MIS POESÍAS

La hoja en blanco, esa gran incógnita, nos desnuda frente al abismo y en ese andar hasta que el poema concluye, si es que hay un final, inexorablemente se asiste al encuentro con esa otredad que nos completa.

Mis poesías

¿Estabas ahí?

Y estabas ahí, esta mañana/
estabas ahí, en el espejo
cuando el agua helada
me lastimó los ojos /cuando me sangró la boca
Estabas ahí, en el café desmesurado y rancio
en mi gastritis y en mis huesos
Estabas ahí, en el subte de las ocho y diez.
Te vi entre la jauría /en el ángulo exacto de mi axila
y la lapicera por diez pesos
Te vi en la estación detrás del canillita
que anunciaba la tragedia
Te vi, entre las sirenas /que ululaban la avenida
en los maniquíes obscenos
en los carteles de neón/ languidecidos por el día
en las putas y en las otras
en la resaca del trasnochado
cuando el sol se acuchilla en las sienes
Estabas ahí, esta mañana/ en la basura
dónde un pibe resuelve su existencia
Te vi en los ruidos de las calles/
de esta ciudad cosmopolita
Te vi, en los balcones sin geranios/
en los ojos del loco/ en la esquina de Esmeralda
Te vi, en los pasillos mugrientos de tu casa
entre ratas y expedientes
Te vi, cuando cerrabas los ojos del occiso
y una historia se abrochaba a una caratula
Te vi, entre los pañuelos/ en la plaza
cuando las palomas comían de mi mano
y Ellas andaban la ronda de los jueves
Te vi, en la injusta incertidumbre de la ausencia
Estabas ahí, entre el gentío/
busqué tus ojos vendados/
cuando la noche se cerró en mi garganta
Y un grito desesperado
se apagó sin alcanzarte.

Los otros

Hay algo en los otros
que nos  asemeja.
el tiempo transcurrido
que nos cae
la sucesión de fracasos
y  esta  desidia.
Hay algo no preciso
Un libro  que no elegimos
un viaje interrumpido en el orillo de las sábanas
la lentitud del espejo un domingo a la tarde
las esquinas rotas de los portarretratos.
Hay algo en los otros que nos interpela.
Esa pequeña huella
en el fondo de los cajones, olvidada,
que, sin embargo,
nos castiga con su presencia,
un nombre en un contrato
la palabra empeñada
una cinta roja y descolorida
un sello de un correo lejano
una singular manera de caer
en lugares comunes.
Hay algo en los otros
en el frío de los huesos
cuando  el vacío se vuelve intolerable,
algunos fantasmas que nos mortifican
con esa  grosera   manera de invitarnos
desde su   profana   ausencia.

Volver

Podía ser un ligero olor a tierra mojada
el tejido roto del visillo de la puerta grande
la luz amarillenta de una lámpara sucia
la superficie irregular de la mesa de hierro.
Cada objeto  despertaba la memoria del tacto
descubría su lenguaje.
Podía recordar los nombres
los agravios y las sombras /sobre todo, las sombras.
Podía sentir la humedad de la mancha/
la que habitaba fantasmas de la infancia
Podía oír el sonido de un Do mayor accidentado/
el dolor punzante de la corrección en sus dedos/ la lágrima sobre las negras.
Podía recordar el olor salado en  la almohada
y en la cajita azul de las cartas/sobre ellas, también había llorado.
Podía ver, aún, el vidrio astillado de la ventana
y escuchar el viento de agosto/ los pasos torpes de la partida/
sus libros, desabrigados, sobre el escritorio
El tiempo era tan insignificante /lejana la urgencia.
Podía  oír el aleteo de los pájaros  sobre el viejo roble
la lluvia fina sobre las lavandas
el olor de la madre /los días rabiosos
todo le era reconocible
hasta el rechazo inmutable de las ausencias
que tanto le habían pesado.
¿Había vuelto?
¿Había vuelto  a inmolarse en esa Patria inacabada?
¿En esa minúscula patria de desvanecidas geografías
y tiranos policromos y desolados?
Había vuelto.
Como vuelven los muertos civiles  
de una guerra sin gloria
Había vuelto silencio/ había vuelto polvo.
Itaca, aún estaba lejos.

Y qué cosas mueren fuera de nosotros

Que fuera de nosotros mueren las cosas/
dice Yorgos Cémelis
¿Y qué cosas están fuera de nosotros?
Las ventanas/ Los cuerpos/ los sueños/
¿Las uñas de los pies?
¿Entonces han muerto los fracasos?
¿Y mi dolor de espalda?
Ese no se me ha quitado
ni el dolor de la ausencia
pero también han muerto las risas/ los días
solo quedó esta sucesión de horas
¿Y el destino, dónde muere?
¿Dónde esa concurrencia de la existencia?
El sonido del viento/ los miedos de la noche/
El abrazo preciso/
el abandono/ el perro flaco/ la humedad de tu rostro
y esas noches de lamparita amarilla
de pechos flacos y refriegues urgentes
Fuera de mí/ muertas/
ni la calma queda/ tampoco la ira,
Ya no.
¿Las cosas mueren fuera de nosotros?
                              A veces

Carmen Rolandelli

Compartir en:
Share on facebook
Share on whatsapp
Share on email
Share on twitter
Share on print