LITORALES DE LA MEMORIA

En esta edición La banquina, ha dedicado en el formato de suplemento–dossier especial al llamado Día de la memoria, reducción que aquí en cada nota se amplificará a modo de megáfono que atraviesa el tiempo y el espacio, haciendo escuchar voces, ruidos, enhebrando cabos que permiten dar contexto, relato, análisis y hacen historia, la necesaria a ser contada como modo de inscripción de lo que aquí pasó y a veces no termina de pasar, porque como se leía en una pared de la Facultad de Humanidades en Rosario «El pasado no está muerto, ni siquiera ha pasado». Megáfono puesto en la voz que se hace letra de quienes participan –son parte– con cuerpo y escritos cada vez, cada mes, en La Banquina.

A un costado de los papeles que en manuscrita van tomando forma, algunos libros, uno pequeño: «Los abusos de la memoria» de Tzvetan Todorov. Un primer subtítulo La memoria amenazada, y a renglón seguido sitúa esa amenaza «Los regímenes totalitarios del siglo XX han revelado de la existencia de un peligro antes insospechado: la supresión de la memoria» (p.13); y se lleva adelante de diversas formas  «las huellas de lo que ha existido son o bien suprimidas, o bien maquilladas y transformadas; las mentiras y las invenciones ocupan el lugar de la realidad; se prohíbe la búsqueda y difusión de la verdad; cualquier medio es bueno para lograr ese objetivo» (p. 15), central es el control de la información; de ahí la importancia de la transmisión de eso que se logra saber sobre el funcionamiento de los totalitarismos.

Si la supresión de la memoria es lo amenazante, la memoria como huella, como inscripción, resitúa las cosas y constituye así un acto de resistencia. Un acto que tiene coordenadas propias, variadas y múltiples. Entra aquí Walter Benjamín, cuando en su bello y necesario libro «El narrador» advierte sobre la expropiación de la experiencia, y dice cómo es que aquellos que vuelven del campo de batalla en vez de volver enriquecidos de experiencias, vuelven enmudecidos. Al mismo tiempo que sitúa el valor de la experiencia, cobra valor el testimonio, eje central en la llamada historia reciente, esa que se está escribiendo y a veces puede ser relatada por lxs mismxs protagonistas. El testimonio en su interior contiene un vacío, siempre algo falta. Los testigos absolutos, como nombra Primo Levi en su libro «Si esto es un hombre», son aquellos que por haber vivido de punta a punta la experiencia no han salido vivos de ella o no tienen la voz para contarla; por ello, quienes testimonian trascienden lo individual y, por otro lado, bordean un indecible, un imposible de decir. En algún sentido y en ocasiones, en La Banquina, hacemos ese intento, transitar esos bordes, que no son fronteras sino litorales que demarcan un territorito desde donde contar, territorio constituido en un entre la experiencia absoluta, enmudecida, expropiada y el relato posible de esa experiencia, respetando cierto vacío, desafiando el mandato de silencio.

Memoria – olvido, dos términos que el psicoanálisis nos ha permitido poner en relación, lejos de oponerlos. La inscripción, la huella incluye cierta pérdida; por ello el derecho a la memoria implica el derecho al olvido, como respuesta singular, es decir como posibilidad de seguir con la propia vida y el derecho a qué lugar darle a cada parte de una historia. Olvido no es negación, olvido implica la inscripción y a la vez separarse de esa marca, no quedar identificado a ella, poder habitar otros lugares como Otro mundo posible, para ello el valor de la experiencia, su relato para poder dar lugar al olvido como escritura, así como Benedetti decía «el olvido está lleno de memoria».

Un archivo implica un estar siendo archivado a cada momento, no es la estática de la foto, esa sería la muerte de la memoria. Es el movimiento que en la imagen de la plaza (video “Arderá la memoria hasta que todo sea como lo soñamos”) tienen las palomas que continúan la vida por detrás de las fotos de lxs compañeros detenidxs-desaparicidxs, allí donde las rondas de las Madres no dejan de escribir -Presentes!  Ahora y siempre!

