LECTURAS SIBARITAS

Cualquiera que lea ficción se habrá encontrado con líneas en las que alguno de los personajes manduca. En general la comida es marginal en la trama, sin mayor relevancia a la hora de analizar la obra y suele quedar en el vacío de las elipsis. Es claro que los seres de ficción no necesitan alimentarse, por tratarse de entidades sin existencia corporal, pero esa cuestión de la verosimilitud, más otras yerbas de las convenciones, provocan que un humano ficticio deba comportarse medianamente como uno real y sea puesto en situaciones de deglución.

Si bien, como dije antes, la comida suele manifestarse en situaciones secundarias, hay ejemplos de relatos, ni hablar de poemas, en los que ocupa un lugar destacado, o es llanamente substancial. En estos casos no deberíamos desestimar el nivel de sibaritismo la autora o autor. Entonces, ahí tenemos al poeta Nicolás Guillén que le dedica un soneto a Rafael Alberti acompañado de un jamón que va de regalo: “(…) Quiera Dios, quiera Dios, quiera Dios, quiera/ Dios, Rafael, que no nos falte el vino, / pues para lubricar el intestino, / cuando hay jamón, el vino es de primera (…)”. Por supuesto, Alberti le agradece a Guillén con otro poema: “Hay vino, Nicolás, y por si fuera / poco para esta nalga de porcino, / con una champaña que del cielo vino /hay los huevos que el chancho no tuviera (…)”. Y está La novela de Laura Esquivel, Como agua para chocolate, de la que por ser tan mentada solo haré mención. Una narrativa de este tipo, cercana a mis intereses lectores y culinarios, es la que tiene como protagonista a Héctor “El Sapo” Vizcarra, personaje de Federico Levin. Vizcarra es un detective improvisado y sin vocación, protagonista de las novelas que componen “la trilogía del hambre”: Ceviche, Bolsillo de cerdo y La lengua estofada. “El Sapo” inicia su derrotero detectivesco recorriendo comederos de Almagro en busca del ceviche perfecto antes de involucrarse como investigador de la muerte en escena del líder del grupo musical “Sus Majestades Incaicas”.

Otro detective de novela, en este caso uno profesional, que cada tanto disfruta de una comida suculenta y alguna que otra bebida espirituosa es Mario Conde, creación del escritor cubano Leonardo Padura. En La cola de la serpiente, ya desde la primera página el narrador se mete en los pensamientos de Conde que trata de dilucidar qué es un chino y termina conjeturando que, más allá de los rasgos físicos, y del remoto y casi mítico lugar del que proviene, según sus prejuicios y escasos conocimientos, para él “un verdadero y cabal chino, debía ser ante todo un hombre capaz de concebir los platos más insólitos que un paladar civilizado se atreviera a saborear. Codornices cocidas al jugo de limón y gratinadas con pulpa de albahaca, berza, jengibre y canela, por ejemplo. O masas de puerco revueltas con huevos, manzanilla, zumo de naranja dulce y finalmente doradas a fuego lento en una sartén insondable llamada wok, sobre una capa de aceite de coco, por ejemplo”. Ya avanzada la trama, Conde es invitado a comer a la casa de Juan Chion quien se apersona a la mesa con una hermosa sopera adornada con serpientes emplumadas azules. El contenido huele bien según el detective, que inmediatamente le pregunta al cocinero de qué se trata el plato. Un Chion burlón le responde que es “sopa de pelo chino”. Ante el asombro del comensal el anfitrión le aclara que es una “bloma”, que en realidad se trata de “una sopa de alós y pescao blanco, con huevos y tilas de col”. Ni bien Conde prueba la comida suelta un “Coño, viejo, sabe bien, la verdad” mientras vuelve a hundir la cuchara en el caldo espeso y viscoso.

