ZULMA MARTINI | POEMAS | CUENTO

La autora bucea en las huellas incognoscibles de las existencias rotas, las que no podrán repararse. En ese camino dual, entre la oscuridad y el reconocerse en los claros, a veces aparece la esperanza.

La belleza escruta sus formas, también en lo doliente. En una paloma blanca que anestesia la herida, en los brazos que no alcanzan para acunar la carencia. En un Dios que desciende para saberse humano. En el grito que se silencia en el duelo.

Internarse en el universo de estos textos es asumir el riesgo de mirarse, como en un fotograma, en cada palabra, en cada imagen y no salir indemne.

Carmen Rolandelli

Zulma Martini

Dios no hace los buñuelos algunas noches”
                                                                         Antonio Milisenda
                                                                  

Solo eso

Se tapa con la manta de hilo raída
harto de escuchar el ritmo de la queja,
el rezo de las viejas encendiendo las velas.
Se esconde detrás de la rata hambrienta
que corre asustada en el desagüe.
Me dijo que no quiere más.
No más rodilla sangrante expuesta a las caricias perversas.
Vino y pan entre las piedras.
Soledad y descanso.
Vino, pan y sexo con la Magdalena.
Sólo eso.
Todo es perfecto.
No quiere más.
Se bajó de la cruz sin pedir perdón.
Dios le hace buñuelos esta noche
pone sándalo en el hornillo, apaga las luces y sale al patio a fumar.
Su hijo copula sin culpas.

Estaba la paloma blanca
sentada en verde limón
con el pico cortaba la rama
con la rama cortaba la flor

Juega a la paloma blanca
Es su turno
Sus ojos brillan en el centro de la ronda
En cuclillas sigue los movimientos del grupo.
El canto de las niñas tapa el relato morboso,
encubre el doble maltrato
La niña juega a la paloma blanca
y la carcajada disfraza el dolor.
En un aleteo olvida.
Olvida el abuso de su hermana y el novio.
Olvida la invasión de su sexo y sus senos.
Olvida su boca ultrajada.
Juega a la paloma blanca y en un halo de protección no escucha.
No escucha la perversión de su maestra
relatando a su lado lo sucedido.

Colapso

Y quien dijo que no, si sí
Si un cepo inmoviliza cada noche
no a uno sus huesos
los hombros
el pubis
las piernas
el amor
Colapsa
Y deviene ente sangrante
Duele
Duele descaradamente el duelo
Lo grita
Lo grita paralizado
para que no se oiga su silencioso gemir
Para que todos los que saben que está
no se regocijen en él.

EL SUEÑO DE MARTÍN

Lo vio apoyar la mochila en el piso y sentarse en la silla. Tirarse en la silla.

Lo vio bostezar varias veces mientras explicaba el mecanismo de los divisores comunes máximos y los múltiplos comunes mínimos.

Se sentaba en el primer banco con Andrés. Eran una conjunción perfecta. Andrés, morocho, de ojos transparentes, siempre impecable, muy humilde pero limpito. Daba gusto acercarse a corregirle algún ejercicio y embriagarse del aroma a crema de enjuague en su cabello brilloso. Martín rubiecito, pelos duros desteñidos, lavados con jabón blanco; tez áspera y ojos bien negros. Negros, muy negros. Como sus manos, sus talones y su ropa de varios días con resabio a leña.

Cada vez que le tenía que corregir algo, le pedía que le alcanzara el cuaderno al escritorio. Eso le permitía quedarse sentada, tenerlo alejado y evitar por unos momentos el dolor de su olor impregnándose en su nariz.

Lo vio bostezar varias veces, quedarse dormido apoyado en el antebrazo y levantar la cabeza de golpe, cuando en su explicación cambiaba el tono de voz o hacia alguna pregunta sobre el tema.

Al tocar el timbre para salir al recreo, le pidió que se quedara un ratito para preguntarle qué le pasaba, que ya lo había visto así varios días.

-No estoy desayunando, seño- le respondió.

A partir de ese día fue incluido en la lista de los niños que concurrían al comedor un rato antes del ingreso al aula, a recibir la copa de leche. Bah, de mate cocido con algo de leche y algunas rodajas de pan, que si era principio de mes venían con mermelada y si no a agradecer que sea pan del día.