Pilar Calveiro en el texto Memorias virósicas[i], se pregunta acerca de la construcción de las memorias colectivas a las que signa como múltiples, «necesariamente múltiples» en la historia de las consecuencias del poder concentracionario dado por la última dictadura cívico militar eclesiástica en nuestro país en el período 1976-83, es decir, no Una, no–toda, ni única, no lo absoluto sino lo múltiple. Y toma una cita de Walter Benjamin[ii], «ha dicho que articular históricamente el pasado, (…) significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro». Creo que lo mismo podría afirmarse con respecto a la memoria, a una memoria que no se «fije» en la repetición maniática e interminable de un mismo relato, cada vez más gastado, cada vez más débil por la propia reiteración». Y nos ubica, no es de atrás hacia delante sino de acá hacia el pasado para traerlo, «como iluminación fugaz, relámpago, al instante actual».  «Hay un re–aparecer de la memoria que, sin embargo, no se hace recomponiendo lo que fue, tal como fue. De hecho, no puede hacerlo. Más bien, recoge «escombros» y los usa como «señuelo» que atrae el recuerdo de lo que fueron parte; los utiliza como instrumentos potenciales para la construcción de una cosa otra, nueva y única, fincada en el presente». «La memoria encapsulada en los hechos del pasado…sólo puede remitir al recuerdo del dolor que inmoviliza…».

Entonces, la propuesta es iluminar el recuerdo desde el presente, hacer conexiones, permitir resonancias. Pilar Calveiro habla fundamentalmente de acontecimientos que han atravesado a todo un pueblo y a distintos pueblos de la humanidad, y sugiere hacer «rechinar» los sucesos que posibiliten «echar luz sobre acontecimientos distintos, y a la vez, ligados. Obliga a pensar las presencias de unos en otros como conexiones, como recreaciones, como reapariciones. Esta es la conexión entre el pasado y el presente (…) por la que tiene sentido volver y volver a un lugar que siendo el mismo ya no lo es. La fidelidad de la memoria reside en esta capacidad de contar distinto cada vez, de traer lo pasado al código del presente, no de repetir. La repetición de lo mismo, por más doloroso que sea, pervierte la memoria y la mata».

La Banquina como un litoral que bordea cierto vacío y permite un (h) uso del relato que contornea la memoria y suma huellas desde este presente no sin ese pasado, haciendo escritura, dando lugar a lo vivo para que no quede archivado en el pasado y nos permita iluminar presentes y fundar futuros para ese Otro mundo posible; hecho de ruidos, Todos los ruidos. La escucha, el oído como el amplificador del cuerpo hecha poesía y poesía hecha memoria por Zulma «La Muma» Martini.

Rodolfo Hachén, de manera conmovedora, traza en torno al pozo, agujero de bordes tan inciertos como siniestros, la conexión que permite en parte acercarse al horror para saber, como si la infancia brindara las coordenadas para conocer el mundo. El pozo, el desencadenante de una memoria corporal que permite hacer memoria.  

Jorge Sharry, en una entrevista al actor Oscar Rovito, acerca la experiencia de la militancia activa con las herramientas del quehacer cultural y allí el Centro de Cultura Nacional «José Podestá», entrevista y documentos históricos que plasman y traen al presente esa época.

Carlos Bonet, nos trae una nota que aporta en detalle datos que hacen a los alcances de la dictadura en los distintos ámbitos sociales –institucionales– comunitarios y fundamentalmente nos da a ver el deporte como caja de resonancia, donde también allí se pueda hacer pasar Memoria, Verdad y Justicia.

