ESCENAS DE VERANEO | 5

El pibe anda todo el día en su bicicleta violeta. Tiene una calcomanía de «Shimano» en el tubo inferior del cuadro, pero él sabe que las arma desde cero un bicicletero del centro. Los frenos ya no sirven, se gastaron hace rato de manera diagonal, por lo que le queda a cada pastilla la forma de una escuadra. Es por eso que el pibe se mueve en velocidad crucero por toda la ciudad, recorriendo variadas extensiones y trazando líneas invisibles entre todos los puntos del poblado. Como no puede frenar, casi que se juega la vida en cada esquina. Y a mitad de cuadra ya divisa lo que sucede unos metros más allá y se prepara. Dibuja vaivenes entre la calle y la vereda, sin usar necesariamente las bajadas para autos que hay en los cordones. Por ello también, la rueda de adelante se empezó a descentrar. Él la mira, desde arriba y usando como eje imaginario la línea que traza el manillar, observa cómo bailotea la rueda cuyo movimiento ya empieza a tocar uno de los fierros que bajan a los lados de la horquilla y genera, cada tanto, un ruido oscuro de fricción. La lleva al bicicletero que está frente a la plaza y éste le dice que ya no se arregla con su toqueteo mágico de rayos para el centrado, que hay que cambiar la llanta directamente. El bicicletero es un tipo hosco, malhumorado, como si estuviera harto de su oficio y quisiera mandarse a mudar de allí.

Para la economía de su casa, el arreglo sale un huevo y pide con vergüenza el monto de la llanta nueva, en el punto en el que ya se cansa demasiado para trasladarse cortas distancias, porque la rueda está frenada y empezó a gastarse la cubierta, por el lado donde roza con el caño.

Está dos días sin bicicleta y no sabe qué hacer. Ya está anocheciendo cuando la retira de la bicicletería y se va contento, pedaleando a lo de un amigo. Lo encuentra con otros, en el campito de la esquina, sentados en el cordón de la vereda y hablando de cualquier cosa. Uno de ellos, el hermano de su amigo tiene una bicicleta nueva, con cubiertas más anchas y con amortiguación. La prueban todos. Cuando se sube él, siente gusto de cómo ronronea constante la rueda al pasar por el pavimento. A diferencia de su bicicleta violeta, esta no hace casi ningún otro ruido que no sea el de la cubierta acariciando la calle. Ve desde arriba y trazando una línea imaginaria siguiendo el manillar, cómo gira la rueda firme y derechita como una columna oscura.

En la charla, se armó carrera de bici alrededor de la manzana. «Todos contra todos y el que llega primero a la esquina, gana»-, se oye. Los pibes van a sus casas a pocos metros de la esquina, a buscar sus vehículos. Se ponen en posición. Por no ser parte de la barra sino un ocasional visitante, él no tiene beneficios y parte bastante abierto, motivo por el cual, piensa, tomará desde afuera a todas las curvas.

Al arrancar, se sintió liviano y potente, por lo que a algunos les sacó unos cuerpos de distancia llegando a la mitad del recorrido. En los últimos doscientos metros, se puso palo a palo con el de la bicicleta nueva, que cuidaba su lugar en las curvas, tomándolas muy cerca del cordón interno para salir despedido hacia afuera en el inicio de los últimos cien metros. Él, al ver que su contrincante ya venía haciendo eso, le dio unos metros de largue, amainó su velocidad, se abrió antes de la última curva para tomarla desde lejos y ganar el cordón interno. Cuando lo hizo, se paró en los pedales y puso todas sus fuerzas en el embale. De a poco, veía que se acercaba a su contrincante, que se le ponía cuerpo a cuerpo, que lo sobrepasaba, que se perdía hacia atrás, en el campo visual que le dejaba el rabillo de su ojo derecho. Sintió alegría a los diez metros y a escasos segundos de la llegada. Se supo ganador.

Al llegar a la meta, quiso doblar hacia la calle desde donde había partido, sin calcular que parado, a escasos metros de la esquina, había un auto viejo. Un Chrysler Valiant naranja impecable que parecía un barco estacionado. Y durísimo. No recordó el golpe sino la escena de estar tirado sobre el capot, de brazos y piernas abiertas.

Los otros chicos revisaron el auto y no tenía ni un rasguño.

El pibe se fue rengueando hasta su casa. Iba caminando y llevaba delante de él la bicicleta, como haciendo willy. La rueda delantera no giraba, trabada y toda doblada, peor de lo que estaba cuando se la llevó al bicicletero.

Lirio Rocha

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