DEL DICHO MACHISTA A LA IMPUNIDAD

Ni Machos, Ni Fachos”

“Hay que traer los machos para nuestra manada y desde allí problematizarlos suavemente. Antes que perderlos y que anden sueltos”

Luciano Fabbri.
Promotor de los colectivos de varones antipatriarcales.

La voz del locutor Ariel Francioni en un programa de la emisora local Radio FM City Rock 97.5  expresó el odio sin límites hacia el kirchnerismo, el peronismo, los pobres y las mujeres, nos perturbó y desató una respuesta unánime de rechazo de muchas personas y organizaciones de DDHH, políticas y sociales.  

Puntualizaré un tramo de sus dichos: “a las negras feminazis aborteras de mierda que no sirven para nada” para desarrollar las masculinidades y sus efectos en el cuerpo social ya que estas palabras han provocado un enérgico repudio sobre todo de las organizaciones feministas que militan para erradicar la violencia machista.

Además de despertar mucha rabia y dolor nos obligan a rehacer una lectura incómoda sobre uno de los tantos privilegios masculinos: la impunidad.

En este caso es necesario comprender por qué se dan estos escenarios de impunidad. ¿Cuáles son y cómo operan los patrones socio-culturales de la masculinidad y la violencia en los discursos?

Es claro que el patriarcado ha conseguido posicionar discursos y estructuras de representación que han marcado moldes, patrones, estereotipos, que crean hábitos que utilizan precisamente la violencia como forma de relacionarse.

Varias lecturas se han realizado sobre la masculinidad. ¿Se nace o se hace un macho?, ¿la violencia es innata?, ¿todos los varones son iguales?

No existe una única forma de masculinidad. Se comprende que la masculinidad es un terreno de acción y movimiento y que, por lo tanto, nunca podrá ser una categoría homogénea; de ahí que se encuentran varias definiciones de masculinidad que permiten hacer una aproximación a cómo ésta se relaciona con la violencia, con el poder y la virilidad.

Esta clasificación es importante porque permite entender que la masculinidad -sea hegemónica, marginal, cómplice o incluso subordinada- trabaja en red, buscando que el sistema patriarcal no se rompa, y precisamente es en ese trabajo en “equipo” en el que se pueden dar diversos procesos de “corporación” que busca que la norma, los mandatos y lo que está avalado por el sistema patriarcal no se rompa.

La masculinidad hegemónica normativa continúa siendo la dominación heterosexual practicada por los varones monopolizadores del poder, el prestigio y la autoridad legítima.

Una masculinidad hegemónica que hace que esta forma de masculinidad se convierta en un molde, canon y mandato a seguir. El tema de la violencia de género toma un nuevo aliento, pues al lograr la tipificación de la figura “femicidio” se pone en la palestra pública que a las mujeres se las mata y violenta por el simple hecho de ser mujeres.

La impunidad se convierte en un privilegio masculino cuando en el marco de lo patriarcal a los hombres se les confiere el poder de convertirse en sujetos universales. Si el hombre cumple con los parámetros normativos de la masculinidad hegemónica, es decir, si es blanco, cis (cuando el género autopercibido se corresponde con el asignado al nacer), heterosexual y con propiedad privada, parecería que, cuando habla, lo hace en representación de toda la humanidad, haciendo que sus prácticas y discursos sean difícilmente cuestionados.

¿Qué resultado genera esta socialización con mayores prerrogativas sociales, sexuales y económicas para los varones? Que ellos no consideren a las mujeres como pares. Al no estar incluidas en el campo de lo semejante, no tienen los mismos recaudos éticos hacia ellas, recaudos que sí tienen con quienes consideran sus semejantes: los otros varones, los del mismo género, los amigos, los vecinos, los de su propio grupo étnico o cultural. Esto impide que tengan empatía hacia ellas y que, eventualmente, se identifiquen con su sufrimiento en tanto otras. Se instaura todo un campo de batalla: son constantemente perseguidas y vigiladas cuando sus acciones no responden a los imaginarios colectivos de cuál debe ser su lugar en el mundo y los roles que deben asumir en el entramado social.

