PALABRAS, PALABRAS | TRAGEDIAR

Para facilitar este desarrollo en tres actos, nos gustaría estrenar aquí el verbo «tragediar», en tanto acción y efecto de componer una tragedia. De hecho, esta inútil creación se podría conjugar en tiempo presente pasado y futuro, según apelemos para ello a ejemplos concretos y ponderables.

Futuro. Gracias a Netflix, lo vemos ahora, pero la anécdota «ocurre» en un improbable futuro, no importa dónde. La película No miren arriba muestra con sociológica exageración ciertos estereotipos, que de tan rastreramente humanos encuentran correlato en el pasado y en el presente. Evitando espoliar bastará decir apenas a modo de introducción para quienes no la hayan disfrutado que dos científicos anticipan con desesperado ardor un cataclismo que devendrá en el colapso del planeta en caso de no actuar con urgida celeridad. El perentorio reclamo se entremezcla enlodado con intereses políticos, el cuestionable desempeño de los medios de comunicación, la pretensión de réditos económicos, la vulgaridad de los sempiternos chantapufis, el egocentrismo que pugna por notoriedad y la imprescindible dosis de estupidez humana, que sigue sin encontrar límites.

Pasado. A comienzos del siglo anterior, el anuncio del paso del cometa Halley -fenómeno celeste que se repite con invariable puntualidad cada 76 años- generó un ámbito similar al de la película donde se luce (admitida redundancia) la complacida Meryl Streep.

En 1910, en las vísperas mismas de la opulenta celebración del centenario de un país que abdicaba gustoso de la posibilidad de erigirse en nación para contentarse tilingamente con el mote de «granero del mundo», los comentarios acientíficos y desopilantes del inevitable impacto de la cola del cometa con su letal composición gasífera sembraron fúnebres presagios, que -como se corroboraría luego- resultaron infundados. Desoyendo la superficialidad de los cimientos, se extendió la sensación del fin del mundo como un hecho irreversible apenas el astrónomo francés Camilo Flammarion sembró dudas de la supervivencia humana.

Los diarios ganaban lectores publicando las apocalípticas predicciones, lo que despertaba la adhesión rápida de quienes se sentían felices administrando el temor. La tímida voz de la ciencia aparecía reducida a un rumor lejano ante las vigorosas voces que anticipaban el fin de los tiempos.

Un tal Domingo Barisone redactaba un opúsculo que se vendía puerta por puerta en la ciudad de los porteños, a 10 centavos el ejemplar, donde se atrevía a aseverar el desventurado porvenir de nuestro vapuleado planeta. Según crónicas de época, en la Argentina se registraron unos 400 suicidios para convertir en célebre la paradoja de cierta sicología: hubo quienes preferían matarse para evitar las tribulaciones de una muerte segura.

A pesar de las convicciones que marcaban el fin de los tiempos, con una excesiva tolerancia de poco más de un siglo podríamos acordar que -¡afortunadamente!- el pronóstico resultó fallido.

Presente. Con todo deberíamos evitar la sardónica mirada hacia esos inciertos días de 1910, tanto como los reparos con la ficción que nos trae el cine; tragedias expuestas en inexorable pasado y en improbable futuro. Porque, con el presente, ¿qué?

No se trata hoy de un cometa asesino ni de un meteorito definitivo, sino de la campaña terraplanista de los antivacunas, las marchas contra la cuarentena, la quema de barbijos, los títulos insidiosos que sembraron confusión, los reparos a los procesos de desarrollo de la medicina, los disparatados paneles televisivos, con impacto de desconcierto en la población, que en cierto número, menor pero no desdeñable, se opuso a la vacuna para atiborrar las camas de los hospitales.

Antes, después y ahora. Pasado, presente y futuro, la conjugación del mismo verbo para espanto de una mirada desapasionada. Los que rechazan la vacuna prefiriendo el riesgo de un triste final a la probabilidad -drásticamente menor- de eventuales derivaciones y los que en 1910 se suicidaron por temor a la muerte, constituyen el modo imperfecto de un comportamiento humano, que fácilmente puede repetirse, según nos lo recuerda la industria del cine.

Rody Piraccini

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