PALABRAS, PALABRAS | ESTIGMA

Las manos de Jesús constituyen el antecedente más sobresaliente, pero el estigma no siempre devino sobrenatural en el cuerpo de algunos elegidos, como símbolo radical de la participación en la pasión cristiana. Alejados de aquellas presunciones reservadas a teólogos y creyentes, muchos otros recibieron en sus cuerpos la marca impuesta con un hierro candente, a modo de pena infamante, o para señalar la esclavitud. El estigma funcionaba como edicto del desdoro, o la afrenta. Visible, a la vista de todos.

Mucho más frecuente y generalizado en este tiempo, el estigma social constituye una marca simbólica que recae sobre individuos o grupo social, sin llegar a achicharrar la piel, pero no exenta de dolorosa portación. La sociología adjudica el término a la pertenencia a un grupo menospreciado (por cuestiones étnicas, religiosas, nacionalidad, etc.), distinguiéndola de nociones orgánicas, ya sean físicas o psicológicas, igualmente tan difundidas entre nosotros.

El estigma deviene condición, atributo, rasgo o comportamiento que deriva al portador a una categoría que merece un tratamiento negativo, porque se los presupone inferiores. La estigmatización social refiere a una creencia generalizada que genera rechazo y temor a todos los que son percibidos como diferentes. La pobreza es causa directa de recelo y de sospecha.

La escarpada batalla contra la inseguridad reinante, acentúa el miedo y motiva el reclamo de soluciones expeditivas, ya que los mecanismos convencionales se muestran impotentes para frenar robos, violencia y muertes. La derecha más autoritaria logra ondear sus peores banderas, agitadas por quienes simplifican creyendo que dos pibes pobremente vestidos, con gorrita y en moto personifican de manera irrefutable la perturbación. Frente a ello, no se requiere prueba ni confirmación. Mano dura, como antídoto imprescindible para restablecer la tranquilidad extraviada.

Cierto neo-fascismo, de reciente y preocupante instalación, recluta prosélitos prometiendo el regreso a la felicidad perdida, bastando tan solo para ello la ejecución en plaza pública de algunos pocos, sin necesidad de juicio ni paparruchadas previas. La tele festejará “¡uno menos!”, con indisimulable y bestial satisfacción; en la cola del Pago Fácil, denostarán a Zaffaroni quienes nunca vieron de cerca un ejemplar del Código Penal y hasta la Casa Rosada ponderará a quien la Justicia luego se encargará de condenar por el asesinato de una persona inocente -como todas- hasta que se demuestre lo contrario. Estampillas de esta declinación moral e intelectual que agobia.

La cara, la ropa, el barrio, constituyen motivo suficiente de estigma. Sus múltiples portadores caminan expuestos al recelo colectivo. Les tememos, los esquivamos, y -en el fondo- los detestamos; su trágico final, aunque evitable e injusto, no nos conduele. Luciano dejará de ser noticia; Lucas pronto será olvido, como lo fuera antes Carlitos Quiroz; sus muertes, apenas, serán un módico precio a pagar por la impostergable demanda histérica de la gente bien de esta sociedad.

Rody Piraccini

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