El arte como respuesta a la opresión y los totalitarismos que atacaron el campo de la cultura como parte de su estrategia política de avasallamiento. Haciendo un buen (h) uso de la posibilidad de un mensaje codificado, propio del lenguaje artístico, se agujerea la represión que se impone como muro. Respuestas encarnadas en singular, la nota de Silvana Gerlo, nos aporta la Memoria en clave de arte.

José María “Pino” Cuesta, agudiza la mirada y la memoria con lo que aún resuena en su cabeza, arma un puente entre las palabras de Salvador Allende y lxs hijxs de lxs hijxs, la chance de seguir haciendo esa otra historia a quien le pertenece: ese pueblo unido, ese que sigue resonando en la voz inacabada de Víctor Jara, la chance, la revancha de la vida en las manos de aquellxs a quienes les fue arrebatada la cuna.

Claudia Argento, se hace visita y nos trae a Gerardo Pérez en la letra de su hijo, el querido Pablo, en la voz de su hermana Malala y en sus propias palabras entramadas en un bello texto, memoria activa que atraviesa las ausencias.

María Cobarrubia, plasma en una frase de su texto «La memoria de un pueblo tiene olor, color, sabor, sonidos», de eso da cuenta el hermoso escrito y del avance de la memoria «a través de obstáculos casi imposibles de sortear», construyendo así una práctica y un hacer en el mismo acto, como nos lo enseña a través de W. Benjamin.

Gustavo Pérez Ruiz, nos acerca una nota y entrevista a Ramón Torres Molina, que nos permite casi a modo de historia oral acercarnos a ese archivo vivo del que se extraen consecuencias y análisis que sitúan también los pendientes de la democracia, las policías–la bonaerense «violencia institucional, el gatillo fácil y la represión a sectores de la población civil», eso es lo que el horizonte de los DDHH permite.

Rafael Restaino, interroga la memoria con los pies en nuestra ciudad de Pergamino y las respuestas colectivas que signaron la historia de los organismos de DDHH aquí, «pinta tu aldea y pintarás el mundo»[iii].

Karina Gorordo, nos trae el nacimiento de Otras Madres, otra vez las Madres y con ella/s el nacimiento del Colectivo de los Sie7e. Un nacimiento desde las entrañas, ahí donde la ausencia de un hijo, uno de los 7, hace nacer una luchadora.

Mónica Filippini, presenta en un modo de andar, la historia de una mujer y en ella el lugar que va haciendo en las luchas populares. Eso mismo, no está desligado de la particular forma que toma la política de represión sistemática contra lo femenino.

De la mano de Carmen Rolandelli, nos llega otra mujer, poeta ella, y con su pluma acerca acontecimientos que rechinan entre sí, tal vez esos que nos permiten hacer resonar la memoria como dice Pilar Calveiro. Me visita la canción mientras leo la patria no se hizo sola… la soñaron unos cuantos.

Este suplemento suma el texto construido hace 2 años de Zoe Geber Enrico, como parte de la transmisión en la escuela pública de la dictadura. Hoy con sus 10, sugiere el libro del grande Osvaldo Soriano, quién con su pluma acerca a lxs niñxs la experiencia del exilio.

La articulación del pasado con el presente sostenida en el horizonte de los DDHH como un nudo al que apuntamos desde nuestro pequeño lugar en La Banquina y que es brújula: Todo aquello que los DDHH permiten o limitan da el marco para transitar un lazo social donde sea posible un Otro mundo, donde quepan muchos mundos.

[i] Pilar Calveiro Garrido, «Memorias virósicas. Poder concentracionario y desaparición de personas en argentina» en «Psicoanálisis. Restitución, apropiación, filiación». Alicia Lo Giúdice, compiladora. Centro de atención por el derecho a la identidad. Buenos Aires. 2005. Pág. 139/159.

[ii] Walter Benjamín, «Discursos interrumpidos». Planeta. Buenos Aires. 1994. Pág. 178, 155, 157/8.

[iii] Frase atribuida a León Tolstoi.

Griselda Enrico

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