1982: LITERATURA EN GUERRA

“Si tuviese que distinguir al menos una señal que provenga de lo que está pasando, no podría hacerlo. Y sin embargo no cabe duda de que el cielo de la ciudad se ha ensombrecido, y que cae un acento espeso sobre la noche que se acerca. No es posible indicar con nitidez de dónde surge esa especie de congoja, pero se la puede tocar lo mismo que al aire”.

(Martín Kohan, Ciencias Morales)

En 1982, en Argentina, la muerte era omnipresente, lo había tomado todo. Al terrorismo de Estado, a la persecución y aniquilación de cualquier disidencia política, la dictadura cívico-militar le agregaba una guerra, la guerra de Malvinas.

La literatura, en distintos momentos y de formas diferentes, se metió en la guerra de Malvinas con una serie de novelas, como Los pichiciegos, de Rodolfo Fogwill (1983); El desertor, de Marcelo Eckhardt (1993); Las islas, de Carlos Gamerro (1998); Dos veces junio, de Martín Kohan (2002); Una puta mierda, de Patricio Pron (2007). También lo hizo con una antología de cuentos y relatos, Las otras islas (2012), en la que participaron Juan Forn, Liliana Bodoc, Patricia Suárez, Inés Garland, Esteban Valentino, Eduardo Sacheri, Pablo Ramos, Pablo De Santis y Marcelo Birmajer. A esta lista, que no abarca la totalidad de lo escrito y publicado, le podemos sumar Delirium Teatro (1999), obra teatral de Vicente Zito Lema.

Para este artículo me voy a centrar en tres novelas: Los pichiciegos, El desertor y Una puta mierda. La razón de esta selección es que las tres merodean el conflicto bélico desde un aparente absurdo. En las novelas de Fogwill, Eckhardt y Pron la guerra no sucede tal como los ciudadanos la conocimos… ¿la conocimos? No encontraremos en ellas la guerra de la que hoy hablan les historiadores, la de los testimonios, mucho menos aquella que nos querían hacer ver las crónicas periodísticas oficiales de la época. En estas tres novelas, la guerra de Malvinas, la verdadera guerra de Malvinas, o la histórica, aparece distorsionada y, suspendidos sobre estas ficciones, pendiendo sobre ellas como la bomba que no se decide a caer en Una puta mierda, están los males de la dictadura.

Fogwill, Eckhardt y Pron parecieran estar siguiendo los preceptos de Sun Tzu en su tao de engaños de El arte de la guerra: “Cuando seas activo, muestra inactividad. Cuando estés cerca, haz creer que estás lejos. Cuando estés lejos, has creer que estás cerca”.

Una parte del engaño radica en que en las tres narraciones se avizora otra violencia más allá de aquella que la guerra impone sobre los cuerpos y las mentes, se advierte otro terror. El otro terror está en el continente, no en las islas, sino en una Argentina asolada por la dictadura cívico-militar. En la novela de Eckhardt, además, hay otra contienda, una más ancestral, que podríamos quizás enmarcar dentro la “lucha de clases”. En todas las guerras hay “sujetos históricos” destinados a ser “carne de cañón”. El protagonista de El desertor, “Yo perro garcía”, es un soldado que deserta cuando no se decide a matar a su enemigo, el gurka Hang Teng, que antes le ha perdonado la vida hastiado de ser una “máquina de matar”. Como Cruz, según Borges, se ve reflejado en Martín Fierro,  “Yo perro garcía” se ve reflejado, por su origen marginal, en el gurka Hang Teng: “Crecimos en baldíos, en los potreros de la miseria y de la solidaridad (…) nosotros somos perros de los potreros del mundo, por así decirlo, en vía de desarrollo y profesamos la cultura de los humildes. Nacimos en un mundo destruido, en las orillas de las atrocidades y aún en nuestros países fuimos parias, desterrados absolutos. A Hang Teng el Real Ejército Inglés lo adoptó para convertirlo en carne de cañón de primera categoría de exportación destructiva (…) Yo perro garcía, nací en los bordes del Impenetrable (…) descendiente de indios comprobé desde niño lo que es ser nada en el ser argentino (…) ¿Soy argentino? Para los que deciden qué es ser argentino  y qué no, no. No lo soy. Soy un indio ladino, borracho y vago. Qué le vamos a hacer”. (Eckhardt, 90)

Pron y Fogwill hacen alusión al genocidio de distintas formas, el primero de manera simbólica, el otro en forma más directa y reconocible.

