SOBRE AQUELLOS «TEXTOS FUNDAMENTALES»

…el efecto poético es la capacidad que exhibe un texto para continuar generando lecturas diferentes, sin ser consumido nunca por completo…
                                                                           Umberto Eco

Hace unos días, leyendo de manera aleatoria y sin pretenciones, como a veces me gusta leer, esto es: libros ya leídos (suelo entrarles en una página cualquiera al azar), artículos culturales de dudosa actualidad, artículos de actualidad de sospechosa veracidad, o de probada veracidad, pero de nula utilidad, me encontré con una expresión que me despertó una curiosidad casi existencial, esa expresión era: “aquellos textos fundamentales”.

La pregunta que inmediatamente me asaltó fue: ¿fundamentales para quién?

Hasta acá, nada del otro mundo, cada tanto suele aparecer algún artículo periodístico recomendando “aquellos cinco textos fundamentales que toda persona debería leer antes de morirse”, así, sin más. Yo no sé si esa expresión exacerbó de alguna manera mi costado narcisista, pero lo cierto es que lo tomé en un sentido personal: aquellos textos que a mí me habían resultado fundamentales, más allá del canon que establece la industria cultural, o la academia.

Así que comencé a pensar para atrás. Y la verdad es que no tuve que esforzarme demasiado.

Retrocediendo hasta el comienzo de los tiempos llegué al fin a la génesis de mi afición por la lectura: Nippur de Lagash y el Corto Maltés. Lo siento, pero si alguien esperaba algún texto de mayor sofisticación me va a tener que disculpar. Todo lo demás, en todo caso, vino después.

Hasta ese momento La Isla del Tesoro de Stevenson, el Moby Dick de Melville, el Sandokán de Salgari o Las Aventuras de Huck de Mark Twain no significaban para mi absolutamente nada. No porque les restara importancia, sino porque sencillamente ignoraba su existencia. Debo reconocer que siempre fui un chico tardío.

Creo que hasta ese momento mi sentido de la aventura estaba reducido casi únicamente a la fantasía futbolera de imaginarme como el 9 goleador de Racing, algo así como el sucesor natural del Chango Cárdenas.

Pero volviendo a Nippur, el caminante, todavía recuerdo como si fuera hoy esa tensión en el cuerpo y el sudor cayéndole por el torso desnudo después de batallar en Egipto, o en las llanuras sumerias contra asirios e hititas; y esa retirada final, hasta el próximo capítulo, herido y con el parche de cuero negro en el ojo, sólo, con la espada en una mano y el escudo en la otra. Claro, a esa edad, esos finales eran perfectos.

Con el Corto Maltés ya era otra cosa, además de la aventura de surcar los mares en busca de las minas del rey Salomón, o llegar a estas pampas en donde se reencuentra con Jack London y conoce a Butch Cássidy, o sus aventuras en el Amazonas, o en Somalia, o en el sudeste asiático peleando contra las mafias del opio, del contrabando de armas, o los piratas filipinos, cada tanto aparecía una muchacha que prometía algún que otro beso. ¡Éramos tan pobres!

Después vinieron los años del secundario y los amigos nuevos de la vida que traían sus propios textos bajo el brazo. Entonces apareció el Quijote, y fue como si estuviese viviendo una experiencia onírica, un sueño confuso, pero a la vez rebosante de vida. Por supuesto que yo ignoraba que el Hidalgo Caballero había inaugurado con su llegada en el siglo XVII la era de la novela de sucesos que, según Saer, termina con Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, a finales del siglo XIX.

Cuando me crucé con Gógol descubrí en las páginas de La Nariz la metáfora social. El tipo que un día se levanta por la mañana y al mirarse en el espejo comprueba, con espanto, que había perdido la nariz.

Y es en ese periplo por las calles de Petersburgo para recuperarla, entre puentes cubiertos de nieve, pesados carruajes y tediosas oficinas públicas donde aflora la ácida crítica a la sociedad rusa del siglo XIX.