Por otro lado, esa credencial de macho no se lo otorga la mujer, sino que entre ellos mismos se legitiman su propia masculinidad. Por esto, algunes autores sugieren que la masculinidad es una aprobación homosocial, pues la virilidad se va reconociendo a través del lente de ese otro masculino que opera como examinador de una “verdadera” masculinidad. El otro masculino es quien dictamina la pérdida del reconocimiento como macho, esto va de la mano de la angustia que es el resultado del miedo de perder el status de viril, ya que esto provocaría el alejamiento y la discriminación en todos los aspectos de lo masculino, pues quien no es viril es femenino, y lo femenino debe ser rechazado y eliminado porque se convierte en una amenaza del orden masculino.

Ser viril en el contexto del patriarcado y de la hegemonía de lo masculino es ser un varón con poder, pues las propias definiciones de virilidad que hemos desarrollado en nuestra cultura perpetúan el poder que unos hombres tienen sobre otros, y que los hombres tienen sobre las mujeres. El ser viril es un mecanismo para conseguir el poder, que posibilita ejecutar el privilegio masculino sobre los cuerpos feminizados.

El poder que tiene la masculinidad puede observarse en lo cotidiano, en lo público y en lo privado, en los diarios y en la norma, en el matrimonio y en la paternidad, en la biblia y en miles de escritos y reglas que han permitido que este poder lejos de romperse se mantenga firme y sólido.

La dominación masculina requiere de una complicidad en la cual participan “dominadores y dominados”, que en su accionar cotidiano recrean -casi siempre sin saberlo- las estructuras institucionales y económicas y las representaciones simbólicas de la dominación. Por tanto, la dominación masculina es una problemática que no solo se presenta en forma de violencia física, sino también en la aprobación muchas veces inconsciente de prácticas que perpetúan el orden establecido.

Pero esta forma de dominación no se ejecuta en solitario, sino que tiene a otros actores que permiten esta forma de violencia. Como señala Pierre Bourdieu (libro La dominación masculina), las formas de dominación “son el producto de un trabajo continuado (histórico) de reproducción al que contribuyen unos agentes singulares (entre los que están los hombres, con unas armas como la violencia física y la violencia simbólica) y unas instituciones: Familia, Iglesia, Escuela, Estado”.

La violencia masculina es al mismo tiempo una demostración del fracaso de ese poder y de que la violencia es el último recurso que les queda a los hombres que desean controlar y dominar a las mujeres.

En este sentido, la violencia masculina se vuelve un mecanismo de control y de mantenimiento de una superioridad, que busca que el hombre mantenga el “status de hombría”, así la violencia masculina es endémica; esta cualidad de endémica hacer ver que está presente en todos los contextos y escenarios en que la constante prueba de “hombría” falla.

Las relaciones de género y el patriarcado juegan un papel relevante como escena prototípica de este tiempo. La masculinidad está más disponible para la crueldad porque la socialización y entrenamiento para la vida del sujeto que deberá cargar el fardo de la masculinidad lo obliga a desarrollar una afinidad significativa -en una escala de tiempo- de gran profundidad histórica entre masculinidad y guerra, entre masculinidad y crueldad, entre masculinidad y distanciamiento, entre masculinidad y baja empatía. Las mujeres son empujadas al papel de objeto, disponible y desechable, ya que la organización corporativa de la masculinidad conduce a los hombres a la obediencia incondicional hacia sus pares -y también opresores-, y encuentra en aquellas las víctimas a mano para dar paso a la cadena ejemplarizante de mandos y expropiaciones.

Es importante señalar que la violencia de género no es una forma más de violencia, pues tiene particularidades que hacen que el cuerpo de las mujeres se convierta en propiedad y en espacio de dominio, control, negociación y de ratificación de lo masculino. Para esto es pertinente considerar que el patriarcado ha buscado posicionar discursos y estructuras de representación que han marcado moldes, patrones, estereotipos, creando hábitos que utilizan precisamente la violencia como forma constitutiva.

Hay muy pocos espacios donde las masculinidades se estudien y reflexionen sobre sí mismas, o será que las feminidades deben también ocuparse de esto?. La lucha de los feminismos no tiene tregua. ¿No es hora de que los varones comiencen a interrogar sus posiciones en las masculinidades?.

