ESCENAS DE FÚTBOL INFANTIL | 7 Y 8

Escena 7.

Un niño pierde la pelota al borde del área contraria, y un poco enojado, y otro poco por espíritu de equipo, vuelve marcando a quien se la quitó. Lo corre desde atrás un trecho. Levanta su máxima velocidad con intención de alcanzar a su contrincante, pero al llegar a la línea media se frena de golpe, como si apenas más allá se encontrara un precipicio. Queda suspendido en puntas de pies sobre la raya de cal, maniobrando con sus brazos, enroscando el aire, como para no caerse.

Su técnico le había dicho que no pasara la mitad de la cancha.

Escena 8.

Entrando en la adolescencia, empieza un tratamiento de cremas con dermatólogas, para abordar su problemática de acné juvenil, que lo avergüenza hondamente.

Las cremas que le recetan son color tierra colorada, brebajes extraños que al secarse le generan una costra similar al hombre de roca, como si se hubiese preparado una mascarilla con polvo de ladrillo bayo.

El jueves no fue a la práctica, de modo que no sabe si se juega o no el partido del sábado. De modo que ese día se levanta, boludea y a media mañana se aplica las cremas.

Vive a seis cuadras del club, de manera que si se acerca cuatro cuadras, puede ver que es lo que pasa en la cancha. A las doce toma su bicicleta violeta, se acerca unas cuadras y nada. A la una se acerca y ve a sus compañeros precalentando en el campo de juego. Vuelve a toda velocidad en su bicicleta, mete la ropa en el bolso, los botines y las canilleras-tobilleras que pidió de regalo hace un tiempo. Tienen cámara de aire para amortiguar las patadas y unos plásticos incorporados en las tobilleras. No le ajustan, se diría más bien que le quedan bastante sueltas, pero él las usa igual. En la primer práctica que las llevó, como eran la novedad, hizo pasar a gran parte de su equipo a que le pegaran en la canilla para mostrar su resistencia. Sus compañeros hacían cola para meterle un puntapié. La mayoría de las patadas le dolieron un montón, pero hizo cara de que no las sentía para dejar airosas a las canilleras que no amortiguan nada. La supuesta cámara de aire era un gel que no cumplía ninguna función y la tela que tenía en contacto con sus canillas, al poco uso adquirió un insoportable olor a transpiración.

Armó el bolso y se fue a la cancha. Sus compañeros estaban entrando del precalentamiento al vestuario, para cambiarse. Uno de ellos, el cinco, que era el último en entrar al vestuario, se quedó detenido mirándolo, como extrañado. Le señaló la cara con gesto de interrogación y sin poder articular palabra.

Ahí cayó en cuenta que no se había sacado la mascarilla de crema.

Fue corriendo al baño del árbitro y se lavó la cara rápidamente, sin dar explicaciones.

Supone que hasta el día de hoy el cinco se estará preguntando que fue lo que le pasó en el rostro ese día.

Lirio Rocha

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