PALABRAS, PALABRAS | PESTE

El conflicto bélico que desangra a Ucrania y el total rechazo a la sentencia rusa de limitar el llano expansionismo de la Otan, ha venido a demorar sine die la aprobación definitiva de la vacuna Sputnik V. Cualquier comprensible, inevitable argumentación en contrario resultaría dinamitada por la contundencia de la realidad. Este conocido retraso de ahora explica los silenciados retrasos anteriores; por lo que queda claro que dicha vacuna no fue avalada antes por motivos ajenos a la mera valoración científica, a contramano de excusas esgrimidas en un refunfuño con sordina.

A falta de aquella requerida convalidación internacional, la Comunidad Europea prohíbe el ingreso de quienes hayan recibido la Sputnik, lo que ha llevado a la autoridad sanitaria nacional a reforzar los esquemas con otras vacunas, estas sí aceptadas por la OMS, para que no sufran perjuicios quienes quieran viajar.

El insustancial debate generado en torno coincide con la (¿momentánea?) declinación de la pandemia. Nadie se ha atrevido a anticipar el comportamiento del relativamente flamante virus, que ha puesto al orbe patas para arriba. Sin animarnos nosotros a decretar anticipadas defunciones podríamos esbozar alivio, en tanto se presume que lo peor ha quedado atrás. Por eso surge atractivo considerar a Daniel Defoe, que en El diario del año de la Peste, escribió -cual testigo presencial- una especie de crónica cotidiana del desarrollo de la epidemia que hacia 1665 alteró la siempre sobria vida de los Países Bajos. Su recuerdo surge natural, para rescatar algunas consideraciones, que estimulan la inevitable comparación.

Tras trágicas descripciones, que no ahorran estadísticas fúnebres, recurso destinado a mensurar la profundidad y sus alcances, el creador de Robinson Crusoe y Viernes, le agradece al Dios omnipresente cuando se avizora el alivio, y solo a Él le adjudica la redención. En un país históricamente religioso como el nuestro es de suponer que los creyentes hayan elevado preces al Creador, pero no por ello es menos válida la invocación al exitoso operativo de vacunación, tan vapuleado con motivos y aún sin ellos, ya que el alto índice de vacunados forzó la disminución de las consecuencias sufridas; dicho esto sin contravenir la presumible contribución de la Santa Madre Iglesia.

En cierto pasaje de la obra, el autor lamenta la carencia en esa época de periódicos impresos para divulgar las noticias; aludiendo a lo valioso de transmitir información necesaria. En nuestra época, por el contrario, caracterizada por la hiperinformación y la multiplicidad de medios, quizá hayamos padecido durante la pandemia una situación más grave aún que la que parece aquejarlo. Al menos, en nuestro país, se vio una feroz y descarada campaña que no ahorró mezquindades para jaquear el dispositivo oficial, en el entendimiento de que un éxito destacado podría aumentar las chances electorales del Gobierno, al que hubo que esmerilar y socavar, sin importar que ello entrañara riesgo para la sociedad, ya que siguiendo desvaríos y tergiversaciones de panel muchos y muchas dispusieron no vacunarse, práctica ignorante que costó vidas.

En tanto, aporta una percepción saliente, al describir el comportamiento de sus coetáneos, Defoe produce una afirmación que conviene rescatar, al menos tal como la recordamos: Al saber los hombres que la muerte está cerca, procuran reconciliarse y olvidar viejos rencores; al no pensarse vulnerables, suele incurrirse en animosidades, riñas y odios, cuya fundamentación desaparece, por trivial, ante la cercanía del fin. Hacia mediados de 2020, al comienzo de esta grave experiencia, la Humanidad se preguntaba si saldríamos mejores; pero lentamente se disipó toda esperanza y volvimos a ser lo que éramos.

También para cotejo con los tiempos actuales, El diario del año de la Peste, refiere el accionar generoso de los más ricos, que de manera espontánea distribuyeron grandiosas cantidades de dinero entre los menesterosos, para ayudarlos en esos tiempos difíciles, ya que, de otro modo, afectados por el enemigo invisible, habrían muerto sin posibilidades. Otros asistían a los necesitados con alimentos o medicinas que costeaban de su bolsillo, compungidos al asomarse de pronto a una dura realidad que desde sus vastas comodidades nunca se habían detenido a considerar.

Se esmera Defoe, en la parte final de su libro, en remarcar la actitud de señores generosos y damas caritativas, que asistían con suma inquietud a los más pobres, conmovidos por la eventualidad de un final cercano y trágico. Imposible no relacionarlo con la obstinación egoísta y plañidera de un pequeño puñadito de ricos que en nuestro país se vieron alcanzados por una imposición de emergencia, para terminar la sepultar la perspectiva de una humanidad solidaria y mejor.

Rody Piraccini

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