Pron, en Una puta mierda, se refiere a lo que sucede en el continente con una metáfora escatológica: “Entonces Wolkowiski se dio media vuelta en dirección a nosotros y contó que unos meses atrás una empresa encargada de realizar unas excavaciones en el Sur del país en busca de minerales preciosos había interrumpido su trabajo al encontrar que en el subsuelo de nuestro país no había ni oro ni plata ni diamantes sino mierda. ‘Nada más que mierda’, silbó Moreira, asombrado. ‘Solo mierda’, reconoció Wolkowiski, ‘mierda sobre la que flotan nuestras ciudades, nuestras vidas, sobre la que se desplazan los autobuses, sobre la que la gente se casa’”. (Pron, 116)

Fogwill pone a los pichiciegos a conversar sobre los muertos de la guerra en las islas, en Malvinas, pero esa conversación deriva hacia el continente, para referirse a los muertos por el terrorismo de Estado:

“-Videla dicen que mató a quince mil- dijo uno, el puntano.

-Quince mil… ¡no puede ser!

-¿Cómo, Videla?- preguntó el Turco, dudaba.

-Sí, Videla hizo fusilar a diez mil- dijo el otro.

-Salí, ¡estás en pedo vos…!- dijo Pipo.

-¡Qué pedo! ¡Está escrito!- hablaba el puntano-. Yo lo vi escrito en un libro, en la parroquia de San Luis está. ¡Quince mil!

(…)

“-Fusilados- dijo el pibe de la parroquia-. ¡Fusilados!

-Yo sentí que los tiraban al río desde aviones.

-Imposible- dijo el Turco, sin convicción.

-No lo creo, son bolazos de los diarios- dijo el pibe Darío, con convicción.

-Yo también había oído decir que los largaban al río desde los aviones, desde doce mil metros, pegás en el agua y te convertís en un juguito espeso que no flota y se va con la corriente al fondo- indicó el Ingeniero”. (Fogwill, 79)

Argentina ya estaba sometida a la violencia y al terror antes de la declaración de una guerra dentro de los términos militares. Más allá de todo el espacio que ocupó en los medios de comunicación y en la cotidianidad de los ciudadanos, la guerra de Malvinas no alcanzaba para ocultar toda esa mierda subterránea que iba brotando inexorablemente. “El problema es que desde que se descubrió la mierda, esta no ha dejado de subir, respondió Wolkowiski. Nuestro amado presidente, San Pantaleón, se ha encargado de ocultar el descubrimiento a la opinión pública metiendo a todos los que participaron de él en cierto sitio secreto en el que, según dicen, les hacen cosquillas todo el tiempo para que no hablen, pero la mierda continúa subiendo”. (Pron, 117)

En la deserción de “Yo perro garcía” y Hang Teng en  la novela de Eckhardt, en la extravagancia bélica que plasma Patricio Pron, y en el ocultamiento bajo tierra de Los pichiciegos de Fogwill, no está la negación de la guerra. Lo que sucede en las tres novelas es que el conflicto bélico narrado con los mecanismos de la ficción se torna un absurdo, pero no un absurdo nihilista, sino uno que de alguna manera denuncia otro absurdo, el real, el histórico.

Según el escritor y docente Martín Kohan, “los pichiciegos de la novela de Fogwill, ocultos en su pichicera, con sus ‘visiones de una guerra subterránea’ y su astucia de comercio y conversación, embutidos en Malvinas y por debajo de los combates donde los otros morían, denunciaron, con su farsa de la verdad, la verdad de la farsa de lo que estaba aconteciendo arriba. (Kohan, Diario Perfil, 10-09-2010)

El gran tema en estas tres novelas es la muerte, y es el gran tema de la Argentina de 1982. Los personajes de Eckhardt, Pron y Fogwill están, viven, existen en la muerte; lo que podría equivaler a decir que “están en la mierda”, en la misma “puta mierda” que inunda el subsuelo del país, porque están en una guerra generada por los desvaríos de un dictador y pertenecen a una sociedad regida por el terrorismo de Estado.

De hecho, cuando el soldado Sorgenfrei, mientras resuenan las metrallas de los ingleses, de pie afirma “esto no tiene sentido. No tienen nada conmigo” (Pron, 10), “no me conocen, no saben mi nombre, no saben que me llamo Sorgenfrei y no conocen a mi madre. No es contra mí contra quien disparan. Es contra todos. No tengo de qué preocuparme” (Pron, 12), se puede percibir en sus palabras el discurso de algún ciudadano argentino de aquella época repitiendo una y otra vez la idea de que los secuestros, las balas y las torturas de los grupos de tareas de la dictadura no eran para ellos, sino para los otros, para aquellos que “algo habían hecho”.

“Es contra todos, no tengo de qué preocuparme”. La muerte es para todos, “no tengo de qué preocuparme”. Sólo un muerto ya no tiene de qué preocuparse ante la muerte. Por eso, estos personajes podrían verse como “vivos muertos”. Los pichiciegos están muertos por ser pichis. Llevan la muerte en su nombre. A muchos de los pichis se los había dado por muertos y, excepto uno, todos ellos hacen honor a ese mandato hacia el final. “Yo perro garcía” y Hang Teng son como muertos itinerantes; cierto es que en la ficción sobreviven, pero hay algo más allá de sostener los signos vitales del animal, se percibe una ausencia semejante a la muerte: “Yo soy el silencio radial, la pura redundancia, el ruido de la nada en la cinta sobre la guerra de Malvinas…” (Eckhardt, 11). “Soy un desertor de Malvinas. Un desertor anacrónico. Un NN, un pseudo-desaparecido en falsa acción (…) Mi vida, desde entonces, fue falsa…” (Eckhardt, 12, 13).

