LA GRAN DISPUTA GLOBAL: EL DERECHO HUMANO AL ALIMENTO

“La tierra produce si el hombre la cuida,
cuidar la tierra es sembrar la vida,
su cuerpo es la savia de nuestro sustento,
el que siembra la tierra cosecha alimento….
preñando la tierra del vital alimento
habrá más cosechas de cantos y sueños”
Luis Enrique Mejías Godoy

La criminal e intolerable desigualdad creada por el actual sistema económico dominante llevó a la sociedad humana a naturalizar las muertes y sufrimientos por el hambre extremos y la crisis de la inseguridad alimentaria. Y a olvidar que el componente que teje la trama de la vida es el alimento. El motor biológico, existencial, de todas las eras civilizatorias. La comida no es solo nutrición, es también la forma que adquiere la organización productiva de las culturas.

Los contrastes numéricos de las consecuencias de la actual Pandemia, en relación al hambre, nos regresan al eje fundamental de la gran discusión humanitaria básica: la seguridad alimentaria. Problema complejo y urgente de resolver, pero anterior a la actual crisis sanitaria global.

Según la organización internacional OXFAM once personas mueren por minuto por hambre extrema y siete decesos se producen por la Covid 19 en el mismo tiempo. O sea el hambre mata más que el Covid. El documento señala que 155 millones en 55 países padecen inseguridad alimentaria, 20 millones de los cuales se sumaron éste año con la crisis sanitaria. El Global Report on Food Crise, organismo de la ONU indica que el número de personas que viven en condiciones cercanas al hambre se multiplicó por seis.

Todavía no se sabe el alcance exacto de la devastación que causará la mezcla de desigualdad histórica, más la desigualdad post pandemia. La pandemia provocó la pérdida de empleo de 33 millones de trabajadoras y trabajadores, y el precio de los alimentos aumentó más del cuarenta por ciento. Las proyecciones indican que 745 millones de personas vivirán en situación de extrema pobreza al finalizar éste año. Entre el 2014 y el 2021 hay más de 60 millones de personas subalimentadas según la FAO, y en 2030 se calcula en 840 millones.

Los abrumadores y culposos números son seres humanos, por si es necesario aclararlo, para dimensionar la catástrofe humana presente y futura. El mundo que viene se configura como hilo continuo del devenir de la historia, entre conflictos de todo tipo y causa, alteraciones económicas por la pandemia, situaciones críticas climaticas, poblaciones desplazadas, quiebres familiares, sobrevivencia laboral informal y supervivencia social, en contextos políticos violentos, con afectación profunda de los derechos humanos, y una profunda crisis alimentaria.

Mientras esto sucede el gasto militar mundial se incrementó en un 2,7 por ciento el año pasado. Cada día y medio se invierten 8.000 millones de dólares en armamentos, un porcentaje anual equivalente a 51.000 millones de dólares, monto que hubiera servido para financiar hasta seis veces y medio la mitigación de la inseguridad alimentaria. Se calcula que 2700 millones de personas no recibieron ayuda pública para enfrentar las consecuencias de la Pandemia. Como contraposición la riqueza se concentró aún más. El patrimonio de las diez personas más ricas del mundo se incrementó 413.000 millones de dólares en 2020. Según Oxfam, esa cantidad bastaría para financiar hasta más de once veces las emergencias humanitarias de las Naciones Unidas para el 2021.

¿SOBERANÍA ALIMENTARIA O APROPIACIÓN LUCRATIVA DE LOS ALIMENTOS?

Un fuerte debate recorre el mundo respecto de cómo producir los alimentos, y cuáles son sus calidades en términos de salud y sustentabilidad ecológica y social. En pocas décadas la globalización del modelo agroindustrial biotecnológico de producción en escala, borró con prácticas productivas milenarias compatibles con el cuidado del territorio, la salud y el ambiente.