El barón Kaspar Joachin Utz vivió en Praga. Poco después de su muerte, el narrador de la novela Utz, que podría tomarse como un alter ego de su autor, Bruce Chatwin, rememora una buena parte de la vida del barón, minucioso coleccionista de porcelanas Meisnen (Chatwin trabajó en la casa de subastas Sotheby´s). La historia se sitúa en la Praga posterior a “la primavera”, ya bajo el orden soviético. La escena que nos convoca transcurre en el restaurante “Pstruh”, que significa “trucha” en checo. Los comensales son el narrador, Utz y el doctor Orlík. El barón, luego de leer la cartilla de menús que le ha acercado el “maître”, lo llama agitando la servilleta “como si fuera una bandera de tregua”. Pide “truite au bleu”. El “maître” le dice que no hay truchas. El barón protesta, ha visto al ingresar al salón un acuario lleno de truchas. “No hay red”, se excusa el mozo. Utz le hace ver que la semana anterior había red. “Se rompió”, es la justificación del “maître”. Inmediatamente, con un dedo en los labios les susurra la verdad: todas las truchas del acuario están reservadas. Cuatro hombres gordos comen truchas en una mesa próxima. Resignado, Utz pide anguilas. “No hay anguilas” sentencia el “maître”, antes de informales que solo tienen carpa. En el menú, la traducción al inglés de la palabra “carpa” aparece como “crap” en vez de “carp”. El narrador les hace ver a sus compañeros que en inglés “crap” significa “excrementos, mierda”. El doctor ríe y le lanza una broma pesada a Utz, que sin prestar atención al exabrupto pide sopa y “carpe meunière”. El doctor Orlík ordena “¡Sólo crap!”.

El toque gourmet de esta selección caprichosa lo da el cuento “El festín de Babette”, escrito por Karen Blixen, bajo el seudónimo Isak Dinesen. Relato en el que se inspira la deliciosa película homónima de Gabriel Axel. El cuento transcurre en Berlevaag, un pueblo noruego. Babette es la criada francesa de dos ancianas puritanas, Martine y Philippa, bautizadas así en honor a Martín Lutero y Philip Melanchton por su padre, un deán fundador de un culto reconocido en Noruega. Sus miembros deben renunciar a todos los placeres del mundo, pues para ellos la Tierra y cuanto contiene no es sino una especie de ilusión, la verdadera realidad está en la Nueva Jerusalén.

La presencia de Babette resulta en principio extraña en esa casa. Los vecinos la justifican debido a la piedad de las hermanas, “Babette había llegado a esa puerta hacía doce años, fugitiva y sin amigos, y casi loca de aflicción. Pero la verdadera razón de la presencia de Babette en la casa de las dos hermanas hay que buscarla más atrás en el tiempo, y más profundamente en el dominio de los corazones humanos”.

Babette muestra un talento superior para la cocina. Las hermanas le enseñan a preparar bacalao y una sopa de pan con cerveza. A la semana la criada francesa prepara esa comida como cualquiera de los locales. Esto alerta a las hermanas, pues para ellas la vida lujosa es pecado, la comida debe ser lo más sencilla posible.

Babette, que merced a su eficiente administración ha logrado disminuir los gastos de la casa, gana el “gran prix” de la lotería francesa y decide gastar el dinero en un banquete. Las hermanas quedan sorprendidas cuando la criada les suplica del modo más humilde que le permitan organizar una cena para conmemorar el aniversario del deán. Babette quiere preparar en esa casa puritana una cena francesa, una verdadera cena francesa. Después de la negación inicial, las hermanas aceptan resignadas, de ese modo le agradecen a la criada su eficiencia.

Afuera nieva. La reunión se inicia de manera más bien solemne, pero bocado tras bocado, trago tras trago, las y los comensales se van abriendo al regocijo, al goce. “Muy frecuentemente la gente de Berlevaag, en el curso de una buena comida, se siente algo pesada. Esta noche no ocurría así. A medida que comían y bebían, los convives se sentían cada vez más ligeros de peso y de corazón”. Beben amontillado, “¡El mejor amontillado que he probado jamás!”, piensa el general Loewenhielm. Toman sopa de tortuga, “¡Y qué sopa!”, vuelve a pensar el general, evoca una cena en París. Beben un champagne Veuve Cliquot de 1860, y las hermanas tratan de dilucidar de qué bebida se trata, descartando que sea vino e intuyendo que podría tratarse de una especie de limonada. Los comensales degustan cailles en sarcophagu y una serie de exquisiteces.

“Cuando finalmente se disolvió la reunión, había cesado de nevar. El pueblo y las montañas tenían un esplendor blanco, ultraterreno, y en el cielo brillaban miles de estrellas”.

“La grey del viejo deán estaba formada por gente humilde. Cuando, pasado el tiempo, pensaban en esta noche, nunca se les ocurría que aquella exaltación se debiera a sus propios méritos. Se daban cuenta de que les fue concebida la gracia infinita de que el general Loewenhielm les había hablado, y ni siquiera se maravillaban de ello, pues no había sino el cumplimiento de una esperanza siempre presente. Las vanas ilusiones de este mundo se habían disuelto ante sus ojos como el humo y habían visto el universo como verdaderamente es. Se les había concedido una hora de eternidad”.

Miguel Fanchovich

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