El filósofo Jacques Derrida conceptualiza el termino deconstrucción diciendo que es todo y es nada… solo tiene un lugar: el devenir, desde esta perspectiva no se les pide a los varones que se conviertan en cenizas, no es el aniquilamiento, ¿Qué es desmontar la masculinidad? Desarmar una estructura para poder armar otra cosa. Armar un posicionamiento más saludable para la convivencia en sociedad.

Se les pide que puedan hacerse algunas preguntas como por ejemplo ¿Qué moviliza el prototipo de las masculinidades que se vean envueltos en lo rudo, en lo bélico, y en esta idea de protectores?  Irene Meler  (libro Varones: género y subjetividad masculina) se pregunta: “¿Son los hombres abnegados paladines que se inmolan a favor de la protección y la supervivencia de la sociedad o son seres hostiles y propensos a dominar a sus semejantes, entre los cuales y en primer término están las mujeres?”. Revisar esas paradojas que se dan entre la masculinidad como una posición protectora y la masculinidad como una posición opresora, y las más de las veces conviven los dos estereotipos, es urgente.

Luciano Fabbri, promotor de los colectivos de varones antipatriarcales en diversas ciudades de Argentina, manifiesta: “a grandes rasgos se habla de tres posibles reacciones ante los feminismos contemporáneos. Una defensiva u ofensiva, una segunda reacción que llamo defensiva-elusiva, que critica en abstracto la violencia del patriarcado y legitima las demandas feministas, pero es elusiva porque elude responsabilidad y la tercera, la que más nos interesa explorar, en cambio, es la de asumir la responsabilidad de las críticas, ser autocríticos para ver en cuáles de nuestras prácticas no respetamos el consentimiento, no somos recíprocos, no somos justos y buscamos disfrutar de las ventajas que nos asignó la cultura por el solo hecho de ser reconocidos socialmente como varones”.

Lo que debe quedar claro es que cuando desde los feminismos se apunta a la caída del patriarcado, no se está interpelando a los hombres para que se pongan el pañuelo verde de la campaña de aborto libre y asistan a la marcha del 8 de marzo. Tampoco es que se autodenominen como “feministas” para atribuirse cierto velo de radicalidad. Lo que se les pide es que asuman una reflexión colectiva sobre sus posiciones de privilegio y las maneras en que los han naturalizado, así como traicionar la complicidad machista entre sus pares y transitar hacia otros pactos de sociabilidad.

Es importante pensar en la responsabilidad que tienen como colectivo de varones en posiciones de privilegio, en perpetuar las jerarquías de género e involucrarse en su transformación sin delegarle ese trabajo a los feminismos. Es fundamental abrir espacios de diálogo entre ellos mismos para que no solo reflexionen sobre los mandatos que les impone el patriarcado hacia sus cuerpos, sino también para reconocer entre ellos mismos maneras de cómo democratizar las relaciones de poder entre los géneros.

Abordar el constructo de las masculinidades su posición y sus privilegios, no es ahorrarles esa incomodidad, que es fruto de la historia en movimiento. Por el contrario, debemos invitar a transitar y abrazar dicha incomodidad como principio de transformación, como una oportunidad histórica para soltar tanto mandato.

Explorar formas de liberarnos y sanar esa masculinidad que tanto daño nos ha hecho es vital, y se debe realizar con memoria porque el sistema patriarcal sigue matando a las mujeres y a las feminidades todos los días, de distintas formas. Por su parte las mujeres vienen haciendo una tarea enorme, han logrado politizar lo personal y convertirlo en colectivo.

Sin duda, las afirmaciones de este “locutor” es solo un reflejo de esa impunidad tan perversa de la que gozan los machos. Aunque no necesariamente responde a la opinión de toda una sociedad, si es necesario puntualizar que este es un poder simbólico que tiene la capacidad de generar silencios, lo cual da paso a comprender que también puede existir complicidad de parte de otres para lograr que estas opiniones violentas y machistas pasen inadvertidas, y queden impunes.

Finalmente más allá de los machismos y el patriarcado… de la crueldad y la canallada difícilmente se vuelve.

Mónica Filippini | Psicoanalista | M.P. 15256

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