PROHIBIDO PROHIBIR

“¿Por qué tanta resistencia a usar la palabra “presidenta” y tan poca a “sirvienta”?”
(Manual de instrucciones para hablar con la E, María Florencia Alcaraz)

Andar por la ciudad, hace varios días se ha convertido en una odisea. La niebla, al igual que a Ulises en su viaje a Ítaca, todo lo cubre. Espesa, compacta, homogénea, impiadosa y fría. Muy fría. Estaba en el ritual mañanero que me acompaña junto con el café recién hecho, repasando las noticias y entonces la capacidad de asombro me fue nuevamente jaqueada, al leer:

«Bajo la Resolución 2022/2566 del Boletín oficial, la Ministra de Educación y el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires PROHIBIERON el uso del lenguaje inclusivo en los tres niveles obligatorios de la educación.»

Miré a la nada, observé desde el ventanal de vidrio repartido nuevamente la niebla que definitivamente no se disiparía, es más: tomaba cuerpo y como la bestia se metía entre los resquicios de todo ser vivo que a su paso encontraba. Lo hacía de manera arbitraria, como el signo lingüístico, que ha portado desde siempre su carácter colonial. Desde tiempos remotos en que se impuso sobre el maya y el náhuatl en el encuentro de Cortés, Malinche y Moctezuma, la lengua ha sido y sigue siendo, a la vista de lo que acontece, territorio de poder. Bajo un rizoma propio, se sedimenta detrás el sustrato de la norma, con la doble moral como significante del que domina.

Voy por el segundo café, cargado y sin azúcar, sometiendo a mi cabeza el pensamiento de recordar cuestiones leídas hace ya bastante tiempo. Tengo a mi alrededor esos silencios que perforan la visión, vuelvo a leer la noticia. No hay meta mensaje en una glotofagia. La fiera avasalla, no importa el contexto, con su cerebro cernícalo todo lo destruye a su paso. De forma camaleónica arremete, porque lo colectivo e inclusivo siempre le ha molestado.

Los libros, mis libros, nuevamente me salvan. Y mientras busco a Jean Luis Cavelt en Lingüística y Colonialismo, se manifiesta el lomo ajado de Un mundo chi`xi es posible -Silvia Rivera Cusicanqui- con el glosario aymara incluido. Cortázar se asoma cauteloso, pero con la certeza de saber que defenderé su lengua gíglica para seguir leyendo el capítulo 68 de Rayuela. No está solo, lo acompañan en el mismo estante Lewis Carrol quien conserva las siete estrofas del «Jabberwocky», publicado en Alice’s Adventures in Wonderland, en 1862 y a su lado la primera edición de 1984, con su propio neolenguaje creado por George Orwell para la dominación del distópico mundo narrado desde su panóptico. Con la torpeza que me caracteriza, invadida por la censura que alimenta la impotencia, tropiezo con un Foucault cada día más vigente: «…al igual que la sexualidad, la psiquiatría, la religión, la justicia y el lenguaje, la enseñanza había sido siempre, en el mundo occidental, una de esas «estructuras de poder» erigidas para reprimir y domesticar al cuerpo social, instalando sutiles pero muy eficaces formas de sometimiento y enajenación a fin de garantizar la perpetuación de los privilegios y el control del poder de los grupos sociales dominantes.»

Se acomodan las horas al mediodía, mientras la bruma fagocita la luz solar. La noticia de la PROHIBICIÓN se replica, y a la acción se le acomoda la reacción. Esa que es necesaria para al menos sostener, pero quizá no lo suficientemente fuerte como para marcar un territorio con cuerpo propio. Porque como dice Santiago Kalinowski, en La lengua en disputa: «No hay ninguna magia… en cualquier intento de modificar la realidad hay un componente lingüístico». La palabra no es algo neutral, adquiere significancias. La dominación comienza por el lenguaje, que además de ser un elemento de comunicación es la mano del poder que coloniza el territorio privado y el espacio público. Mijaíl Bajtín y Valentín Voloshinov sostuvieron que el lenguaje es un terreno de la lucha de clases: se estratifica de acuerdo con la proximidad del poder político y el signo lingüístico, no es neutral. Pierre Bourdieu habló de campos, configuraciones de clases, o relaciones sociales donde los grupos se unen y se relacionan. Todos los campos y las formas de capital están relacionados con las formas de Poder. En el campo cultural las armas son las palabras, el lenguaje, tradiciones y formas de expresión. Para Bourdieu el Estado tiene el monopolio legítimo de la violencia física y simbólica. La simbólica explica la dominación en sociedades de clase y la del colonialista sobre el colonizado. La del hombre sobre la mujer, la de la escuela sobre el estudiante. El estado ejerce esa violencia simbólica en la mente creando estructuras mentales y formas de percepción y de pensamiento, contribuyendo a que las desigualdades se reproduzcan. La acción de PROHIBIR es un claro ejemplo de esto.

En esto de ser seres gregarios el aparato del lenguaje, poderoso e insurgente, nos permite el intercambio de ideas. El idioma castellano que nos fue impuesto por sobre las lenguas originarias de nuestro territorio, tiene una diferencia gramatical entre el género femenino y el género masculino. Éste último es un género gramatical universal y permite la generalización por sobre el femenino: «nosotros/sobre nosotras, la presencia de todos y no de todas/ El trabajo del hombre mejora su vida», entre los ejemplos más básicos. Esta diferencia no solo no es inocente, sino que responde a un modelo sistemático y racional de dominación. El lenguaje claramente se apropia de lo cultural y lo ordena/normaliza. La presencia del morfema «e» no cambiará los hechos de misoginia, discriminación, racismo e invisibilización de lo disruptivo, molesto, transgresor, distinto, femenino, no binario. Ni siquiera tiene el objetivo de la obligatoriedad, va mucho más allá. Se posiciona en lo simbólico, para romper lo normado hombre-mujer, para hacer visible el reconocimiento ante lo existencial: la inclusión. No se va tras un grado ontológico, sino que se busca el reconocimiento de lo que somos: personas. 

Acomodo como puedo todas las letras que me envuelven, las viejas, las antiquísimas, las actuales, hablo con mis pares para calmar las aguas que se inquietan. Escupo el enojo y miro detrás del ventanal, se disipa un sereno atardecer que ha penetrado la neblina. En el mientras tanto, Oliveira y La Maga se siguen amando: «Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sústalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso… .»

El avasallamiento sigue estando, la resistencia también.

María Cobarrubia

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