Por su parte, los combatientes de Pron alternan burocráticamente entre la vida y la muerte, hasta que algunos en verdad se mueren:

“Nosotros aceptamos divulgar los nombres de once muertos por día y el Alto Mando se comprometió a darnos esos once muertos, no importa de qué forma. El problema es que, en realidad, la guerra no avanza y no tenemos los muertos para nuestro parte diario y tenemos que inventárnoslos. En los primeros días repetíamos uno o dos muertos por día, pero la gente, en particular los deudos, acabaron por darse cuenta y tuvimos que dejarlo, ahora ponemos en la lista de muertos incluso a los heridos. Morín sonrió con timidez y agregó: ‘a ti te hemos matado anteayer’” (…) “‘No podemos reincorporar a filas a un muerto’, apreció técnicamente el primer ayudante. ‘Tampoco podemos prescindir de un soldado sano, por más muerto que esté’, terció el segundo”. (Pron, 44, 45, 55)

A diferencia de los combatientes de Una puta mierda, los pichiciegos han elegido no participar de la lucha armada, optaron por transcurrir la guerra escondidos como un pichiciego (armadillo Chlamyphorus truncatus). Desertan de la guerra hacia abajo, generan un submundo, literalmente. Cavan su propio hoyo, su fosa y allí mueren, aunque, en cierta forma, ya estaban muertos.

“Esto se puede confirmar preguntando a cualquiera de los salvados: se hablaba de los británicos  y de quejas, después se hablaba de las aparecidas y después se hablaba de los pichis, que según ellos eran muertos que vivían debajo de la tierra, cosa que al fin de cuentas era medio verdad (…) Cuando alguno de los que seguían peleando cruzaba a un pichi conocido que iba a cambiar algo con Intendencia, decía que había visto a un muerto engordado y con barba, y entonces todos soñaban que los pichis eran muertos que habían engordado comiendo tierra debajo de la tierra”. (Fogwill, 129, 130)

En un determinado momento de la trama de la novela de Fogwill, realmente encuentran a todos los pichis muertos: “Corrió a la chimenea principal. Todos los pichis parecían dormidos. Los reconoció con la linterna. ¿Estaban todos muertos? Sí, todos muertos”. (Fogwill, 248). Es significativo el hecho de que cuando alguien los encuentra dormidos los cree muertos y, cuando los encuentra muertos, los ve como dormidos. Pareciera haber una delicada línea entre el sueño y la muerte.

En El desertor y en Los pichiciegos, los protagonistas se evaden de la guerra, eligen no combatir. En Una puta mierda, el narrador, mientras combate, mientras dispara sin sentido reflexiona: “Pensé que había dos formas de evadirse, que la primera era escaparse y la segunda morirse” (Pron, 79). En la novela de Eckhardt, “Yo perro garcía” vuelve sobre estos dos términos, pero los tensiona, los pone en disyuntiva: “La deserción o la muerte, ¿vos qué hubieras hecho?” (Eckhardt, 18).

Eckhard, Pron y Fogwill evitan la épica, una épica que sin lugar a dudas merecen los conscriptos que combatieron. La dejan de lado porque el procedimiento en las tres novelas es otro. Desde un aparente absurdo, se proponen desarticular la realidad de los hechos que son parte de la Historia para volver a armarlos en ficciones que dejan al descubierto la maquinaria intrínseca de la tramoya. Evadirse o morirse, evadirse y ser un “dead man walking”, son formas de no combatir, de no estar en la guerra, pero también una y otra significan dejar de estar en la sociedad de la que se ha formado parte hasta ese momento, porque la sociedad a la que estos soldados reticentes pertenecen, o pertenecían, tanto como las islas a las que fueron enviados, están tomadas por la violencia y la muerte.

Bibliografía/ fuentes

Eckhardt, Marcelo (1993); El desertor; Ediciones Quipu, Buenos Aires.

Fogwill, Rodolfo Enrique (2010); Los pichiciegos; Ediciones El Ateneo; Buenos Aires.

Pron, Patricio (2007); Una puta mierda; El cuenco de plata; Buenos Aires.

Sun Tzu; Vázquez Alonso, Mariano (2009) traductor; El arte de la guerra; Edaf; Madrid.

Kohan, Martín; “Bajo tierra”, columna en diario Perfil, edición del día 10/09/2010.

Miguel Fanchovich

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