13 | TENÉS QUE SEGUIR

A las confusiones del tiempo y el espacio ahora se le agregaba la poca visibilidad en el «Centro de Estudios La Dormida». Seguramente para no tener que despedirse uno del otro.

Se escuchaba la voz de Don Quintillo entonando una canción… Y alejándose. La ventana estaba abierta y desde el árbol de la vereda, el jilguero amigo de Don Quintillo le hacía la introducción y el acompañamiento al tango de los Hermanos Expósito:

Jilguero … Vivir es cambiar… ¡Dale paso al progreso que es fatal!… Jilguero… ¡Chau no va más…! Simplemente la vida seguirá… (Jilguero extendido mientras Don Quintillo se aleja más) … Si lo nuestro no fue ni ganar ni perder, ¡Fue tan solo la vida, no más!… (Jilguero a su máximo de volumen, pobrecito, como para alcanzar a Don Quintillo que se va… se va…)

Y cambiando de tango, cosa que desorientó al pajarito, Don Quintillo cantó a viva voz… imitando a Goyeneche:

Primero hay que saber sufrir
Después amar, después partir
Y al fin andar sin pensamieto…

El bufet estaba vacío. El Víbora se sentó en el fondo mirando a la pared, pidió una botella de ginebra. El bufetero le dijo: —¿Te parece?

—Sí, quedate tranquilo.

El Víbora sabía que era el fin, ahora sí, Don Quintillo y el Doctor Isea no volverían más, tampoco Dominguez, últimamente aparecía poco, solo alguna risita de vez en cuando, también sabía que él y el Gitano tomarían caminos diferentes y que Carlito quedó solo, sin sus hermanos. Bebió un trago largo de ginebra, como para ahogarse, sintió alivio, sin el Centro de Estudios La Dormida quedaban todos más libres… Y más desamparados. Bebió otro trago, sonrió, lo que parecía eterno dejaba de serlo: «La discusión con Don Quintillo sobre la Cantina Rodante para la venta de berenjenas al escabeche». Pagó por las copas y se fue.

El bufetero le pegó un grito:

—¡Ehy… Víbora!… ¡Tenés que seguir!

El Pity terminó de escribir a mano en un cuaderno «Tintero» de 200 páginas cuadriculadas todo el material para enviarle al Muchacho de Buenos Aires. ¿Quién carajo era el Muchacho de Buenos Aires? Se lo preguntó cuando terminó la escritura, además en la lectura final advirtió que todos los conceptos, historias, sucesos, funcionaban como base teórica para el proyecto de María y que quizás el Muchacho de Buenos Aires andaría en algo parecido. Descubrió que si bien le dieron libertad para interpretar lo conversado, el cuaderno quedó perfectamente vertebrado por los dictados del Doctor Isea. Salió corriendo para contarle a María, desbordado, entusiasmado. A las dos cuadras detuvo la marcha: ¿Qué le iba a decir a María? ¿Qué tenía un material teórico para el Sindicato? O gritarle su amor, que no soporta verla con el novio, que llora por ella, que se va ir a la mierda y no va a volver nunca más, que ya no es vida…

El mundo se le vino encima cuando puso el punto final en el cuaderno, se sintió solo, con un amor que le quema y sin un puto mango.

Por el altoparlante de la camioneta F100 salía la voz del Gitano anunciando para toda la barriada:

¡Compro baterías fierro viejo cobre plomo sueños rotos Señor!

El bufetero subió por la escalera hasta la biblioteca, cerró la puerta con llave y candado, luego limpió el salón de abajo, puso los tablones y caballetes, y siguiendo órdenes estrictas de la Señora Elvira dejó todo listo para la inauguración de la nueva cancha de bochas…

Plastificada.

FIN.

INTEGRANTES DEL CENTRO DE ESTUDIOS LA DORMIDA

Don Quintillo, conductor político y social del arroyo para acá.
El Doctor Isea, doctor de todas las disciplinas habidas y por haber y de las indisciplinas también.
Elvira, docente jubilada de autoridad indiscutida en la zona.
Calamuchita, hombre muy leído.
El Profesor Antognoli, director de teatro retirado.
Dominguez, que no se sabe muy bien si es que no terminó de irse del más acá o está volviendo del más allá.
Carlito (sin ese), se presenta singular, pero en realidad son tres hermanos en uno.
El Pity, joven escritor encargado de llevar al papel (lo mejor que se pueda) la oralidad de los integrantes del Centro de Estudios.
El Ruben, levantador de quiniela y tesorero de la Institución.
El Víbora y El Gitano, cuando les conviene son uno solo.
María, una bella e inquieta muchacha con ideas transformadoras.

Roberto Iriarte

Ilustraciones: © Luis Farías: Nació en 1976. Estudió dibujo con Luis Contrera y colabora con Roberto Iriarte en algunas publicaciones. También es profesor de historia.

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