DUDO, LUEGO, ¿EXISTO?

Me gusta tener este espacio para escribir en La Banquina. A ver, me gusta escribir… Lo disfruto mucho. Y escribir para mi gente, allá, en Perga, desde acá, me es hasta celebratorio… Pero a veces, me pregunto, si por el simple hecho de tener la palabra escrita –aquí–, o por el mero hecho de argumentar lo que argumente, en cualquier caso, en esta columna, no se puede leer como si uno tuviera razón –yo en este caso– sobre lo que digo… Y me río… Y me asusto, también… Porque a veces me pongo a pensar sobre qué escribir. Incluso, lo he consultado con un amigo que escribe para este medio también. Pensé que iba a hacerlo sobre teatro, en esta ocasión, en función de lo que hablamos con él, días atrás… Ya saben, los que me conocen, que me dedico al teatro, a la actuación y todo aquello que está referido a la construcción de la ficción escénica…. Puedo hablar sobre eso, claro. Como de tantas otras cosas, de igual forma… De ahí que tenga razón, sepa, o algo nada más lejos…. A ver como actor, hombre de teatro, o persona que se dedica a esto de construir otros mundos ficcionales y/o personajes puedo ponerme a pensar, reflexionar o, simplemente, rememorar diversas situaciones por las que he pasado actuando y/o dirigiendo, o tomando clases, o solo como espectador –que es una forma tan grande de aprender; al menos, para mí–… Me seduce hacerlo y, quizás, lo haga más adelante…

Pero dudo. Me asalta la duda. Y ya que les mencioné un poquito sobre esto del teatro me viene a la cabeza Hamlet; pienso que, igual que este famoso príncipe tan paradigmático en la historia del teatro universal me tomó la duda, y acá estoy… Está bien dudar. El tema es cuando la duda te lleva a la inacción, te inmoviliza, te detiene. No es mi caso eso, creo. Yo, mal o bien, por un motivo u otro, siempre pongo primera y arranco, acciono. ¿Pero está bien? No sé, es mi forma de actuar esa; la que pongo en práctica, y ya; la que puedo.

Pero, en este caso, hablando, opinando, o máxime cuando se escribe no me quiero arrogar ningún derecho, de nada. Menos el de la verdad. Cero. Cero verdad. Cero nada. Por eso, estoy del lado de la duda; y cada vez más. Aunque me produzca hasta cierto temor, esto de dudar… Tanto. Yo, por lo menos, hasta ahora no me detengo. Voy, voy, voy, escribiendo, hablando, actuando, lo que sea, me monto en lo que siento y arremeto… Pero si fuera más hasta el tuétano con esto de la duda, ¿lo que siento es lo que verdaderamente siento? ¿O lo que creo que siento? ¿Podemos confiar tanto…? Que se yo, ahí se pone áspero el avispero. Yo confío en mí, ¿sino como hago para serme fiel a mismo, o intentar serlo –pienso–? ¿Pero es real eso? ¿O solo una construcción que me sirve a mí, para darme cierta pretendida seguridad, y todo eso…? No lo sé. Si voy hasta el hueso… Me gustaría alguna vez indagar sobre todo esto, sobre estos mecanismos tan inciertos –con los que nos movemos–. No los juzgo, eh; tampoco. Pero me llaman la atención. Y más en estos momentos de la humanidad, donde todo, o casi, al menos, está en tela de juicio; tanto. Por qué no ir entonces bajo este arco de la duda hasta con aquellos mecanismos de la verdad con los que solemxs movernxs, los que elegimxs construir para desde allí hacernxs, y hacer lo que es todo nuestrx mundo… Pienso en la matrix, en la cual todxs estamos insertxs –la referencia a la misma película también, por supuesto–; y a la película con Jim Carrey, en la que su personaje había vivido una ficción, durante toda su vida, para un programa de televisión, The Truman Show; de Peter Weir… En suma, ¿cuál sería, entonces, el límite entre la verdad y la mentira? ¿O mejor dicho entre la ficción y lo verdadero? Pero qué es tal cosa, digo, lo verdadero… ¿Existe? Dudo, como Hamlet… ¿Qué es verdad, qué es cierto…? ¿No se puede construir todo…? Si es así, –y hay mucho, muchísimo, de eso– no hay verdad alguna, como tal. Recalcitrante. En suma, tantas verdades como miradas, puntos de vista, panoramas hay. No la verdad única. Unilateral. No existe. La verdad sola ha muerto, ya lo sabemxs, hace mucho tiempo. Todo depende. Todxs y todas tenemos razón todo el tiempo. Solo que cada cual, y eso es lo válido –hasta que deja de serlo– se aferra a sus propios argumentos, y desde allí el “credo”.

La construcción de la verdad, de la ficción van, entonces, por el mismo derrotero, ¿me pregunto? No lo sé. Intuyo, creo que sí… Me muero de ganas de indagar sobre estos tópicos en algún trabajo teatral mío próximo. Espero poder hacerlo.  Mientras tanto, me devano –y no tanto tampoco– con quien soy yo, con quien voy siendo, y todas esas cosas… Aferrándome a lo único que me hace bien: el teatro, la actuación, y todo eso; y mi pequeño pero gigante mundo de afectos (mi hijo, mis padres, amigues, etc, etc…) Lo demás, todo lo demás, cae en la duda misma. Y está bien. Dudo, desconfío, hasta en recelo extremo. No se puede confiar en “lo verdadero”…. No nos olvidemos que las palabras, como a estas mismas, se las lleva el viento… igual que a casi todo.

Mejor es dudar, entonces, todo el tiempo.

Marcelo Saltal

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