ESCENAS DE FÚTBOL INFANTIL | 3 y 4

Escena 3 | Voces

Un breve calentamiento, un movimiento de elongación de vaya uno a saber qué músculo al entrar a la cancha.

El barrio se vacía en la siesta. En el sopor, el jugador levanta su vista y ve a su padre en la única tribuna, que está de espaldas al sitio de las piletas. Lo imagina comiendo maní con cáscara, que es lo que compra siempre para matar sus nervios, al ver los partidos de sus hijos. Hoy el padre tuvo suerte: sus niños juegan de local, de modo que se quedará toda la tarde del sábado al rayo del sol, en el mismo club y sin tener que estar a las corridas de cancha en cancha, como en otras tardes. Se escuchan pitazos y gritos de niños que corren todos detrás de la pelota, en el espacio de al lado.

El capitán del equipo es el líbero. Como todos sus compañeros, tiene 11 años. Es un pibe flaco, de tobillitos delicados y finitos, pero rudo al jugar. Temible en los cruces y con una voz grave de mando, como la de un adulto. Es el primer año de la categoría en cancha grande.

El diez se pregunta si el tono de voz de su compañero es lo que condicionó el destino de número dos, más que su destreza en el puesto. Su equipo pierde el sorteo y el capitán contrario elije jugar este primer tiempo, defendiendo el arco que da sobre calle Rivadavia.

El diez se para delante de la pelota. La pisará levemente hacia adelante. Con sutileza, a la vez, el balón se inclinará hacia uno de sus lados, donde la espera el nueve. Movimiento repetido, éste se la pasará al cinco y ahí empezará a armarse el juego.

El árbitro, pregunta a cada uno de los arqueros si están en condiciones de arrancar. Los pibitos de ropas fluorescentes levantan sus manos, cada uno a su tiempo, como marcando que todo está bien. Vieron hacer esos movimientos en los partidos que miran en la tele y en la primera local; repetir ese gesto los hace sentir importantes.

Los equipos están parados con cada jugador en su posición. Dispuestos y ansiosos por empezar el partido.

El referí se acerca a los jugadores que moverán la pelota y les comenta que ayer se murió un dirigente de la Li.Fu.Pe.; que él dará el pitido inicial, pero que será el inicio de un minuto de silencio en recordación del reciente fallecido. Que pasado un tiempo dará otro pitazo y que recién ahí se iniciará el juego.

El diez ve que el árbitro mira su cronómetro, observa cómo se lleva el silbato de lata a la boca y lo sopla con fuerza. El sonido fino, pero batiente le hace pensar que quizá el silbato tiene una de esas bolitas en su interior, que giran enérgicas por acción del aire. Divisa con el rabo del ojo a su izquierda la cabina de transmisión que nunca se usó y a su derecha, la mole de cemento de la tribuna, con pequeños manchones de gente.

Luego del pitido, el silencio enorme. No es que ha crecido, sino que ha aparecido así, de golpe y gigante, irrumpiendo como si antes no hubiese estado esa silente forma allí.

Pasan pocos segundos y desde el fondo, el dos, con su voz gruesa estilo Zitarrosa pero a los gritos, le dice:

–Dale Joel!!!!!!…. Mové Joéeeeel….

Escena 4

Es invierno y hay mucho viento.

Si la pelota es de las pesadas, en la patada del gol ky apenas llegará a al borde del área grande. Si es de las livianas, el viento hará que se frene en la mitad de su propia elevación, llegando a pasar apenas el primer cuarto de cancha.

El dos probó no levantarla tanto, salir jugando con el tres o el cuatro, pero el equipo contrario le sacó la ficha al toque y le tapa las salidas rápidas y por abajo, poniendo a sus delanteros a marcar.

Por lo demás, ni el arquero ni el dos tienen una buena pegada. Si el líbero patea a colocar tiene buen pie, pero le falta fuerza para el despeje.

El equipo cuenta con un siete robusto. Petisón, pero con gambas anchas y belludas y voz fina y latosa. Sus palancas cortas hacen que patee como cable pelado. Sería la solución para esta situación ponerlo a jugar de cuatro, ya que tampoco el equipo pierde tanto si juega otro de delantero. Sin embargo no siente la marca como para cambiarlo de puesto y ponerlo a jugar de carrilero.

En cada gol ky, el pibe baja desde su sitial de número siete hasta el área propia. El arquero le acomoda la pelota en un vértice del área chica. Éste desanda su carrera y le pega el chumbazo fuerte en mitad de la pelota y el balón llega hasta el medio campo. El cinco, que no reconoce al vuelo cual pelota es liviana o pesada, ni se prepara para saltar a cabecear. Sabe que elevarse a buscar el cabezazo es como saltar a buscar un knock-out. Hace como si saltara y se queda en su sitio.

El pateador, sin siquiera detenerse en su patada, sigue en carrera a su territorio de siete, cual si intentara llegar a recibir el pelotazo que acaba de enviar al centro de la cancha.

Lo sacan al inicio del segundo tiempo, todo transpirado, sin aire ni fuerzas para el pique.

Lirio Rocha

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