De esa manera la angustia disminuía, pero claro, a la vista de los vecinos, era un pobre loco. Susana lo padeció un montón. 

Muchas veces, estando solo, pienso en mi situación. Lo lindo que sería que un día, llegara mi mujer, y yo la esperara todo bien vestido, para charlar, tomar unos mates y preparar la cena juntos. Pero de solo pensarlo se me endurecen las manos y el pecho se me cierra, solamente soltando un pequeño llanto que siempre tengo atragantado logro destrabarme. 

Paso mucho tiempo con la mirada en un punto fijo, pero el resto de mis sentidos están totalmente alertas. Hace poco escuché a Susana hablar por teléfono con un hombre, Raúl es su nombre. Puede que sea un compañero de trabajo, o tal vez alguien que ella está conociendo.

– No puedo irme de esta casa, no puedo abandonar a mí marido, él me necesita – Fueron sus palabras en una conversación que escuché el otro día. 

Pobre Susana, y yo acá tirado, sin poder ayudarla… 

Hace unos días, Raúl entró a la casa. Susana se aseguró de que la puerta que da a los dormitorios estuviera cerrada. Charlaron más o menos hasta las once de la noche. Susana encendió el televisor y solamente se escuchaba un suave murmullo. 

Con el correr de los días la presencia de Raúl se repite asiduamente. Se queda a cenar y a mirar un poco de televisión, alrededor de las once se escucha la puerta de calle y el ruido de encendido de un automóvil. 

Anoche, la puerta de calle no se abrió. Indudablemente Raúl pasó la noche en mi casa. Pude percibir su olor. Susana, al otro día por la mañana entró a mi cuarto y se quedó mirándome, como para decirme algo. Yo por mi parte, tuve toda la intención de hacerle las cosas más fáciles, pero me quedé callado. 

A pesar de mi estado deplorable, muchas veces pienso en colaborar. Son pensamientos que no puedo sostener, se me desdibujan en la mente sin poder retenerlos. 

Lo peor de todo es que no tengo ganas ni de morirme, sería una manera de ayudar en cierta forma. 

La relación de Susana marcha bien. El muchacho éste viene todos los días. Anoche escuché unas risas. Más tarde el elástico de la cama de Susana comenzó a chillar en  forma pareja. Los gemidos de placer no se escuchaban, seguramente Susana los reprimía, por respeto a mí. Pero en mis oídos sonaban como un extraño recuerdo. 

Hace unos días, Susana habló por teléfono con mi hermana. 

Estuvieron charlando más de una hora, seguramente le estuvo pidiendo ayuda. Mi hermana, junto con mi cuñado y mi sobrino vinieron a verme. Me dijeron que en unos días iban a pasar por mí. No estoy seguro si me llevan a vivir con ellos o me internan en algún lugar. Algo me comentaron, pero sinceramente, no presté mucha atención, me desconcentro fácilmente, quizás sea la medicación. 

Susana me preparó toda la ropa, además me compró dos piyamas nuevos. Mi hermana pasó por mí a media mañana. Me subí en el asiento trasero del auto. Mi cuñado conducía sin hablar, colocaba los cambios de marcha bruscamente, como siempre, nunca supo manejar. No sabía bien a dónde me llevaban, pero lo que más me importaba era llegar. La imagen de las mejillas de Susana llenas de lágrimas me acompañaron varias cuadras, pero yo, insensible y también egoísta, trataba de que el corazón no se me saliera por la boca, solamente pensaba en eso. 

Llevaba media hora afuera de mi encierro y no paraba de transpirar. 

Por fin llegamos, era una casa de dos pisos, me presentaron a Noemí, una enfermera a la cual le podía pedir todo lo que necesitara, ella me acompañó a mí habitación y me indicó en dónde estaba el baño. 

Me despedí de mi hermana y me metí rápido en la cama. ¡Qué alivio! Todo mi organismo comenzó  a funcionar nuevamente. 

Mi corazón, que a esa altura estaba por la tráquea, volvió a su lugar. Me sequé la frente con mi antebrazo y suspiré. Y pensar que cuando comencé con esto de no poder levantarme, Susana pensó que andaba con un poco de fiaca, desganado fue la palabra que utilizó.

Fernando Grosso

Del libro El Tapial y otros cuentos | Editorial Requena. Diciembre 2020

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