UN DÍA DE LLUVIA

El pibe apaga el televisor. Afuera llueve. Hace dos días que llueve. Hace dos días que no ve a sus amigos de la cuadra. Es verano y no hay clases. Sale a la calle. Atraviesa el jardín por el sendero de ladrillos. Sale a la calle. El agua cae mansa, sin apuro. La calle de tierra es un lodazal. El agua corre por la cuneta de manera extrañamente violenta. No hay nadie en la calle. ¿Por qué no hay nadie? Es sólo lluvia, piensa. El pibe vuelve a la casa y le pide a su madre una nuez. La madre le dice que no hay nueces. Entonces va hacia la casa de la abuela, cruzando el pasillo de chapas. La abuela tiene nueces. Nunca faltan las nueces en la casa de la abuela. El pibe rompe la nuez en dos mitades perfectas. Después rellena el cascarón con miga de pan. Le clava un escarbadientes y recorta un trozo de papel que después clava al escarbadientes. El barco está listo. El pibe sale otra vez a la calle. El agua cae mansa, sin apuro. El pibe bota el barco en la cuneta, agua con espuma, agua marrón. Lo sigue caminando por la vereda, casi que lo empuja. El barco corcovea. Gira sobre sí mismo. Hace algunos garabatos sobre el agua. Se estanca en una rama. El pibe lo empuja con el deseo. Lo piensa: ¡vamos barco, vamos! El barco se suelta de la rama y sigue. Navega. Frágil. A los ponchazos. Pero sigue. Dos cuadras el pibe acompaña el derrotero del barco. Lo sigue, y piensa: ¿y si llega al océano? ¿Por qué no? Entonces lo deja. Que siga su camino. Que llegue hasta donde llegue. Él se vuelve. Sin apuro. Empapado. Contento porque ese barco de alguna manera lo lleva lejos. Él viaja en ese barco. Frágil como esa cáscara de nuez. Puro sueño. El pibe entra en la cocina y prende la televisión. Está en paz. No importa ya que afuera llueva y que hace dos días que no ve a sus amigos. Ahora el pibe puede ver Bonanza sin ningún tipo de culpa. Puede ver a Ben Cartwraight en la Ponderosa. ¡Hola Joe! ¡Hola Ben! Hace sólo un par de días veía en esa misma pantalla cómo el hombre llegaba por primera vez a la luna. No lo impresionó ese acontecimiento. A su padre y a su madre sí. Estaban fascinados. Una fascinación en blanco y negro. Pero a él no lo conmovió. El hombre en la luna. ¡Tan lejos! Él todavía no conocía el mundo. ¿Qué importaba la luna? Tan lejos. Tan inalcanzable.

Esa noche se soñó navegando un temporal en el Mar de la China.

Todavía llovía.

Eduardo "Viti" Correa

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