Recuerdo perfectamente el momento en que me tropecé con Rulfo, y digo así porque generalmente los libros han venido a mí, en la mayoría de los casos no salí a buscarlos, es decir, mi relación con ellos está signada más por el azar que por la voluntad. “Vine a Comala porque me dijeron que acá vive mi padre. Un tal Pedro Paramo”, narra Rulfo en un párrafo tan sencillo, tan ausente de afectaciones, tan perfecto. Cada tanto me parece escuchar ese apagado y triste murmullo de las almas en pena de Comala, que no expresan tan sólo su propia voz sino también, y fundamentalmente, la del pueblo mejicano. Por supuesto, me refiero a Pedro Páramo.

Con Borges me pasa algo particularmente extraño. De todas las obras del autor que forman parte del Olimpo de la literatura universal, es precisamente una que no acapara aquella especial atención la que me conmovió de manera particular. Me refiero a El Inmortal: “ser inmortal es baladí, menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal”.

Borges, con este texto, me acercó a la idea del sinsentido. O, dicho de otra manera, al sentido que la noción de finitud le otorga a la existencia.

Y, por último, Noche para el negro Griffiths, de Abelardo Castillo. Este texto me regaló dos de las más bellas imágenes que un texto pueda ofrecer a un tipo como yo. La primera: esos carromatos cargados con las prostitutas negras echadas de los lupanares de New Orleans, seguidas por las bandas de jazz que en lenta peregrinación ejecutaban su melancolía bajo la forma de una marcha fúnebre, pero alegre.

Y la segunda, el contrapunto entre ese viejo y oscuro trompetista negro y el brillante y joven saxofonista, mientras el protagonista caminaba por una oscura calle de Barracas. Ese saxofonista, según algunos críticos especializados, no sería otro que el saxofonista de El Perseguidor, de Cortázar.

Uno, con el tiempo, aprende a amar los libros, pero siempre tiene la sensación de que en realidad no ha leído nada. Porque predomina la intuición de todo lo que queda por leer.

Pero ¡ojo!, Césare Pavese hacía una advertencia: “con los libros ocurre lo mismo que con las personas, hay que tomarlos en serio, pero debemos cuidarnos de no convertirlos en ídolos, en meros instrumentos de nuestra pereza”.

Y agregaba: “el hombre que no vive entre libros y se acerca a ellos con esfuerzo y humildad, pero además, con la inconsciente fuerza que le permite acercarse a las palabras con el respeto y la ansiedad con la que nos acercamos a una persona predilecta, vale mucho más que la cultura, más aún, es la verdadera cultura. Los libros no son el hombre, son un medio para llegar a ellos. Quien ama los libros y no ama a los hombres es un fatuo y un réprobo”.

Uno siempre espera de un libro que le proporcione, entre otras cosas, una mirada que le ayude a comprender la verdadera naturaleza del alma humana. Menuda empresa.

El escritor portugués Lobo Antunes sostiene al respecto que: “lo verdaderamente humano son los rincones del alma, y de eso se ocupa la literatura”.

Creo en eso, pero siempre teniendo la precaución, como decía Pavese, de entender que el libro no es el hombre, sino una manera de llegar a él.

En fin, como se comprenderá, los textos antes mencionados no son más que un recorte arbitrario en honor a una brevedad saludable.

Dejo afuera, entre otros, al Mascaró de Conti y su compromiso fatal; a Macedonio con su Museo de la Novela de la Eterna y su desenfadada manera de destruir el sistema realista de representación; a Márechal y su mitología vernácula del Adán Buenosayres y a Jorge Amado, quien junto a Guillén, para mi gusto, quizás hayan sido los que mejor reflejaron la negritud en América.

Ignoro si estos textos forman parte de algún canon, esos que determinan cuales son aquellos textos o autores que una persona debería leer antes de morirse.

Pero éstos son algunos de esos textos o autores que de una u otra manera cambiaron mi percepción de la realidad y del mundo, o en su defecto, me hicieron vivir realidades y mundos nuevos, hasta ese entonces desconocidos. Aunque sea por un rato.

Seguramente usted tendrá los suyos.

Eduardo Viti Correa

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