FLORENCIA AROLDI

“SER ARTISTA ES MI MANERA DE SOPORTAR LA INCERTIDUMBRE DE LA EXISTENCIA”.

Florencia Aroldi quizás sea la autora teatral más requerida en estos últimos tiempos. No para de trabajar y escribir para actores y directores que recurren a su exquisita creatividad. Conmueve en Buenos Aires con una obra que relata los últimos días de la vida de Raúl Scalabrini Ortiz, el gran pensador nacional y popular, protagonizada por Alejandra Darín y Pablo Razuk y representada en el teatro -Picadero- que su “padre adoptivo” Osvaldo Dragún vio caer tras una bomba colocada arteramente por los “hombres” de la dictadura genocida a fin de callar «Teatro Abierto» que solo hablo más fuerte. Hablamos de Osvaldo Dragún, uno de los más importantes autores y militantes del teatro nacional. Pero no olvidamos, si los antecedentes de la entrevistada vienen al caso, de sus padres biológicos, la inmensa María Ibarreta y el inolvidable y querido Norberto Aroldi, actor, poeta y autor de “El andador”, entre otros clásicos de nuestro teatro.

Toda esa “melange” hereditaria funciona como estímulo de esta joven autora con estilo propio que siempre tiene una sonrisa para hablar de sus nuevos proyectos y trabaja incansablemente noche y día en torno a ellos.

Con Florencia Aroldi estuvimos, porque le consideramos una de las dramaturgas más indicadas para hablar de la tarea de compaginar historias para ser volcadas en el arte de representar en esta actualidad en que el arte se enfrenta con circunstancias inciertas y desconocidas.

¿Cómo accedes a la dramaturgia?

Siento que accedo desde adentro, desde el interior. Nací en un hogar donde el teatro estuvo presente en todas sus expresiones posibles: en los diálogos, en la forma de preparar la comida, en la forma de celebrar los cumpleaños, en la forma de enojarse, en la economía, en la agenda familiar, en los ensayos a los que iba para que no me quede con mi hermano Sebastián, solos en casa, pero también por decisión de mi madre María Ibarreta. Para mí escribir era como jugar a la rayuela con las palabras. Jugar a armar oraciones con los títulos de los libros de la biblioteca. Desde adentro también porque estoy segura que desde la panza sentía los personajes que mi vieja creaba, y algo de las lecturas de todas las obras me llegaban por el cordón umbilical. Desde adentro también porque a mi viejo, Norberto Aroldi, lo encuentro, todavía, adentro de sus obras. Desde adentro porque crecer con Chacho (Osvaldo) Dragún además de lo familiar y afectivo fueron postas de dramaturgia en la playa de Uruguay, en su escritorio de nuestra casa de Humberto Primo, o las tantas charlas donde él hablaba de su gran pasión: la escritura. Y me la contagió con su ADN místico. Después viene lo más maravilloso: la elección de ser lo que uno desea ser; coincidir con eso es la sensación de libertad y de identidad más placentera que puedo experimentar.

LA MÁGICA HERENCIA

¿Qué me podés contar de tus recuerdos de Norberto Aroldi, tu padre; de Osvaldo Dragun pareja posterior de tu madre con quien conviviste en tu adolescencia y de tu madre misma, una de las mejores actrices argentinas, María Ibarreta, ex Mariàngeles?

Mi viejo se murió cuando yo tenía tres años y diez meses. Los recuerdos son difusos, porque se mezclan con relatos familiares, o fotografías. Pero lo que sigue viva es su poesía, donde él juega conmigo en el tiempo y me va diciendo cosas porque sabía que se acercaba su fin en este plano físico. Lo encuentro, como mencionaba antes, en muchas de sus obras. Ser artista no tiene horarios y es una profesión que te ayuda abolir el tiempo en su ritual de ejercerlo. Él está y lo encuentro en sus tangos, en sus guiones de pelis, ahí están sus huellas digitales. Su firma. Su memoria. De muy chica lo leí y mucho, y eso marcó una poética en mí. Una forma tierna y sencilla de ver la existencia. Una mística personal con sello propio. Una sensibilidad y una humanidad que transpiraba en todos sus escritos. Una herencia importantísima; habilitarme a que lo supere a través de mi fe (no religión), fe en el milagro de la existencia. Y eso es un montón. Dragún, un capítulo aparte, pero dentro del mismo libro, un tipo lúcido como pocos, taurino, como yo, nos sacábamos chispas por momentos. Generoso intelectualmente hablando, cuando me tomaba las lecciones del colegio, no me regalaba nada, la edad no era una condición de inferioridad, me enseñaba a no estudiar de memoria ni a repetir como un loro, me llevaba siempre a la reflexión personal, a que razone por mí misma. De él aprendí un montón y sigo aprendiendo. Son seres poco convencionales, sin duda. No hacían cosas que hacían los demás padres, ni mejores ni peores, pero muy distintos. Desde ir a un teatro a las 5 de la mañana luego de ser atacado con bombas y dar un discurso en plena dictadura, hasta decir hoy no vengo a cenar voy a comer con Arthur Miller, recibir personas en mi casa, hablar en mil idiomas mal pronunciados cuando hablar por larga distancia era rarísimo. Era exótico, un apasionado. Y eso también, a la hora de escribir, lo tengo muy presente. Por última, la que es primera, mi madre María Ibarreta, una maravillosa actriz con un montón de cualidades admirables, comenzó en esta profesión a muy temprana edad, cinco años, y eso no es un dato menor. Además de ser parte de la historia de la televisión, y el teatro nacional, estar en este ambiente, y en esa época no es algo sencillo de llevar, en un mundo machista, en un ambiente hiper competitivo, crecer y trabajar sin conceder profesionalismo, honestidad, convicción es algo digno de admirar y aplaudir de pie. Ser mujer actriz en un hábitat con cánones frívolos, tener una mamá que nunca, pero nunca cedió ante presiones y siempre puso por delante su ética, a pesar de las dificultades económicas, es algo que atesoro y de lo que sigo aprendiendo. Mi madre me enseña que una carrera no es uno o dos trabajos, sino la constancia en el tiempo. De ella aprendo la profundidad, el profesionalismo, y la inteligencia a la hora de abordar cualquier trabajo.