La aplicación de un paquete de semillas híbridas y transgénicas, uniformidad genética de plantas y animales, utilización masiva de agrotóxicos, y elaboración y fabricación envasada de alimentos con elementos químicos, sintéticos y artificiales, como conservantes, saborizantes y colorantes, modificó los patrones alimentarios no saludables, a partir del consumo masivo de alimentos ultraprocesados, no sin destruir biodiversidad y contaminar el suelo, el agua y el aire, factores determinantes del cambio climático. Bueno sería interpelarnos si eso que se come es alimento. Cuatro o cinco empresas transnacionales controlan más de la mitad del décimo mercado del planeta.

Con el ingreso de las gigantes tecnológicas digitales y de plataformas comerciales se ha instalado un formato de control con drones y sensores de la producción biotecnológica en escala y también de las relaciones interempresariales y con los consumidores, por las ventas en línea.

En el próximo Foro Económico Mundial de Davos que se realiza en setiembre, donde convergen las grandes empresas transnacionales, se abordará como primer objetivo un nuevo sistema agroalimentario digital o Agricultura 4G con nuevas biotecnologías, y plataformas informáticas para extraer datos de los ecosistemas y medir las conductas alimentarias de las poblaciones. No se descarta que se legitimen nuevas normativas internacionales para evitar regulaciones y controles públicos que afecten los intereses económicos del hiperconcentrado mercado agroindustrial alimentario.

Otra lógica productiva, que conecta lo ancestral con las nuevas experiencias, marcan un nuevo camino en el sentido pleno y natural del alimento verdadero y saludable como fruto del suelo y del trabajo humano, y nos resitúa en vínculos comunitarios, solidarios, colectivamente más justos y protectores de la tierra. En diversas geografías y territorios se sostienen y crecen los procesos agro-productivos ecológicos, libres de xenobióticos, con tratamiento fitosanitario utilizando bioinsumos, microorganismo naturales, para curar los cultivos y bio fertilizantes para enriquecer los suelos, logrando excelentes rendimientos y mejorando la calidad y sanidad de lo que se produce.

Está explicado desde las ciencias agronómicas que la perdida de materia orgánica no es solo perder la vida del suelo, degradarlo, sino del planeta. Mal suelo, es mal alimento. Mal alimento es mala salud. Estos dignos modelos productivos en su gran mayoría son circuitos comerciales de proximidad local-comunitaria, donde el espíritu solidario se demuestra en el precio justo y la relación directa productor-consumidor. De lograrse mayor escala de producción se expande el circuito hacia los pequeños comercios alimentarios de cercanía.

Infinidad de ejemplos de agricultura familiar, de huertas públicas urbanas agroecológicas, cooperativas de huerteros, redes agrícolas de transición orgánica, colectivos de consumo consciente, grupos de hogares rurales, campesinos y pueblos originarios, nuevas generaciones de jóvenes cultivadores, cinturones verdes, etc, configuran una energía política de construcción de una nueva economía, volviendo a las fuentes, y con un concepto de autogestión. En muchos casos la situaciones se problematizan por falta de acceso y derecho a la tierra. Es allí cuando desde el estado se puede diseñar una política pública planificando programas de producción sustentable de los alimentos, sobre todo en áreas fiscales periurbanas o en las áreas restringidas por la prohibición de fumigar de la frontera verde rural.

La ciudad de Rosario acaba de ganar el primer premio entre 262 proyectos de 54 países organizado por el centro Ross de World Resources Institute para Ciudades Sostenibles. Con siete parques huertas han rescatado 25 hectáreas de suelo en la ciudad y 50 en la periferia. Un total de 250 familias de la economía social producen 2500 toneladas de verduras ecológicas por año, para autoconsumo y para la venta en ferias.

El nuevo tiempo alimentario, en un mundo donde el hambre es un crimen y está planificado, nos obliga a pensar nuevos paradigmas para que otro mundo más justo y sostenible sea posible. De lo contrario nuevas tragedias sucederán a las actuales.

Conciencia y compromiso en letras y canciones.

Gustavo Pérez Ruíz

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