ROGELIO

Los caminos de la vida.

“Todo aquel tiempo fue como un largo sueño. La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente. Y despertados por ella con un sobresalto, tanteaban con una especie de distracción sus labios irritados, volviendo a encontrar en un relámpago su sufrimiento, súbitamente rejuvenecido, y, con él, el rostro acongojado de su amor. Por la mañana volvían a la plaga, esto es, a la rutina”.

Albert Camus, La Peste.

La última vez que lo vi puede haber sido un sueño. Una tarde de verano, en la ruta tremenda, a bordo de su nave insignia. O tal vez no era él y solo mi imaginación lo puso allí a la hora del crepúsculo. En ese momento preciso en que la noche se insinúa y todos los presagios se aceleran como en un pozo sin fondo.

Ya la pandemia estaba haciendo estragos y comenzaba a desnudar todas las miserias humanas. La desigualdad, los entramados y disputas de los países más poderosos, las múltiples y hasta disparatadas previsiones de lo que vendría, la alocada esperanza de ser mejores. La cuestión ya venía compleja en nuestra Patria, luego de cuatro años de neoliberalismo a cara descubierta. Y, como siempre, las crisis exponen todas las calamidades. Y esta vez no sería la excepción.

La última vez que lo vi me pareció, si era él, que estaba igual. Luego de tantos años el hombre, supongo, se habría construido una vida, una sucesión de amaneceres idénticos. Ese mate apurado, el sueño apurado de los vencidos, el paso apurado de los esperanzados. Pero siempre la mirada franca, la sonrisa al borde de la mesa, la palabra justa y simple, pero siempre el oído amable. La llanura de quienes están atentos y atentas a la otredad, al dolor ajeno como si fuera propio.

Ese hombre común, golpeado, humillado, fue uno más, es uno más. Uno más de los miles y miles de víctimas, de tantos desconocidos, anónimas, sufrientes. Siervas en el banquete ajeno. Albañiles y carpinteros de un mundo que les cierra la puerta en la cara. Ay la bendita propiedad privada, solo bastó una reflexión de Francisco, sobre la avaricia y lo superfluo, para que un tremendo coro destemplado y voraz desatara todos los infiernos. Eso también desnudó la pandemia.

Pero él era uno más. Una más. Une. Rogelio.

Y allí andará en su colectivo feliz y naranja, como una metáfora de estos tiempos crueles de plenas ausencias. Y a bordo tantos y tantas. La Tía Cuqui, Horacio, Enrique, Luis y Teresa. Y las Marías y los Juanes. Y el señor de la esquina de quien nunca supimos el nombre. Y la compañera del merendero dando el amor que nunca le prodigaron. Y todos nuestros muertos queridos devorados por las plagas, desafiando el olvido.

Era Rogelio. Nunca supe casi nada de él, pero en su sonrisa plena se excluían todos los inútiles detalles formales, yendo directo al corazón de su prójimo, de su próximo.

Era un hombre simple que viajaba. Siempre. Como cada mujer y cada hombre, desde que el tiempo se puso en marcha como la impresionante Cruzada de los Niños.

Adiós Rogelio, qué manera de irte sonriendo.

Fabián Del Core

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