Norberto Aroldi su padre biológico, Flor, María Ibarreta su madre, y su padre de crianza Chacho (Osvaldo) Dragún

LA DRAMATURGA

¿Qué es ser dramaturga?

Es mirarlo todo con el prisma de la estructura dramática, es preguntarse sobre lo que muchas veces damos por obvio: la vida, el amor, la muerte, el sistema económico, dios, la familia. Es re cuestionar todo el tiempo el paradigma moral imperante a través de lo lúdico que propone una historia atravesada por conflictos. Es pensar metafóricamente, imaginar y fantasear con un mundo cada vez más humano. Es mi manera de soportar la incertidumbre de la existencia.

¿Cómo desarrollas la génesis de una obra teatral?

Cada obra es diferente. Pero siempre trabajo con la metáfora, la estructura dramática. Siempre hay una imagen disparadora, puede ser una palabra, una anécdota. Siempre es algo que queda latiendo en mí como una pregunta. Ahí donde veo contradicción, en mí misma, ahí profundizo.

¿Sobre qué preferís escribir o tu “abanico” abarca todo?

Escribo sobre lo que me llama la atención, lo que me duele, o dolió, lo que quiero sanar, lo que necesito tematizar. Sobre las heridas, individuales y sociales.

¿Qué te entregan los actores y actrices argentinos para pensar en elles cuando generas personajes para tus obras teatrales?

Los actores y actrices para mí son seres especiales, los amo. Los comprendo. Quisiera que todos y todas obtengan lo que se merecen. Puedo decir que conservan esa parte de niños y niñas, ese juego, ese entusiasmo, esa pasión por empezar a jugar. Me convidan parte de su infancia y yo los abrazo de la mejor manera que puedo y sé, poniéndoles palabras a eso que no pueden pronunciar pero en lo que son sabios y sabias. Si no siento ese amor, esa entrega, ese enamoramiento, no puedo ni quiero.

¿Cómo ves el teatro independiente argentino pospandemia?

No tengo perspectiva, estamos cerca, está sucediendo aún. Veo las ganas desenfrenadas por pisar los escenarios, porque lo pide el alma, estamos todos y todas habitando los teatros que nuestra manera de vivir. Necesitamos políticas culturales; las hay, pero aún hacen falta más recursos porque son muchos los compañeros y compañeras que la están pasando mal. Aún la pospandemia no llegó, todavía falta mucho.

¿El autor capitalino escribe con sentido federal; investiga lo que pasa en el interior del país?

Acá sucede algo particular. Muchos autores y autoras que no son capitalinos y sin embargo residen aquí traen impresa su idiosincrasia. No lo sé. En mi caso soy porteña hasta la médula. Sin embargo, mis textos se representan en varias regiones del país. Cuando escribo voy más a lo que no atraviesa horizontalmente, esa argentinidad que no depende de una provincia en particular. Trabajo conflictos que pueden ser interpretados federalmente. Y como en mis obras casi todo es metáfora, es de decir que son y no son a la vez, no pasa por ahí. Recientemente adapté para radioteatro una obra que sucede en Santiago del Estero, sobre el mito de la Telesita para tratar el caso de Marita Verón, el elenco no es en su totalidad porteño, pero a la hora de decidir si hacíamos la tonada decidimos que no, porque nunca lo haríamos como los verdaderos santiagueños, y no me parece que la obra pierda potencia por eso. Tal vez todavía no ahondé en la problemática. Pero creo que los temas que abordo sobre la libertad, la injusticia social, el abuso sexual, por nombrar algunos, pueden extenderse a cualquier lugar de la argentina y del mundo.

Si tuvieras que pensar en alguien que haya sido ejemplo y base en tu tarea, ¿a quién nombrarías y por qué?

Gracias por esta pregunta porque me quedaba afuera. Mi abuela Amelia Elsa, quiso ser artista y no la dejaron. Ella me habilitó en la escritura, fue muy generosa. Me pasó la posta de algo que no tenía, eso es amor. Yo le dije que cuando sea grande quería ser escritora como María Elena Walsh, y ella me respondió que cuando sea grande –yo con seis años en ese momento-, tenía que ser escritora pero como yo, aunque ese otro sea María Elena Walsh. Fue el seminario de dramaturgia más breve y más extenso. Hoy estoy terminando una obra a su memoria. Para mi escribir es la posibilidad de mejorar el relato para pasar una historia más afectuosa y humana a las nuevas generaciones y siempre pienso en Genaro, mi hijo de 13 años, que le toca vivir en este mundo, fascinante y cruel que tendrá que dejarlo un poco mejor de cómo lo encontró.

Contame de tus proyectos

Reponemos Scalabrini Ortiz en el Picadero; Telesíada rezabaile Nacional radioteatro; Glamour de Camping; Las Azurduy en San Francisco EEUU; Dintel 15/20 teatro por conexión, entre otros varios más.

Jorge Sharry

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