EL TIEMPO, LOS LIBROS

En los primeros años de los sesenta mis padres me asociaron a la biblioteca del Club Comunicaciones, en Pergamino. Sospecho que esa biblioteca no existe más. Yo tendría siete u ocho años y la primera vez que la visité sentí una gran emoción. Recuerdo el olor a papel y a madera, los muebles que llegaban hasta el techo y a la bibliotecaria: alta, con anteojos y un rodete, vestida con un trajecito gris. Algo poderoso, que todavía no alcanzo a explicar, me condujo al anaquel reservado a las novelitas de ciencia ficción. No olvidé el nombre y apellido de uno de aquellos autores, Clark Carrados, que supuse durante años un ciudadano californiano o de Kentucky hasta que Internet me reveló que era el seudónimo de Luis García Lecha, para más datos oriundo de Haro, en La Rioja, España. Una de sus novelitas se titulaba “Puertas al infinito”, un portal invisible fuera de una casa al que sólo era posible acceder desde el interior y que llevaba a universos paralelos. Demás está decir que me impresionó y mucho. Luego llegó Julio Verne –a quien dediqué un texto publicado por este  mismo medio–. Y más tarde Ray Bradbury y Arthur Clarke. No sólo ciencia ficción: devoré libros de astronomía y astronáutica, crónicas de viajes, mitología griega, policiales. Fueron dos o tres años, breve lapso que, ahora puedo asegurarlo, sin que yo tomara entonces conciencia de ello, prepararon al escritor que soy. Por aquellos días una amiga de mi familia, Coca Formento, me obsequió la edición de “Alicia en el País de las Maravillas” publicada por la colección Robin Hood. Una idea que jamás lograré agradecer del todo. Una lectura decisiva que, como el portal de Carrados, me trajo, por entonces de un modo difuso, la noticia que a través de la literatura es posible ingresar a otros mundos, dar rienda suelta a la imaginación, hacer posibles los sueños.

Carlos Barbarito

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