DON ENRIQUE

Tal vez el sentido más profundo de la Patria, esté en la infancia, en el descubrimiento compartido de los deseos y los dolores. Allí comienza todo, en lo individual y en lo colectivo. La escuela, el barrio, los juegos. El universo simbólico con otres. La transmisión de los rudimentos, del uso de lenguajes y herramientas. La invención cada vez de músicas y culturas. Cada vez, como nuevo. Una incesante creación.

Era un hombre de otro siglo, y más aún viéndolo desde este presente pletórico de artefactos, pantallas y ausencias. Pero, definitivamente, era de otro tiempo como escapado de un cuento del suburbio. Un festín para Borges o Arlt hubiese sido aquel hombre, aquellas historias familiares de la chacra con 21 hermanos y la maestra a domicilio sembrando saberes y rivalidades platónicas.

En su lejana juventud fue carrero, un oficio olvidado por la evolución de las costumbres y de las máquinas. Su yegua más querida se llamaba “Preciosa” y dicen quienes la conocieron que su belleza homérica era digna de otras épicas. Cuchillo infaltable a la cintura, pañuelo al cuello y gorra ladeada sobre la frente curtida por mil soles y el Pampero de otros tiempos. El sombrero negro solo aparecía en contadas y especiales ocasiones: los casamientos o los velorios.

Él había construido con sus manos el rancho en el que vivía, esas manos que al tocarlas con mis manos de niño me producían una paradoja tremenda, la dulce suavidad de lo áspero, como tocar un mapa superpuesto de innumerables cicatrices, señales de los trabajos y los días.

Tenía un humor y una chispa inigualable, la repentina y sagaz respuesta, la impresionante velocidad para el dicho o el sobrenombre, sin jamás llegar a la ofensa. Pero también el coraje de acero cuando el insulto de los patrones se hacía visible, el cuchillito verijero siempre a mano, por las dudas que se avecinara una tormenta o algún borracho inoportuno le fuera a tocar lo más preciado.

Aquel hombre tenía la habilidad de reparar lo que fuera con una tenaza o una pinza y el alambre. Desplegar con la magia de un prestidigitador múltiples acciones. Podía armar, sin que se note, el cigarro dentro del bolsillo del saco para no importunar a propios y extraños en el entrevero de la baraja, para no distraer a los contrincantes en la partida de truco, hasta cosechar azafrán en su pequeña quinta como si fuera en un oasis del sudeste asiático.

En ese hacer la quinta con paciencia oriental, puntear la tierra rebelde o hacer nacer lo imposible, tal vez radique la sabiduría de la vida. Sin poder leer ni escribir, podía descifrar señales y símbolos, en las estrellas o en la diversa mirada de lo humano.

El año en el que murió, la Selección Juvenil de Argentina jugó en Japón hasta salir campeona, estaba naciendo un hermoso Dios Argentino entre gambetas irreverentes. Antes de cada uno de los partidos hizo un riguroso asado a las 7 de la mañana, tanto significó que fue imposible interrumpir semejante cábala, no fuera que se perdiera por cortarla. Esa fue su despedida, a lo grande.

A los pocos días partió sin hacer ningún escándalo, una silenciosa vuelta olímpica del adiós.

Es por eso que vuelve cada vez que puede, desafiando al tiempo, la lógica y las mil razones del sueño.

Algunos abuelos no deberían morir, o bien no haber nacido nunca.

Fabián Del Core

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