Cada tanto lo volvía a ver dormitando en algún momento de la mañana.

Uno de los días lo vieron llegar mojado a la escuela, ya durmiéndose y a paso lento. Estaba lloviendo. Había llovido casi toda la noche. A nadie le extrañó. Desayunó despacio, con los ojos entrecerrados, pero en el aula estuvo más atento que nunca. Estornudó varias veces, moqueó otro poco. Al terminar la jornada escolar era una mezcla muy rara de mocos, tierra y pullover duro de tanto limpiarse la nariz con el antebrazo.

Varios días pasaron normalmente, clases esperables, algún que otro llamado de atención por alguna pelea entre niñas, alguna charla fuera del tema para facilitar la convivencia en el aula y el respeto entre todos los compañeros. Juegos para hacer más amena alguna explicación que costaba entender, investigaciones en grupo, trabajos individuales, dramatizaciones y el tema del día programado dentro de lo estipulado.

Dos días de lluvias intensas. El primero de inasistencia marcado en el registro con el número indicado para motivo lluvia en el casillero de varios de los alumnos.

El segundo lo vio a Martín llegar otra vez dormido. Dormido y mojado.

Ya no preguntó. Supuso el motivo, vivía lejos, en una casa sencilla de mampostería y chapas como había contado en una de las clases sobre tipos de vivienda.

Lo que no contó es cuántos, con qué y cómo vivían dentro de la casa.

Fue Andrés el que contó. Andrés le contó a ella sola, la seño. Se lo contó un día que Martín se fue llorando porque lo había mandado al baño a lavarse la cara en el recreo y no volver hasta que no estuviera bien despierto. Por eso Andrés le contó. Y fue respetuoso. No le contó delante de todos sus compañeros como ella lo mandó a lavarse la cara.

Andrés, esperó que todos estuviesen en el bochinche de la hora de música mientras aprendían ritmo, pulso y acento.

Entonces se escapó de la sala y fue al salón donde ella estaba corrigiendo cuadernos.

Y le contó.

Le contó que Martin vivía en una casa muy pequeña con una habitación grande donde no había mesa, y solo unas pocas sillas. Camas amontonadas y un lugar que hacía de baño con un inodoro y sin techo. Y que cuando llovía mucho en la parte de las camas se hacía como una cascada justo en el medio de la pieza.

-Así como un chorro ¿vio, seño?

-Entonces corren las camas para un lado y dejan la grande en el medio. Son ocho en la casa, ¿vio? La mamá, el papá, la abuela, él, las dos hermanas, el hermano más grande, Marcos el que va a séptimo, y la prima que se fue de la casa porque la mamá la fajaba.

Ocho son. Entonces, como le decía, duermen de a ratos los días de lluvia. Sí, de a ratos. Ponen la cama grande en el medio y agarran un pedazo de silo bolsa que tienen para cuando llueve. El Martín, el Marcos, el papá y la mamá duermen primero 3 horas, dos de un lado y dos del otro, mientras las dos hermanas, la abuela y la prima tienen una de cada punta el naylon. Una parada dos sentadas en sillas y una sentada en el piso. Entonces el chorro de agua cae en la parte más alta y baja derechito hasta la zanja que hicieron en el piso para que salga por debajo de la puerta. A eso de las 3 de la mañana cambian. Se hacen las siete, todos se acomodan para hacer lo que hay que hacer vio. Y salen.

Por eso se duerme Martin, seño.

Por eso.

Martin no volvió a clase después de la hora de Música, tampoco había estado allí. Ella lo fue a buscar. Y lo encontró. Lo encontró dormido al lado del lavatorio del baño.

Lo miró, se sentó a su lado y lo acunó. Lo acunó hasta que, con sus once años, Martín abrió los ojos, se encontró con su seño, se puso muy colorado y salió corriendo.

Ella lo miró. Lo miró irse y con sus largas uñas bien arregladas y pintadas se arrancó los ojos.

Zulma Martini

Carmen Rolandelli

La Meresunda

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